Las fronteras literarias –dice Juan Goytisolo- no se corresponden con las geográficas. Y añade: “No creo en las literaturas nacionales ni en la concepción del escritor como un bien nacional, y esa es la peor desgracia que le puede ocurrir a uno”. Este artículo (también publicado en el periódico "Contramarcha" del sindicato Solidaridad Obrera) es un extracto muy breve y libre del minucioso y sobrecogedor libro “Historia universal de la destrucción de libros”, escrito por Fernando Báez.
El fuego destructor
Emplear el fuego para destruir posibilita reducir el espíritu de una obra a materia. Si se quema el papel, la racionalidad contenida se convierte en cenizas. Además, existe un detalle visual en esta forma de destrucción: el color negro de lo quemado, lo claro se torna oscuro. Y, sin embargo, como escribiera R. W. Emerson en 1841: “…cada libro quemado ilumina el mundo…”
Es un error frecuente atribuir las destrucciones de libros a hombres ignorantes, inconscientes de su odio. Cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión o justificación de mitos apocalípticos, religiosos, nacionales, raciales, etc. Se podría afirmar que el 60% de los libros que se han destruido a lo largo de la historia ha sido por causas voluntarias.
En la historia universal de la destrucción de libros, desde las tablillas sumerias (hace más de 50 siglos) hasta la Biblioteca Nacional de Bagdad (2003), son muy numerosos los actos de bibliocausto (librigidio, purgas, etc.). En España podríamos citar varios, muy dramáticos y violentos, durante los califatos árabes, en la Reconquista, en la conquista de América, el índice destructor del Santo Oficio, durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, etc.
Quemar libros, quemar hombresEl Holocausto fue el nombre que se dio a la aniquilación sistemática de millones de judíos por los nazis durante la II Guerra Mundial. Este genocidio fue precedido por el Bibliocausto, en el que millones de libros fueron destruidos también por el régimen nazi. En 1821, el poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) nos dejó esta profecía: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres.” Esta frase, colocada hoy sobre la Bebelplazt de Berlín, forma parte de los recuerdos a las hogueras de libros que inspiraron los hornos crematorios de seres humanos.
Los nazis en el poderLa barbarie comenzó el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue designado canciller alemán. Este antiguo cabo del ejército, pintor frustrado, gestor del fracasado golpe de Estado de 1923 (condenado a cinco años de cárcel, sólo pasó unos meses, pues se benefició de una amnistía general en 1924, y después reconstruyó el partido nazi), inmediatamente concibió una estrategia de intimidación contra los jueces, los sindicatos y el resto de los partidos políticos (recordemos que el 27 de febrero de 1933 los nazis organizaron el incendio del edificio del propio parlamento alemán en Berlín, el Reichstag, actualmente llamado Bundestag).
Cinco días después del nombramiento, el gobierno nazi promulgó la Ley para la Protección del Pueblo Alemán, por la que se restringía la libertad de prensa y se define la confiscación de cualquier material considerado peligroso. Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y destruidas sus bibliotecas. El día 28 de febrero, humeando el Reichstag, se reforma dicha ley para limitar más las libertades de reunión, prensa y opinión.
Hermann Göring, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels componían el principal grupo de fanáticos que sustentaban a Hitler. Goebbels, filólogo, lector apasionado de los clásicos griegos y admirador de Nietzsche, fue designado al frente del nuevo Ministerio del Reich para la Ilustración del Pueblo y para la Propaganda. El 7 de abril entró en vigor la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que le otorgaba un control absoluto sobre la educación. Al día siguiente, las organizaciones estudiantiles nazis recibieron un memorándum firmado por Goebbels, en el que se proponía la destrucción de aquellas obras consideradas peligrosas para el nuevo ideario alemán. De todas maneras, ya se habían quemado libros en la plaza de Schiller de Kaisersaluten (26 de marzo) y en Wuppertal, Barusenwerth y Rathausvorplazt el primer día de abril.
El bibliocausto naziEl 5 de mayo empezó todo. Los estudiantes de la universidad de Colonia quemaron todos los libros de autores judíos que había en su biblioteca. Mientras tanto, Goebbels estaba organizando lo que pensaba denominar “un gran acto de desagravio a la cultura alemana”.
El 10 de mayo miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes se agolparon en la Biblioteca de la Universidad de Berlín (actualmente, Universidad Humboldt) y comenzaron a recoger todos los libros considerados prohibidos, que junto a los tomados en las vísperas de otros centros y algunas bibliotecas de judíos capturados, fueron amontonados en el centro de la Opernplazt (plaza de la Ópera, actualmente Bebelplazt).
Más de 25.000 libros rodeados por una multitud de estudiantes que cantaban un himno aterrador. La hoguera ya estaba encendida. Joseph Goebbels levantó la voz y después de saludar con un estruendoso “Heil!”, explicó los motivos de la quema: “…ustedes están haciendo lo correcto cuando ustedes, a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado. /// El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones…”
Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban a la hoguera los libros de H. Mann, E. Glaeser, E. Kaestner, F.W. Foerster, E. Ludwing, la escuela de Freud, E. M Remarque, T. Wolf, G. Bernhard, A. Kerr, B. Brech, E. Zola, E. Hemingway; R. Musil, Jack London, S. Zweig, H. G. Wells, G. Grosz, M. Brod, A. Döblin, S. Kracauer, U. Sinclair, B. Traven, F. Kafka, A. Einstein, Carl Ossietzky, K. Tucholsky,…
La operación, mantenida en secreto hasta ese instante, se reveló pronto en su verdadera dimensión, pues ese mismo día se quemaron libros y documentos en numerosas ciudades alemanas: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt, Göttingen, Greifswald, Hannover, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nüremberg, Rostock, Works y Würzburg. Esa noche Hitler estaba cenando con algunos amigos e hizo este extraño comentario sobre Goebbels: “Cree en lo que hace”.
Y Goebbels insistió en continuar con la quema de libros prohibidos. No hubo un rincón de Alemania donde los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras. Seguro de los efectos, pidió a los jóvenes que no se detuvieran. Como así también hicieron las huestes nazis cuando el ejército alemán ocupó Polonia, Checoslovaquia, Francia y otras naciones europeas. Sobre todo en Polonia, donde fueron destruidos unos 15 millones de libros, y en Checoslovaquia, más de 2 millones.
Goebbels se suicidó el 1 de mayo de 1945, después de acordar con su esposa para que envenenara a sus hijas. Su diario, de más de 75.000 páginas, es un alegato a favor de Hitler y de justificación del Holocausto y el Bibliocausto. Unas semanas más tarde, la 101ª División del ejército de EE.UU. halló, en una mina de sal cerca de Berchtesgaden (ciudad al sureste de Alemania), 3.000 de los más de 16.000 libros que componían la biblioteca personal de Hitler. Los que no fueron robados ni destruidos, casi 1.200, se encuentran en la Biblioteca del Congreso de EE.UU.
Fernando Báez (
San Félix,
Ciudad Guayana, Venezuela, 1947) es un bibliotecólogo, consultor de la Unesco, poeta, ensayista y novelista, reconocido mundialmente por sus trabajos sobre la destrucción de libros, y recientemente por su investigación sobre los destrozos que la
invasión de Irak de 2003 han causado en las obras artísticas de ese país. Acaba de ser nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Venezuela. Otras de sus obras que destacamos aquí, son: Historia de la antigua biblioteca de Alejandría, La destrucción cultural de Iraq (por este libro el gobierno USA le ha declarado “persona non grata”) o la novela El traductor de Cambridge (2005).