martes 7 de julio de 2009

PINOCHO, delegado sindical...


Carlos Collodi (1826-1890) escribió LAS AVENTURAS DE PINOCHO entre los años 1880 y 1883. Podemos tomar este relato como el de un aprendizaje para ser ciudadano, pues nos cuenta una cuestión fundamental y de cualquier tiempo y lugar: alguien que quiere integrarse en la sociedad normal (con todos), al mismo tiempo que trata de descubrir quién es en realidad.
Mientras recorre ese sendero, Pinocho hace demandas a la sociedad, a la par que es consciente de su deber de correspondencia con ella. ¿Cómo se ofrece a Gepetto para pagarle? Yendo a la escuela, precisamente el lugar donde cada uno empieza a formarse para demostrar que es responsable “socialmente”. Y en ese centro de entrenamiento social, el primer paso para convertirse en un ciudadano es aprender a leer.
¿Qué significa “aprender a leer”? Este aprendizaje, como todo aprendizaje, sigue un proceso encadenado, secuencial, de etapas: aprender el código (las letras y las reglas básicas), aprender las combinaciones posibles (permitidas) de ese código (sintaxis) y, en su tercera fase, aprender el uso social de ese código y su sintaxis, es decir, qué podemos construir (e imaginar) con esa herramienta, para nosotros y para el mundo en el que vivimos.
Esta última fase es, en rigor, la lectura. Sin embargo, a lo largo de la historia, los gobiernos y las personas e instituciones poderosas nunca se han mostrado entusiastas de que la gente lea (traspase el nivel 2º del aprendizaje de la lectura). Llegar al nivel 3º es “peligroso” para el orden social. Pinocho tampoco lo logrará.
En las sociedades que se definen como democráticas, se garantizan (por definición legal) la satisfacción de las necesidades básicas (alimento, alojamiento, asistencia sanitaria…) y la educación (obligatoria y elemental). Y, a la vez, se ofrecen distracciones, en forma de tentaciones y entretenimientos que apenas requieran pensar y esforzarse, hasta concluir que todo puede (debe) obtenerse con el menor esfuerzo posible. La dificultad adquiere un sentido negativo, de reproche; y los libros son una excelente expresión de ese carácter negativo.
Pinocho pronto comprende como los libros no sirven para alimentar un estómago con hambre. Y cuando sus compañeros de la escuela le arrojan los libros a la cabeza, alguno cae en el mar, donde los peces rechazan comerse el papel diciendo: “Esto no es para nosotros; estamos acostumbrados a comer mucho mejor.”
En la escuela, Pinocho comprueba como la sociedad no estimula el esfuerzo como elemento del aprendizaje. Así, cuando presta atención al maestro, sus compañeros se ríen de él y le dicen: “¡Hablas como un libro…!” Quizá hoy le dirían: “¡Empollón…!” En esos momentos de censura pública es cuando Pinocho estaba a punto de dar el salto al nivel 3º del aprendizaje de la lectura: la sociedad (en la forma del resto de los niños de la escuela) le margina y hasta le toma como un traidor. Tal es el efecto que produce el control social: que los controlados (los oprimidos) ataquen a quien intenta zafarse del control (liberarse).
Ni siquiera los personajes “sociales” que aparecen (el grillo, el Hada Azul, el atún) ayudan a Pinocho a reflexionar sobre lo que es y lo que quiere ser. Se comportan como maestros “moldeadores”, que dan forma a cada alumno según el patrón social establecido. La escuela que no ayuda (o coarta) a saltar al nivel 3º de lectura lo que consigue es enseñar a leer propaganda. Sin cuestionarla, que es peligroso…
En la escuela, la de Pinocho y la nuestra, quizá fuera el mejor lugar donde se expresaría el ANARQUISMO. “El Topos de una Utopía”.
En nuestra sociedad se elogia la alfabetización y los libros, a la vez que el presupuesto asignado a la educación es el primero en reducirse y uno de los campos de batalla ideológica (poder): diatribas entre quienes no están interesados en “formar” personas sino títeres letrados, útiles (herramientas de un solo uso) según los patrones que prevalecen en cada momento productivo (poder económico).
Nosotros, como Pinocho, no somos ayudados para aprender a enfrentarnos a nuestros temores, dudas, puntos débiles, para cuestionarnos y cuestionar la sociedad, y tal vez cambiarla. Casi todo lo que nos rodea no anima a pensar, sino a contentarnos o resignarnos. Blanco o negro, bueno o malo, ellos o nosotros, son divisiones que no ponen en cuestión la sociedad, pues borran todo el espacio entre el blanco y el negro, entre lo bueno y lo malo, entre ellos y nosotros. Un pensamiento libre, anarquista, permitiría llenar esos huecos.
“Sé sensato y bueno, y serás feliz”, le dice el Hada Azul a Pinocho. ¿No es esto lo que nos dicen continuamente desde la escuela, el gobierno, el patrón, los medios de comunicación, el sindicato, el compañero de trabajo…?
Pinocho, de continuar Carlo Collodi su historia, habría llegado a ser un adulto. Un adulto sensato y bueno, seguramente. Y, tal vez, trabajara fuera nuestro compañero de trabajo. Podría militar en un sindicato y ser un delegado sindical respetado en su labor de representación y defensa de sus compañeros de trabajo y de todos los trabajadores. Sin embargo, no podría, no sabría, no podría pensarlo siquiera, ayudarlos a tomar conciencia de sus condiciones de vida, incapaz de imaginar posible otra sociedad.
EL DELEGADO SINDICAL PINOCHO enseñaría a leer a sus compañeros, pero no a comprender lo que leen. El delegado sindical Pinocho, tan ocupado por el día a día, por el pan de cada día, sería sensato y preferiría siempre un acuerdo a una imposición, el “diálogo” a la huelga, el referéndum a la asamblea. Lo contrario quizá también le expondría a la crítica de los trabajadores, pues sí es consciente de que forma parte de la maquinaria que mueve la estructura de nuestra sociedad.

DISCIPLINA y ANARQUISMO


“… Se habla mucho de esto (la disciplina), pero muy pocos de los que hablan dan en el meollo del asunto. Para mí LA DISCIPLINA SIGNIFICA RESPETAR LA RESPONSABILIDAD PROPIA Y LA DE LOS DEMÁS.
Me opongo a toda disciplina de cuartel, porque conduce a la brutalización, al odio y al funcionamiento automático. Pero tampoco hablo a favor de la libertad mal entendida, que los cobardes reivindican para sacarse el fardo de encima.
En nuestra organización, la CNT, hay una correcta comprensión de la disciplina; por eso los anarquistas respetan las decisiones de los compañeros en quienes han depositado su confianza.
En tiempos de guerra debe obedecerse a los delegados elegidos, de lo contrario todas las operaciones están condenadas al fracaso. Si los hombres no están de acuerdo con ellos, deben revocar a sus delegados en una asamblea y reemplazarlos por otros.
El miliciano que insiste en regresar a casa porque, claro, se incorporó como voluntario, debe escuchar un sermón mío primero. Le hago notar que nos engaña a todos hasta cierto punto, porque habíamos contado con él.
Pero esto ocurre rara vez, porque el miliciano tiene también su amor propio. Estoy satisfecho con los compañeros, y espero que ellos también estén satisfechos conmigo…”

Buenaventura Durruti
Una entrevista en el frente de Aragón, 1937

sábado 27 de junio de 2009

EL LECTOR IDEAL...



Adaptación libre del texto de Alberto Manguel: Nuevo elogio de la locura (Ed. Lumen, 2006), y que os recomiendo disfrutar.

Un famoso programa de libros para niños de la BBC siempre empezaba con el animador preguntando: “¿Estáis bien sentados? Entonces comencemos.” Para leer hay que saber sentarse.
El lector ideal no reconstruye una historia: la recrea. El lector ideal no sigue una historia: toma parte de ella. El lector ideal es, también, el traductor.
Es capaz de disecar el texto, quitar la piel. Cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena, y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es, pues, un taxidermista. El lector ideal es –para un libro- la promesa de resurrección.
El lector ideal debe aprender a escuchar. “Uno debe ser inventor para leer bien”, dijo Ralp Waldo Emerson (1803-1882, poeta estadounidense). El lector ideal no presupone las palabras del escritor: remueve el texto. Robinson Crusoe no es un lector ideal: lee la Biblia para hallar respuestas.
Un lector ideal lee para encontrar preguntas. Al lector ideal le gusta usar el diccionario. Escribir en los márgenes del libro es señal de un lector ideal.
El lector ideal es acumulativo: cada vez que lee un libro, agrega una nueva capa de recuerdos. El lector ideal es asociativo: lee como si todos los libros fueran obra de un mismo autor. El lector ideal es politeísta y no tiene nacionalidad precisa.
El lector ideal lee toda la literatura como si fuera anónima.
Al cerrar el libro, el lector ideal siente que si no lo hubiera leído el mundo sería más pobre. El lector ideal no sabe que es el lector ideal hasta que ha llegado al final del libro.
El lector ideal desea llegar al final del libro y a la vez saber que el libro jamás terminara.

sábado 6 de junio de 2009

A ORILLAS del LAGO PHOKSUNDO



Extracto libre del texto de Christoph Ransmayr (Austria, 1950), subtitulado “Retrato de un hombre feliz”, en el que relata la llegada hasta el lago Phoksundo, junto al alpinista Reinhold Messner, en febrero de 1993, el día de Año Nuevo de los tibetanos. El relato está publicado en el libro Montañas desde el espacio (Ed. Blume, 2006), que os animo a disfrutar sin prisas para los ojos…



“En un gélido día de febrero de 1993, el día del Año Nuevo de los tibetanos, perdí la noción del tiempo a orillas del lago Phoksundo. La nevisca que nos había acompañado durante días por fin había cesado y el viento había cambiado de dirección sin apenas debilitarse cuando llegué a orillas de este lago situado a casi 4.000 metros por encima del nivel del mar, en el Himalaya occidental, siguiendo el rastro de un amigo desaparecido.
Habíamos estado caminando por la tierra de nadie entre Tibet y Nepal en busca de monasterios y ermitas de la religión prebudista bon y hacía días que sólo encontrábamos refugio de la nieve en las cabañas y cuevas del reino tribal de Dolpo. De los valles circundantes nos llegaba el incesante rugir de los aludes. A un día de marcha, en algún lugar entre las nubes de nieve, tenía que estar el lago Phoksundo y, en su orilla, una aldea y un monasterio: ¿permanecería abandonado en esa época del año, como la mayoría de los núcleos habitados situados a tanta altitud? A mediodía pudimos vislumbrar un glaciar iluminado por el sol que emergía entre las nubes como un iceberg entre el cielo y la tierra. Abandonamos el campamento y emprendimos la marcha.
Cuando uno lo deja todo en pos de una meta o de los desconocido, no abandona sólo personas y lugares, sino que al mismo tiempo emprende una ruta, en ocasiones igual de arriesgada, por el mundo más íntimo de sus pensamientos y reencuentra allí todo lo que acaba de dejar: recuerdos de personas y lugares y la nostalgia de lo que fue y será. Todo camino que se precie conduce a la lejanía y a la profundidad, a los confines del mundo y al corazón… ¿Verdad que cuando estamos de viaje a veces lo desconocido, aquel lugar en el que nunca antes habíamos estado, nos resulta de algún modo familiar? Nos acercamos a lo desconocido y empezamos a reconocer ciertas cosas, incluso rostros…
La capa de nieve que cubría el camino que llevaba al lago Phoksundo era tan gruesa que nos hundíamos hasta por encima de las rodillas y, a veces, hasta la cintura. Siempre que no surja algún obstáculo que requiera un esfuerzo conjunto o que no sea preciso asegurar las cuerdas mutuamente, cada uno avanza, pisa o asciende de acuerdo con sus fuerzas y por eso a menudo se encuentra solo. Mi amigo se perdió de vista al cabo de una hora; de vez en cuando podía verle como una figurita que se alejaba y desaparecía entre las nubes. Cuando me detenía para tomar aire, veía el rastro sinuoso que habíamos dejado en la nieve perdiéndose a lo lejos.
Fue durante estas pausas para respirar cuando divisé entre las nubes al hombre que nos seguía. No seguía nuestra senda, sino que ascendía en línea recta. Le reconocí por su abrigo de pieles y su bufanda roja con la que se había envuelto su larga cabellera, a modo de turbante: era nuestro anfitrión de la noche anterior en el campamento. Me hizo señas con la mano, gritó un saludo, se acercó un poco, pero se detuvo a cierta distancia y no volvió a reemprender la marcha hasta que yo no me puse a andar. Nos seguía, mas era evidente que prefería ir solo. ¿Pretendía mostrarnos el camino? ¿Quería advertirnos de algo? Cuando me paraba para esperarle, él también se quedaba quieto y me saludaba con la mano. No entendía cuáles eran sus intenciones.
El rastro de mi amigo conducía a los pies de una pared de roca de la que pendían los carámbanos de hielo de una cascada congelada y subía cada vez más en escarpada pendiente. Finalmente, me encontré a la entrada de un valle plano poblado de pinos llorones, encajonado entre dos crestas como muros de contención. Me paré a recobrar el aliento debajo de uno de estos árboles, vencido por la carga de nieve que tenía que soportar. Por fin mi acompañante se reunió conmigo en la nieve, tomó un puñado de frutos secos y un pedazo de cecina, se rió, volvió a insistir en que bebiera y él se limitó a dar un trago del té de mantequilla de yac que llevaba en mi cantimplora de metal, pero no probó ni un sorbo del aguardiente de arroz que nos había dado en el campamento. Cuando volví a emprender la marcha, él se distanció de nuevo. Así cada uno quedó sumido en sus pensamientos.
Al cabo de unas horas, al fondo del valle apareció el lago Phoksundo, quieto y alentador, pero todavía lejano. Era un espejo verde negruzco que reflejaba las nubes y los escarpados riscos recortados sobre un cielo ya vespertino. En su orilla sólo había unas cuantas casas de color rojo sangre, tejados de pagodas adornados con banderolas de oración y otras banderas aun más ligeras y bonitas. ¡Humo! ¡La aldea y el monasterio estaban habitados!
La orilla del lago se hallaba cubierta de nieve, y en las ensenadas flotaban trozos de hielo, pero después de marchar durante tanto tiempo por el paisaje invernal de alta montaña, uno ve más de lo que en realidad hay… Transforma los matorrales secos y congelados en rosales, y se alegra de haber encontrado refugio, aunque esté ennegrecido por el hollín. Y se disfruta con la compañía de otros seres humanos, con una fogata y estar resguardado toda la noche.
Tardé cerca de una hora más en llegar a la orilla. Las primeras casas que encontré eran las casas de los muertos, relicarios o chorten, que contenían las cenizas de santos y monjes incinerados, el polvo de las migraciones de las almas. De los tejados cónicos de estas construcciones de piedra pendían largas guirnaldas de banderolas clavadas en el hielo como las cuerdas de una tienda de campaña. Centenares de banderolas con oraciones y el nombre del objetivo y final del mundo ondeando al viento.
Y entonces vi las columnas de humo sobre los tejados planos de la aldea: ¡era nieve! Nieve finísima que se arremolinaba sobre los tejados como si fuera humo. Las casas estaban frías y cerradas. No había nadie. No había refugio. La aldea estaba abandonada.
¿A qué lago había llegado? Perdí la noción del tiempo en la mitad de la nada, me sentí perdido entre los senderos y caminos que conducen a lagos mencionados por cartógrafos y poetas, e inmerso en el pasado y el futuro al mismo tiempo. Mi acompañante misterioso tuvo que venir a buscarme y estirarme de la manga para que me diera cuenta de que estaba en el lago Phoksundo. Sonrió y me señaló un “chorten” sobre una colina pelada. Allí encontré a mi amigo midiendo y dibujando la casa de los muertos. Se sintió aliviado al verme. Una hora más y hubiera salido en mi busca.
Los tres nos sentamos alrededor de un fuego en una estancia donde resonaban nuestras voces y había un molinillo de oración destinado a girar por toda la eternidad en manos de peregrinos y monjes. Un diccionario manoseado y las pocas palabras de tibetano que mi amigo entendía nos ayudaron a comprender por qué nuestro anfitrión nos había seguido por la nieve hasta tan alto: ¡la botella! Quería que se la devolviéramos: era el único recipiente que tenía. Nosotros teníamos que bebernos el licor de arroz, era su regalo. Él sólo tomaría un trago, pero tenía que llevarse a casa la botella. Nos había seguido hasta el lago Phoksundo por una botella vacía.
Cuando por fin entendimos lo que el hombre quería de nosotros, vaciamos la botella de unos pocos tragos y se la devolvimos. Queríamos darle algo más que un trozo de vidrio, un regalo, y empezamos a revolver en nuestras mochilas y dimos con un paraguas, uno de esos paraguas de nylon chinos que suelen llevar los excursionistas.
En muy contadas ocasiones he visto una expresión de tanta sorpresa, incredulidad y felicidad en el rostro de una persona. Aceptó el paraguas radiante de alegría e hizo una reverencia. El hombre no quiso esperar más, a pesar de que ya sólo se vislumbraba un reflejo rojizo del sol por encima de las crestas de las montañas. Quería volver a su casa; salió al exterior, abrió el paraguas y lo sostuvo sobre su cabeza con el brazo extendido y con aire triunfante. El hombre se fue saltando, casi bailando, con la botella vacía en una mano y el paraguas en la otra.
Y como si ese paraguas, extraño refugio y pequeñísimo tejado de un hombre en su camino, quisiera reivindicar su función en ese preciso instante, se puso a nevar de nuevo, a pesar de que por el sur comenzaban a divisarse las estrellas…”.

martes 2 de junio de 2009

A PROPÓSITO DEL VEGETARIANISMO


Élisée Reclus, 18/11/1904, "Espartaco" (periódico anarquista)
(Eliseo escribió este texto muy afectado por la guerra de China, pero pueden extenderse a cualquier guerra y los estados mayores de todos los ejércitos y tiempos)

¿Cómo es posible que hombres que hayan tenido la dicha de ser acariciados por sus madres, y de escuchar en las escuelas las palabras de justicia y de bondad, cómo es posible que esas fieras de cara humana encuentren gusto en …?
¿Y quiénes son esos horrorosos asesinos? Son gentes que nos asemejan, que estudian y leen como nosotros, que tienen hermanos, amigos, una mujer o una novia; y tarde o temprano estamos expuestos a encontrarlos, a estrecharles la mano sin encontrar los vestigios de la sangre derramada.
¿Pero no hay acaso una relación directa de causa a efecto entre la alimentación de esos verdugos que se dicen “civilizados” y sus actos feroces? ¡Ellos también se han acostumbrado a ponderar la carne sangrienta como generadora de salud, de fuerza y de inteligencia! Ellos también entran sin repugnancia en las carnicerías donde uno resbala sobre un piso rojizo, donde se respira el olor acre de la sangre.
¿Hay acaso una diferencia tan grande entre el cadáver de un buey y el de un hombre? Los miembros descuartizados, las entrañas mezcladas del uno y del otro se parecen mucho: la matanza del primero facilita el asesinato del segundo, sobre todo cuando resuena la orden del jefe y que se oyen de lejos las palabras del señor soberano coronado: “¡Sed implacable…!”
No es una digresión el mencionar los horrores de la guerra a propósito de las hecatombes de animales y de los banquetes para los carnívoros. El régimen de alimentación corresponde del todo a las costumbres de los individuos.
Para la gran mayoría de los vegetarianos, la cuestión no es saber que su músculo es más sólido que el de los carnívoros, ni tampoco que su organismo presenta mayor cúmulo de resistencia contra los choques de la vida y los peligros de la muerte, lo que no deja de ser muy importante: para ellos se trata de reconocer la solidaridad de afección y de bondad que une el hombre al animal; se trata de extender a nuestros así llamados hermanos inferiores el sentimiento que en la especie humana ha puesto ya fin al canibalismo.
Las razones que podían evocar en el pasado los antropófagos contra el abandono de la carne humana en la alimentación diaria, tenían el mismo valor que aquellos que usan hoy los simples carnívoros. El caballo y el buey, el conejo, la liebre y el venado nos convienen más como amigos que como carne. Deseamos conservarlos, ya sea como compañeros de trabajo respetados, ya como simples asociados en la alegría de vivir y de amar.
Pero no se trata de ningún modo entre nosotros de fundar una nueva religión y de atenernos a ella con dogmatismo de sectarios: se trata de hacer nuestra existencia tan hermosa como sea posible y de conformarla en cuanto dependa de nosotros a las condiciones estéticas del medio en que vivimos.
Así como nuestros antepasados llegaron a tener náuseas al comer la carne de sus semejantes y dejaron un buen día de adornar sus mesas con carne humana; así como entre los carnívoros actuales hay muchos que se negarían a comer la carne del noble caballo, compañero del hombre, o la del perro y de los gatos, los huéspedes acariciados del hogar, así también nos repugna a nosotros beber la sangre y triturar entre nuestros dientes el músculo del buey, el animal labrador que nos da el pan.
Tenemos, en fin, el deseo de vivir en un lugar donde no correremos más peligro carnicerías llenas de cadáveres, al lado de tiendas de tiendas de sederías o de alhajas, al frente de la farmacia o del mostrador con frutas perfumadas, o de la bella librería, adornada con grabados vistosos, estatuas y obras de arte. Queremos en tono nuestro un medio que guste a la vista y que armonice con la belleza. Y dado que los fisiólogos; dado –mejor aún- que nuestra propia experiencia nos dice que esta fea alimentación de carnes disfrazadas no es necesaria para sostener nuestra existencia, nosotros alejaremos todos esos horribles alimentos que gustaban a nuestros antepasados y que gustan aún a la mayor parte de nuestros contemporáneos.
¿Cuáles son, pues, los alimentos que parecen adaptarse mejor a nuestro ideal de belleza, tanto en su naturaleza como en la preparación a que tendrán que ser sometidos? Esos alimentos son precisamente los que en todo tiempo fueron los más apreciados por los hombres de vida sencilla y que pueden mejor que ningún otro pasarse de los artificios engañosos de la cocina. Son los huevos, los granos y las frutas, es decir, los productos de la vida animal y de la vida vegetal. El hombre los recoge para su alimentación sin matar el ser que los da, visto que se han formado en el punto de contacto entre dos generaciones.
Volvámonos bellos nosotros mismos y que nuestra vida sea bella.


P.D. El texto completo fue publicado en el periódico “Contramarcha” (editado por el sindicato Solidaridad Obrera, www.solidaridadobrera.org) y la copia del original la cedió el International Institute of Social History de Amsterdam.

sábado 2 de mayo de 2009

La SOLEDAD del EGOÍSTA...



Algunos días nos quedamos a vivir en un valle de bostezos. Allí sentimos nuestro cuerpo demasiado grande para que el viento pueda mecerlo o rasgue las costras que lo cubren.
Gritamos al sol pidiéndole que nos caliente la sangre, mientras hacemos prisionero el amor en una celda de hielo, que modelamos sin parar a nuestro alrededor y placer.
Incapaces de pensar en otros, los desterramos de nuestra vida: egoístas y solos.

viernes 1 de mayo de 2009

Tres breves ENTREVISTAS IMPOSIBLES: PROUDHON, BAKUNIN y KROPOTKIN

ANARQUISMO, ACCIÓN DIRECTA y
ACCIÓN PARLAMENTARIA


Abstencionismo, sufragio universal... En todas las organizaciones obreras se ha debatido sobre esas formas de participación de los trabajadores en el régimen político que gestiona su explotación. Algunas lo tuvieron claro desde el principio: utilizarlas creyendo que de esa forma podrían alcanzar la sociedad sin clases. Otros, como los anarquistas y los anarcosindicalistas, comprendieron inmediatamente que en ellas habitaba la trampa para los trabajadores, aunque también han mantenido dudas, diferencias, decisiones, más o menos enfrentadas.


Entrevista a Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)
Sr. Proudhon, usted ha tenido experiencia parlamentaria, en cierto momento confió en la posibilidad de algún cambio desde los escaños... De esta experiencia nació, en poco tiempo, el desengaño ante tantos profesionales de la demagogia. ¿Qué destacaría como más frustrante, en lo personal, de sus pasos en el parlamento?
Debo decirle que desde mi primer día en la Asamblea Nacional, estaba a las nueve y no salía más que por la noche, agotado por igual de fatiga y disgusto. Lo peor, quizá, fue que desde el primer paso que di dentro de ella me fui alejando de las masas, perdí relación con ellas y no percibía ya las cosas corrientes. La Asamblea Nacional se convierte en un aislador, que nos lleva a sus pobladores a ser los más ignorantes del estado de un país...
Entonces, tras semejante desastroso aprendizaje es por lo que usted...
Estimo que la revolución social corre serio riesgo si se produce a través de la revolución política. Votar es un contrasentido, un acto incluso de cobardía y de complicidad: el sufragio universal es la contrarrevolución. Por ello, para constituirse como clase, el proletariado debe primero escindirse de la democracia burguesa.
Muy decidida su conclusión y, sin embargo: ¿por qué años más tarde abogó por el voto en blanco?
Es cierto. En las elecciones de 1863 y 1864 llamé al voto en blanco. Lo hice a modo de protesta contra la dictadura imperial y no por oposición al sufragio universal...
En otras palabras, votar o abstenerse es también una cuestión de táctica más que de principio...
Efectivamente, los anarquistas podrían votar o abstenerse según el momento histórico que encaremos.

Entrevista a Mijail A. Bakunin (1814-1876)
Señor Bakunin, usted se opone a la participación de los trabajadores en la política burguesa porque temía que eso les corroyera y ayudara a perpetuar el sistema. Pero no se ha opuesto al sufragio universal en principio, sino cuando esa intervención reforzara al Estado democrático burgués. Tampoco hizo de la abstención un artículo de fe. Si yo le dijera, señor Bakunin, que he decidido presentarme como diputado, ¿qué me contestaría?
Quizá te sorprenda lo que te voy a contar. Yo, un apasionado y decidido abstencionista, he llegado a aconsejar a algunos amigos que se hagan diputados. Estaba convencido de que tenían muy asentados nuestros principios y de que no iban a deformarse, lo que me tranquilizaba para decirles que, en estos tiempos tan críticos, todos los hombres de buena voluntad deben abrir brecha...
Y si presentarse como diputados enlaza con este argumento que usted hace, ¿se trataría, por tanto, de estar en una situación de ejercer la mayor influencia posible en los acontecimientos...?
Efectivamente... Como años después, tras la caída de la Comuna de París y por lo que me comentaban de la situación revolucionaria en España, consideré, sin perder nuestra identidad, la conveniencia de dar apoyo a determinados partidos políticos. Y prendida la revolución, que la experiencia española fuera un horizonte para el resto de Europa.
En otras palabras, ¿el sufragio universal no es ni un mal ni un bien en si mismo?
Lo que yo sostengo es que aplicado en una sociedad basada en la desigualdad económica y social, no es otra cosa que una burla y un fraude para el pueblo, el camino más seguro para consolidar la dominación permanente por las clases propietarias. El sufragio universal, he aquí la clave, nunca será un medio para llegar a una sociedad igualitaria.

Entrevista a Piotr A. Kropotkin (1842-1921)
Las clases obreras –dijo usted en cierta ocasión- saben muy bien qué hay de verdad tras ese gran teatro de las instituciones políticas burguesas, a pesar de sus hermosos nombres. Entonces: ¿Qué es antes, señor Kropotkin, el régimen económico o el político?
Cuando observamos las sociedades humanas nos encontramos con que el régimen político por el que se rigen es la expresión del económico. La organización política se adapta siempre al sistema económico y lo sostiene.
¿Pero no es a través de los gobiernos representativos, que emergen por medio del sufragio universal, como se consiguen y consolidan derechos y libertades?
¡Cuidado con el parlamentarismo! Ya era este un grito que escuchaba de infante. Es cierto que sus partidarios, algunos de buena fe, aunque no por ello por reflexión, aseguran las bondades de los servicios del parlamento y del gobierno representativo. Pero si las libertades se conservan es, siempre, gracias al espíritu de libertad, de rebeldía. Esas instituciones no dan, de por sí, ninguna libertad real; hemos de arrancárselas y defenderlas.
Permítame que insista: ¿no podemos conquistar el poder político y construir nuestra sociedad desde una nueva constitución?
Las clases obreras de Europa occidental saben o intuyen que las instituciones políticas continuarán ahogando los progresos de las sociedades mientras el régimen capitalista no desaparezca. Atribuir a los parlamentos lo que es debido al progreso general, creer que es suficiente una Constitución para tener libertad, es desconocer las reglas más elementales del juicio histórico.

Bibliografía utilizada:
P. Kropotkin: El gobierno representativo
S. Dolgoff: La anarquía según Bakunin
V. García: El pensamiento de P. J. Proudhon

Nota importante: la versión completa de este artículo fue publicada en “El Solidario” nº 11 (primavera de 2005), revista del sindicato Solidaridad Obrera (www.solidaridadobrera.org).

Unos PEQUEÑOS ANARQUISTAS...


¡NO TE QUIERO ADOCTRINAR! Aunque sí me gustaría ofrecerte un argumento para cuando escuches (¡Será tan pronto y tantas veces!) que la ANARQUÍA es sinónimo de desorden, destrucción o todo lo peligroso.
Eliseo Reclus, una persona que durante la segunda mitad del siglo diecinueve, hace unos 130 años, conoció muchos lugares de la Tierra caminándolos, midiéndolos con los pies, solía decir: “la anarquía es la más alta expresión del orden”, ya que es contraria a la existencia de individuos, grupos u organizaciones que manden sobre el resto de las mujeres y los hombres.
Comprendo que me digas que no entiendes muy bien estas palabras o que es imposible sobrevivir en común si algunos no mandan sobre los demás. Yo tengo muchos más años que tú y en no pocas ocasiones llego a la misma conclusión, como si nos diera miedo vivir organizándonos entre todos y no por medio, orden o poder de otros. De ese miedo, de ese temor al “desorden”, se sirven los “poderosos” para seguir con su dominio sobre los demás. Con otras palabras suelen decirnos: “¡Ah, sí! ¿Queréis auto-organizaros sin nosotros? Bien, bien, no duraríais ni una semana, cada uno haciendo lo que quisiera, vagueando, robando… Intentadlo y volveríais a pedir nuestro orden y mando.” Esos “poderosos” no son sólo los presidentes de gobiernos o de empresas, o los militares, etc. Pueden ser tus profesores, tu madre, yo mismo…
Pero eso no es la anarquía: no dejes que la confundan con el robo o la vagancia. La anarquía es libertad y compromiso, resumidos en la frase: “De cada uno según sus capacidades a cada uno según sus necesidades”.
Yo no soy anarquista, aunque parte de lo que pienso y algunas de mis acciones sí lo sean. Pero no soy anarquista como otros amigos o compañeros. De todas maneras, ser anarquista no es tarea de un solo día. Ni otra sociedad se construye chascando los dedos: vivir libres es una tarea de todos y entre todos. O no será posible. Buenaventura Durruti, un anarquista español que murió hace 70 años, durante la guerra civil española, dijo que todos llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Se refería a querer vivir de otra manera, en un mundo donde la convivencia sea mejor, igualitaria, de mujeres y hombres libres, y que ese deseo, real en nuestros corazones, saldrá de ellos si queremos intentarlo. Si nos lo proponemos.
Hay muchas ocasiones, sencillas, de aquellas con las que nos enfrentamos casi todos los días, que nos ofrecen una oportunidad de “practicar la anarquía”.
A ver qué te parece esta: en tu clase queréis realizar una actividad deportiva, que consistiría en un campeonato de varios deportes en el que participarían todas las clases, por cursos. Bien, imagínate que esta es la idea base que comenzáis a debatir una tarde en vuestra aula, entre todos los compañeros (con el tutor presente o no). Se os ocurren varias pruebas deportivas, como baloncesto, carreras, etc. Unas de equipo y otras individuales, pero todas con el objetivo de que unos ganen frente a otros, que es lo habitual.
Tú, que has oídos algunas de las conversaciones entre el tío y yo, después de escuchar a varios de tus compañeros, pides la palabra y propones que las pruebas no sean competitivas, esto es, que no haya ganadores ni perdedores. Los equipos estarían compuestos de chicas y chicos y durante el partido los jugadores se intercambiarán entre los equipos; cada equipo tendrá los mejores miembros para cada puesto y todos los que quieran participarán. Como bien te imaginas, estas propuestas sorprenderán a muchos de tus compañeros, que incluso asegurarán que “así no tiene gracia”. Estamos tan acostumbrados a la competitividad que cualquier práctica de cooperación, de apoyo mutuo, o de simple intercambio, se toma como increíble e imposible. Algo nuevo, muy diferente, sólo es posible si antes somos capaces de imaginarlo, pues: “Sin sueños no hay realidades”.
Por eso, los poderosos más “listos” (no sólo los dictadores con pistolas o libros de rezos en sus manos) lo primero que quieren controlar es la capacidad de soñar de los seres humanos sobre los que ejercen su poder. Al principio lo hacen a porrazos o con balas de los fusiles de sus militares y policías; después cambian y emplean herramientas y estrategias más suaves y, a la vez, más efectivas, como la publicidad o distracciones como la televisión.
Y, por supuesto, también utilizan a intermediarios que son como nosotros, que se presentan como amigos o son compañeros: partidos políticos, sindicatos y otras organizaciones sociales. El poder se hace fuerte con la ignorancia de otras posibilidades y machaconamente te dice que no hay otra opción, que no hay otro horizonte, que es inútil soñar.
Bueno, que me disperso, volvamos atrás, a vuestra aula. Como estamos imaginando, imaginemos que se debate a partir de tu propuesta y con algunas modificaciones se acepta por todos; o por casi todos tus compañeros, pero a los que no les gusta, sí aceptan la decisión del resto de sus compañeros. Entonces un paso siguiente sería presentarla y proponerla al resto de alumnos del colegio o de vuestro curso. ¿Me sigues? Estoy seguro que sí. Bien, pues como no podéis ir todos aula por aula, decidís que lo hagan tres de vosotros. Tres delegados o representantes que se limitarán a exponer y defender lo que habéis acordado, pero sin añadir o modificar nada. Son delegados de la voz de todos, pero no de sus decisiones. Esta diferencia es fundamental, ya que las decisiones siempre las tomaréis en conjunto, como grupo (reunidos, en asamblea, se suele decir), y esos dos o tres compañeros son vuestra voz fuera del aula, pero como el eco de lo que habéis dicho en ella. No quiere decir que se comporten “como loros”. Por supuesto que no; pero no toman decisiones que sean diferentes o vayan en contra de lo acordado.
Cuando esos tres delegados vuestros recorran las distintas aulas, expondrán la propuesta y dejarán que los alumnos de cada una se reúnan, debatan y decidan entre ellos. De igual forma que ya habéis hecho vosotros. Cada grupo-aula tiene que recorrer el camino por sí solo y en libertad. Desde el momento que se unan para compartir vuestra propuesta, con modificaciones o no, esa propuesta ya no es “vuestra”, sino de todos los que la compartís.
Y así, poco a poco, compartiendo experiencias, sencillas y menos sencillas, se va haciendo realidad un pedacito de ese mundo nuevo que todos llevamos en nuestro corazón. En este sencillo ejemplo las pruebas deportivas probablemente os unirían más, reduciendo los enfrentamientos y las envidias. Os ayudarán a conoceros mejor. ¡Ojalá os sirviera para el futuro del curso escolar!
Es sencillo y, en cambio, casi siempre somos incapaces de hacerlo, cayendo una y otra vez en el trágico error de creer que sólo ganamos si otros pierden. Quizá, casi todos los profesores y muchos padres de tus compañeros (que son o representan a los que “mandan” en el instituto) tampoco verán con buenos ojos vuestras decisiones y, sobre todo, como las habéis tomado.
Pero vuestra experiencia, aunque no termine todo lo bien que pensasteis al iniciarla, les influirá a ellos y os tendrán que ver de otra manera, también desde el respeto a vuestra autonomía y capacidad de organización. Con cada experiencia, aun a trancas y barrancas, demostráis que “el orden” sí puede ser independiente “del poder autoritario”.
Durante un par de días y casi sin daros cuenta, habréis sido unos “pequeños anarquistas”, debatiendo y conociendo entre todos algunas inquietudes que tenéis y acciones que deseáis llevar a cabo. Como canta Fito con sus Fitipaldis: “No soñaré sólo porque me haya quedado dormido...”
¿No lo crees así, querida sobrina?

A la BÚSQUEDA de nuestro IGUAL...


¿Cuántos gemelos, mellizos o trillizos habitan hoy la Tierra? Tal vez un millón. El resto, unos seis mil millones, hemos llegado solos a este mundo y lo recorremos a la busca de nuestro igual por los caminos del amor y la amistad. En eso consiste la vida.
A principios del mes de diciembre pasado, en un pasillo de la estación de metro de Buenos Aires, un rocoso y risueño camerunés, vendedor ambulante de CDs piratas, me contó una historia sobre la amistad entre los “bangwa”, su pueblo, donde un hombre y una mujer pueden ser amigos si nacen el mismo día. Los bangwa creen que en el mundo de los no nacidos los espíritus de los niños vagan en parejas buscando a quienes serán sus padres. En la mayoría de las ocasiones se pierden mientras deambulan y nacen solos. Entonces, su extraviado espíritu gemelo les exige que retornen al mundo de los no nacidos. Para evitarlo, los padres se reúnen y traen a sus hijos nacidos en solitario para unir como amigos de por vida a quienes nacieron el mismo día o aproximadamente. El pacto de los padres conserva la tranquilidad en el mundo de los nacidos.

A RATOS...


Es en estos momentos cuando te recuerdo. Mientras ésa estrella danza sobre el eco de mis pasos y pinto, en mi sombra, una sonrisa.

Me despiertas con tu risa,
sonrisa y labios de agua
que refrescan mi soledad.

Al arrullo de un verso
que nos mece en las rimas
de un poema.

Tu piel, al rozarme,
hablaba para mí
con la arena y el mar;
celosa,
la luna nos miraba,
murmurando un enfado.

Amanezco,
meciéndome entre burbujas
de alegría, que manan,
revoltosas, de tus ojos.

Paseo a tu lado.
Entre los dos nace,
al galope, un beso.

El espejo del sol
me refleja tu cara
si le canto,
con música
de alas de aire,
tu nombre.

Cabeceo,
y vivo en ti.

viernes 13 de marzo de 2009

POESÍA y LIBERTAD

Leí hace tiempo que un poeta inglés dijo: “Es más difícil hacer un poema que comerse una manzana”. Quizá parezca obvio… Como una respuesta que le dieron tiempo después: “Es más difícil hacer una manzana que comerse un poema”.

El filósofo J. P. Sastre (1905-1980) decía que el juego es la forma de expresión que distingue al hombre libre, al hombre que se reconoce libre. De acuerdo con él, añadiría que la lengua es una de las formas de juego preferidas.
Boris Vian (1920-1959) preguntaba: “¿Las palabras no están hechas para jugar con ellas?” ¡Sí! De cualquier manera y con la técnica que queramos. El Dadaísmo es uno de los senderos a la busca de nuevos lenguajes poéticos. Nuevos juegos con las palabras.
Tristan Tzara (1896-1963) recorrió a su paso ese sendero y nos ofreció en el año 1920 el siguiente juego, un plano en verso de un lugar para jugar con las palabras:

“Coja un periódico.
Tome unas tijeras.
Elija en el periódico
un artículo de la longitud
que pretenda dar a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte luego con cuidado
cada una de las palabras que forman el artículo
y métalas en una bolsa.
Agite suavemente.
Saque luego los recortes
uno tras otro.
Copie cuidadosamente por
el orden en que salieron de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original
y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida por el vulgo.”

La poesía nos ofrece herramientas de pensamiento con las que intentar desrobotizar nuestras vidas y el mundo. El poeta está aquí para ver lo que no se vé y mostrárnoslo; aunque no lo comprendamos. Se trata de recibir impresiones y sentir los gérmenes que dispersan al viento. –Víctor Moreno, Va de poesía-
“Alejandro, mi querido hermano Sasha –recuerda Pedro Kropotkin en su autobiografía- era poeta y me aconsejaba leer poesía: Lee poesía, me decía a menudo cuando éramos jóvenes, pues la poesía hace mejores a los hombres.”
Pedro recuerda a su hermano con descripciones como esta: “Hay un poeta sentado junto a la chimenea intentando hacer poesía…” Entonces eran poco más que unos adolescentes. De la poesía, también nos cuenta otra grata experiencia personal: leer poesía en un idioma que se está aprendiendo, pues entonces las palabras, apenas conocidas, juegan más revoltosas con el lector.”
Desde los primeros tiempos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los ANARQUISTAS eran firmes creyentes en la EDUCACIÓN. El obrero concienciado quería e intentaaba instruirse. No era, por tanto, una educación limitada por la edad, y se abría a muchos campos del saber. También a la LITERATURA, como la lectura colectiva, o en colectivo, de poemas, novelas, ensayos, etc.
En aquellos tiempos, la CULTURA LIBERTARIA, la POESÍA tiene una posición singular. Especialmente, la poesía "científica", y aunque su calidad técnica fuera escasa, intenso era su propósito instructor de la clase trabajadora:

"¿Quién sabe: ¡Oh ciencia ignota!
cuántos mundos encierra cada gota
de la sangre que corre por mis venas?
-Comienzo de un poema tituado "Poema", publicado en "EL Porvenir del Obrero", Mahón, 13/10/1903-

Nos sigue contando Lily Litvak (España 1900, Ed. Antrhropos) que para los optimistas libertarios la CIENCIA se considera como una de las sólidas bases del PORVENIR de la Humanidad. De ahí que algunos libertarios de entonces, anónimos obreros en la mayoría de las ocasiones, no hallaran inconveniente para entrelazar poesía y ciencia. ¿Por qué -se preguntaban- eliminar de la poesía el derecho a pensar? Y es así como se publicaron numerosos poemas dedicados a las ciencias, los científicos, los descubridores, los inventos, la prehistoria o la tecnología.
Tenemos un ejemplo en la siguiente estrofa de un poema titulado "Resurrección", publicado en "La Ilustración Obrera", el 6/3/1905:

"Surgió la ley sublime del Progreso,
llenó la Humanidad de resplandores,
y echando de su trono a la Ignorancia,
hizo la guerra, paz; el odio, amores..."

No me cabe duda de la existencia de un vínculo profundo entre la POESÍA y el ANARQUISMO, dos senderos a la busca de lugares libres…

UN DÍA EN CASA...


I. Mañana: UNAS TABLAS (o “Rebelión en la casa”)
Despierto,
asustada por los eructos
del armario, de la cama.
Las sillas se amotinan,
las baldosas tiemblan:
un ejército de madera
avanza, carcomido, por el pasillo.
A una orden del sofá, paran;
patean, astillándose,
necesitan savia, y me buscan.
Escondida tras la estufa,
con un mechero como espada,
escucho mi muerte.
¡Silencio!
El mueble-bar se yergue,
lanza un cajón como aviso
y los rebeldes retroceden.
El es el rey y yo
una pequeña mesita de noche.

II.Tarde: CRECE EL DÍA
Crece el día, y con él
mis manos quieren perseguirte.
Tú, huida en la distancia,
humillas mi voz;
y el silencio se convierte
en cárcel de mis sueños tuyos.

III.Noche: ABURRIMIENTO
Estoy en casa,
y el bostezo de las paredes
me prohíbe oírte.

lunes 19 de enero de 2009

¿SATISFECHOS CON/EN EL TRABAJO?

Entre las cuestiones tratadas por la Encuesta de Condiciones de Vida y Trabajo 2007 (ECVT 2007, Ministerio de Trabajo e Inmigración) se hallaba la “satisfacción en el trabajo”. De nuevo, una gran mayoría (70,3%) de los trabajadores encuestados declaraba estar satisfecho con su trabajo. Este tipo de investigaciones sociológicas, desde hace más de medio siglo siempre han ofrecido resultados similares a ese (o que rondaban el 80%).

Desde sus inicios, el desarrollo de la SOCIOLOGÍA (teoría e investigación) y el de la INDUSTRIALIZACIÓN avanzan paralelos y mantienen una relación “simbiótica”, una asociación de la que obtienen provecho común, casi en exclusiva controlado por la patronal o el Estado. El tema del TRABAJO es una de las parcelas más indagadas por la sociología, y dentro de ella: la SATISFACCIÓN EN/CON EL TRABAJO.
Satisfacción en el trabajo
Hablemos un poco sobre el concepto… ¿Qué piensan en realidad muchas personas cuando se les pregunta si son felices o están satisfechas? ¿Es posible dar definiciones o descripciones claras y compartidas por todos sobre la “satisfacción” o la “felicidad”?
El concepto “satisfacción en el trabajo” es muy generalista y su contenido es complejo, por lo que es muy difícil valorar los datos sociológicos que aportan los estudios (como la citada ECVT 2007), que desde sus comienzos reflejan que la mayor parte de los trabajadores manifiestan estar satisfechos con su trabajo. ¿Por qué se mantiene ese elevado porcentaje? ¿A qué responde realmente?
Trabajo y reconocimiento social
Los sociólogos industriales consideran que el reconocimiento de una insatisfacción en el trabajo puede ser interpretado como el reconocimiento de un cierto fracaso vital, de un fallo personal, y por ello, más allá de las valoraciones específicas sobre su trabajo, muchos trabajadores declaren, cuando se les pregunta directamente (“Señale su grado de satisfacción en su trabajo actual”, puntuar entre 0 y 10), que sí están satisfechos con su trabajo.
En definitiva, según los sociólogos industriales tendríamos que tener en cuenta esa especie de “autonecesidad” de considerar nuestra experiencia laboral como satisfactoria. Por que el trabajo, añaden, es fundamentalmente, una actividad social que cumple dos funciones principales: producción de bienes e integración del individuo en la mayoría de las relaciones que forjan una sociedad. Cabría sumar otra cara, más psicológica: el trabajo es el camino concreto a través del que los seres humanos desarrollan su necesidad de sentirse activos, creativos y útiles.
Así, pues, parece que hay una primera conclusión compartida: para los trabajadores la empresa es, también, un lugar donde obtienen recompensas y gratificaciones emocionales de sus compañeros y mandos (respeto, admiración, agradecimiento, censura, castigo, premio, etc.), donde establecen lazos sociales, donde se integran en sus grupos básicos de relaciones, donde practican la solidaridad, donde obtienen rasgos para su propia identidad, etc. Además, hemos de tener en cuenta que muchas empresas (desde la dirección y/o otros grupos internos, como los propios sindicatos) fomentan esos vínculos más allá del tiempo y el lugar de trabajo (clubes, actividades diversas, reuniones, viajes, asociaciones, etc.).
Por lo tanto, a la hora de valorar los resultados de las encuestas es preciso indagar qué sentido atribuyen los trabajadores a las preguntas realizadas, qué significa realmente para ellos los que se les pregunta, pues la tendencia a reprimir la insatisfacción está muy unida al sentimiento, tan extendido, de que no estar satisfecho es una forma de admitir un fracaso.
Las investigaciones
Las primeras investigaciones sobre actitudes y motivaciones en el trabajo podríamos ubicarlas a finales de los años veinte del siglo pasado. Si bien, serán los estudios de Elton Mayo (en la Western Electric’s Hawthorne Works de Chicago), en los años posteriores a la II Guerra Mundial, los que darán el pistoletazo de salida a este tipo de investigaciones. Desde entonces, como ya hemos recordado, se constató la paradoja de que eran minoría los trabajadores que manifestaban su insatisfacción. Hasta el punto, que esa sucesión de resultados “similares” fueron encuadrados dentro de una especie de ley sociológica, en ocasiones calificada como la “ley del 80 por ciento”, aludiendo al porcentaje de satisfechos.
Sin embargo, tales resultados “constantes” chocaban con otros tomados de la observación y el proceso de las relaciones laborales: conflictos, sanciones disciplinarias, absentismo, siniestralidad, etc.
Otra conclusión interesante: no existe ningún tipo de relación clara entre satisfacción y rendimiento en el trabajo.
Métodos e instrumentos
A pesar de que sigan empleándose, es aceptado que los instrumentos de medida (encuesta) mayoritariamente utilizados no sirven para medir o conocer adecuadamente lo que se pretende investigar. Aun reconociendo la dificultad del concepto “satisfacción en/con el trabajo”.
Por esta razón, la tendencia es partir el concepto en varios pedazos o dimensiones, refiriéndolos a aspectos más específicos del trabajo: la tarea, el salario, las relaciones, las oportunidades, el reconocimiento de la labor realizada, el horario, la promoción, las ayudas sociales, la imagen y las relaciones externas (respecto a los usuarios o los clientes, por ejemplo), etc.
Por supuesto, no hemos de quedarnos en la pregunta “¿Está usted satisfecho con su trabajo?”. Escarbemos también con otras variables y preguntas incluidas en el cuestionario (o planteadas en las entrevistas personales y las reuniones de grupo). Y contrastar los resultados, con otros datos observables: huelgas, piquetes, sanciones, enfermedades profesionales, ausencias, etc.
Es cierto que en la ECVT-2007 (y anteriores), así como los realizados en muchas empresas (incluida la mencionada de Metro de Madrid), se pregunta sobre el salario, los vínculos familiares, las relaciones personales con los compañeros de trabajo, el funcionamiento de la empresa, etc., pero la presentación de los resultados siempre utiliza en mismo titular: “…el 70 y pico % de los trabajadores manifiesta estar satisfecho con su trabajo”.
(Nota. El cuestionario de la ECVT-2007 puede consultarse en: www.mtin.es/estadisticas/ecvt/Ecvt2007)
Clima laboral
El "clima laboral" es –según Elena Rubio Navarro, Consultora de empresas- el medio ambiente humano y físico en el que se desarrolla el trabajo cotidiano. Influye en la satisfacción y por lo tanto en la productividad. Está relacionado con el "saber hacer" del directivo, con los comportamientos de las personas, con su manera de trabajar y de relacionarse, con su interacción con la empresa, con las máquinas que se utilizan y con la propia actividad de cada uno.
Desde hace varias décadas los estudios sociales en el ámbito de las empresas se dirigen, sobre todo, a conocer y mejorar “el clima laboral de la empresa”, de acuerdo a ese nuevo concepto (clima laboral). La empresa Telefónica, por ejemplo, viene realizando estudios de ese tipo con bastante frecuencia. En el último (2007) concluyen que el 64,7 % de la plantilla se muestra satisfecha con su trabajo. ¿A pesar de las huelgas, los despidos, la privatización…?
Los estudios sobre “Clima laboral” forman parte de los planes anuales de muchas empresas, que entre sus objetivos se marcan mejorar el clima en varios puntos porcentuales cada año. Los resultados pasan a formar parte de los Informes Anuales y las Auditorías. En realidad, lo que sucede es que los consejos de administración de esas empresas se toman muy en serio investigar y analizar el conflicto social interno y externo. El término “clima laboral”, es, sin duda, muy acertado.

Bibliografía
El artículo de José Félix Tezanos, “Satisfacción en el trabajo y sociedad industrial”, incluido en el libro Sociología Industrial y de la Empresa (Ed. Aguilar), es muy útil y recomendable. Para la redacción de este artículo ha sido la base fundamental. Otros textos que pueden consultarse: J. J. Castillo y C. Prieto, Condiciones de trabajo; J. P. Gaudemar, El orden y la producción.
Una versión completa de este texto fue publicada en el periódico CONTRAMARCHA, editado por el sindicato SOLIDARIDAD OBRERA.

domingo 14 de diciembre de 2008

La AMISTAD es de color ÁMBAR


De acuerdo con algunas crónicas, esta tarde, dos mil seiscientos años antes de hoy, Tales de Mileto, uno de los Siete Sabios de Grecia, que ya había asegurado que “Todo está hecho de agua”, observaba al despertar de su siesta, tendido en las planicies de Lidia, en la provincia de Magnesia, cómo una roca llamada “magnetita” ejercía una visible fuerza sobre los metales. También se percató que al frotar un trozo de ámbar, esa prehistórica resina fósil que los griegos llamaban “elektron”, desarrollaba una extraña capacidad para atraer unos trocitos de paja y cáscaras de grano que se habían caído de los bolsillos de su túnica.
Esta tarde, quinientos diez años antes de hoy y dos mil años después de aquella siesta de Tales de Mileto, William Gilbert, médico de la reina Isabel I, anotaba en su diario una observación que había realizado en la antesala de la habitación real: si se frotaba un cristal con un retazo de seda, aquél se “amberizaba”. Apuntó con mayúsculas, como nadie había nombrado hasta aquella tarde, que el cristal se había “electrificado”. William, curioso y ocioso, probó con otros materiales y obtuvo los mismos resultados. No entendía qué les sucedía, y conjeturó con la existencia de algún tipo de humor acuoso que, al calentarse por el frotamiento, producía a su vez un pegajoso y vaporoso efluvio de carga.
Esta tarde, doscientos setenta y seis años antes de hoy, Charles-François de Cisternay du Fay, sentado en un banco del Jardín de las Plantas de París, del que era superintendente, descubrió que el ámbar, aquella resina de hace millones de años con la que Tales de Mileto jugaba otra tarde, tumbado en las llanuras de Lidia dos mil trescientos veinticuatro años antes, repelía aquellos objetos que eran atraídos por el material que antes hubiera sido frotado por él. Sentado a la sombra de un álamo, du Fay quedó convencido de que la electricidad tenía dos caras: una “resinosa” o atrayente, y otra “vítrea” o repelente. Vio sus caras y comprendió que “detrás de las cosas tenía que haber algo profundamente escondido”.
Esta tarde, sesenta y dos años antes de hoy, Albert Einstein estaba escribiendo su autobiografía y recordaba el día en que su padre le enseñó por primera vez una brújula. Tenía diez años recién cumplidos, la tomó entre sus manos y la giró a un lado y a otro, maravillado por que la aguja insistía en apuntar hacia el norte. Esta tarde, dos mil quinientos treinta y ocho años atrás se despertaba Tales de su siesta, y Einstein la recuerda como una puerta abierta a su imaginación científica, preguntándose qué sería aquello que está profundamente escondido detrás de las cosas.
Esta tarde yo he comprendido que detrás de nosotros hay algo profundamente escondido, que nos “amberiza”: nos hace amigos.

miércoles 29 de octubre de 2008

EL MOVIMIENTO NATURIEN


¡VIVA LA NATURALEZA!
Una introducción sobre el movimiento NATURIEN

A finales del siglo XIX, en la Francia del positivismo científico y del auge del desarrollo capitalista, surgen, entre los libertarios, los NATURIEN. La iniciativa parte de Emile Gravelle, con la publicación de “L´Etat Naturel” (1894-1898). Además de Gravelle, hemos de citar a Henri Zisly, Honoré Bigot, Alfred Marné, Henri Beylie, Eugene Dufour y Georges Butard, entre otros propagandistas naturien.
Individualmente o como colectivo, los naturien no sólo ensalzan la naturaleza y denigran la civilización, también viven o experimentan formas acordes con su pensamiento.
HACIA EL ESTADO NATURAL
Además de las bases, en las revistas naturien se publicaron numerosos artículos sobre otros aspectos básicos de las relaciones sociales, como: los proyectos de colonias naturien, donde no se trataría de crear la “Ciudad Futura”, sino demostrar que “la Tierra es el estado natural” y puede dar en abundancia al hombre todo lo que necesita; la revolución social; el vínculo entre el hombre y la Naturaleza, y las diferencias entre esta y la Civilización; el nomadismo; la relación entre el hombre y los animales; el vegetalismo y el crudivegetalismo; el robinsonismo, etc. Entre los referidos a las relaciones y la orientación sexuales encontramos artículos aceptables y otros, como los que tratan el incesto o la homosexualidad, que rechazamos con rotundidad.
EL HOMBRE Y LOS ANIMALES
“¿La asociación anarquista puede tener como base la esclavitud? ¿La abolición de la esclavitud humana no tiene como consecuencia reforzar, completar, intensificar la esclavitud del animal?
Hoy en día el hombre no sabría vivir sin el concurso de los animales. No se sabría pasar sin leche, huevos, pescado, carne... ¡Y qué decir de los animales! Qué pensaría el caballo del cochero, si leyera: “¡Sean buenos con los animales!” Pensaría, sin duda, que el hombre es un animal con buenos sentimientos. Pensaría, quizá, que somos bromistas, burlones, a la vez que unos farsantes, pues él sabe cuán larga es una jornada, él que sufre el martirio...
¡Ved en qué estado quedan los miembros de los animales usados para el trabajo! Los miembros de los animales retorcidos, deformados por el trabajo, acusan un sufrimiento que no tiene igual más que en el del tullido por el reumatismo.
Y el hombre todavía habla de humanidad, de hermanos inferiores. ¡Menudos crápulas, los hombres! ¿Hay algún animal que siembre tanto dolor como el hombre?
Los animales carnívoros acechan a sus presas, las persiguen y las matan. El hombre ha creado la esclavitud, la explotación. Qué fuente de sufrimiento será abolida el día que la humanidad desaparezca. La muerte de un hombre es un bien para la animalidad.
El individuo superior es aquel que, para su vida, no pide la menor cantidad de sufrimiento. Es pues superior aquel que demanda de la animalidad el menor concurso o un concurso cada vez menor. Mi guía, con respecto a los animales, es tan firme que se corresponde exactamente a la guía de mi personalidad.
Que se calcule el coste de las colonias producidas por el alimento vegetal y por el alimento carnívoro, y se verá que la felicidad del hombre depende de la del animal. Y, además, cuánto espacio ocupan las praderas, los cultivos especiales para los animales que serán comidos o explotados: la mitad podría ser repoblada. ¡Los bosques! Riqueza y régimen normal de las aguas aseguradas, he aquí alguna cosa interesante para la humanidad. Has de pensar en esto: en cuánto has de trabajar para poder servirte de la bestia...”
NOTAS
Este texto es una versión reducida de un artículo publicada en el periódico “Contramarcha”, del sindicato Solidaridad Obrera, extracto libre del libro homónimo recientemente editado por la editorial Virus y que recomiendo.
Y para un conocimiento profundo sobre el pensamiento naturista hispano (1890-2000): Josep María Roselló, LA VUELTA A LA NATURALEZA, de la editorial Virus. Roselló, además, es el autor de la introducción y la selección de los textos naturien que componen el libro “¡VIVA LA NATURALEZA!”.

martes 28 de octubre de 2008

WARLAAM TCHERKESOFF


WARLAAM TCHERKESOFF (1845-1925)
Georgia y los primeros pasos del anarquismo

La historia del anarquismo ruso (entiéndase: todos los pueblos que integraron la Rusia imperial) parece desconcertante y sin importancia. Con los escritos y las vidas de Bakunin, Kropotkin y Tolstoy –escribe G. Woodcok-, Rusia ha contribuido más que cualquier otro país a la filosofía anarquista e incluso a la creación de un movimiento anarquista internacional. Sin embargo, hasta finales del siglo XIX no encontramos un movimiento específicamente anarquista entre sus pueblos, frenado por el Partido Social-Revolucionario en las zonas rurales y por los mencheviques y bolcheviques en las zonas urbanas.
Los georgianos
En los inicios del movimiento anarquista “ruso”, los GEORGIANOS –cuenta Max Nettlau, el gran historiador del anarquismo- fueron muy numerosos y abnegados. Destacaríamos a G. GOGHELIA, que propagó el sindicalismo anarquista en Tiflis (capital de Georgia) en las dos primeras décadas del siglo pasado. También fue editor de varias publicaciones periódicas en lengua rusa, adoptando diversos “noms de guerre”, como: D. Orgheiana y K. Illianshvili.
Entre esas publicaciones se encuentra “Jleb i Volia” (Pan y Libertad), considerada el primer periódico anarquista en Rusia. Los dos mil y pico ejemplares que se imprimieron entraron ilegalmente en Rusia, y proporcionó una base para la propaganda anarquista clandestina. Es indicativo, según Woodcock y Avakumovic, de la influencia del periódico el que durante mucho tiempo sus rivales en la lucha revolucionaria llamasen a los anarquistas “hlebovoltse” (derivación de las palabras pan y libertad). Pedro Kropotkin también participó, y de manera considerable, en ese periódico, con una serie de ocho artículos, la mayoría sin firmar.
Este entusiasmo de Kropotkin queda de manifiesto en una carta que remite a Tcherkesoff: “Muy bueno. Todo perfecto, tanto las ideas como el estilo.” Pero poco después (seguimos a Woodcock y Avakumovic) el periódico propugnó el terrorismo, lo cual movió a Kropotkin a expresar su firme desaprobación, como en esta carta a Tcherkesoff: “…hablando de modo general, erigir el terror como sistema es, en mi opinión, estúpido.”
Warlaam TCHERKESOFF
Desde muy joven comenzó a tener vínculos con los grupos más avanzados de los emigrados (huidos y exiliados) rusos en Suiza, como Karakosof y Serghei Netchaef (que terminó convirtiéndose en un joven fanático amargado, inmortalizado por Dostoievski como Verchovenski en su novela “Endemoniados”). Fue amigo de Kropotkin y Malatesta. Estas relaciones fueron su base ideológica para enfrentarse al socialismo rusos dominando, muy influenciado por el marxismo, que combatía odiosamente todo sentimiento libertario.
Así, a finales del XIX, publicó varios textos, entre ellos: Páginas de la Historia Socialista (1896) y Precursores de la Internacional (1899). Recuerda las ideas del socialismo antiguo y del esfuerzo liberal y humanitario en general, que los marxistas trataban de hacer olvidar, incitando a creer que de Marx, y sólo de él, nacían todas las ideas sobre la economía social y el socialismo.
Entre sus alegatos llegó a afirmar (y aquí yerra con claridad, asegura Nettlau) que Marx y Engels plagiaron su “Manifiesto del Partido Comunista” (1848) de los “Principios del Socialismo” que escribiera en 1841 Victor Considérant (por otra parte, muy cercano al marxismo).
Tcherkesoff también ofreció argumentos que contradecían las afirmaciones de Marx sobre la concentración del capital; argumentos que confirmaron algunas de las tesis que ya mantenía Kropotkin y por tanto le sirvieron de apoyo.
Además, atrajeron mucho a algunos tradeunionistas ingleses (movimiento obrero y sindicalismo en Inglaterra) y a buena parte del sindicalismo francés: por ejemplo, su idea de que “el sindicalismo es socialismo popular” entusiasmó al anarquista francés J. Guillaume (1844-1916), de por sí convencido que la organización anarquista francesa C.G.T. podría ser el germen de la nueva sociedad.
Tcherkesoff, como incondicional amigo de Kropotkin, también intervino de manera muy directa y activa en el debate, profundo y doloroso, que se abrió en el anarquismo europeo sobre el belicismo y las consecuencias de la I Guerra Mundial. Un debate que enfrentó a Kropotkin (apoyado por Tcherkesoff y otros) con Malatesta (y los grupos ingleses, entre otros). Kropotkin mantenía que “un antimilitarista debe estar siempre dispuesto, en caso de guerra, a tomar las armas para apoyar al país invadido.” Argumento duramente criticado por Malatesta, y que supuso una dura confrontación ideológica, en la que participó mucho Tcherkesoff, en parte por la enfermedad que entonces afectaba a Kropotkin.
La guerra mostró una escisión en el movimiento anarquista, confirmada por el denominado “Manifiesto de los dieciséis”, pro-belicista, suscrito por quince anarquistas muy famosos: Christian Cornelissen, Henri Fuss, Jean Grave, Jacques Guérin, Pedro Kropotkin, A. Laisant. F. Le Lève, Carlos Malato, Jules Moineau, A. Orfila, Marc Pierrot, Paul Reclus, Richard, Tchikawa y Tcherkesoff. El nombre “de los dieciséis” es fruto, por tanto, de un error: se tomó como firmante al dueño (Hussein Dey, de Argelia) de la casa donde se reunieron para redactar y firmar el documento.
Las aspiraciones de AUTONOMÍA NACIONAL de los georgianos en el Cáucaso fueron vivamente sostenidas por Tcherkesoff, que durante años fue el intérprete de esas esperanzas proscritas, incluso por la opinión pública inglesa.
Esa censura contribuyó a suscitar también en los ambientes libertarios corrientes a favor de los “pequeños Estados”, que se consideraban preferibles y culturalmente superiores a los grandes. Error fatal –señala Nettlau-, ya que los pequeños Estados independientes viven el ambiente rival y combativo de los Estados y son ambiciosos y guerreros como todo Estado. En cambio, la comuna, la villa, la aldea, son la paz.
El Estado, grande o pequeño, como de nuevo vemos hoy por aquellas hermosas y duras tierras del Cáucaso, es tarde o temprano la guerra.
Bibliografía:
La mayor parte de este artículo es un extracto breve y libre de la excelente obra de Max Nettlau, La anarquía a través de los tiempos. Complementado con varias citas de: George Woodcock, El anarquismo y G. Woodcock e I. Avakumovic, El príncipe anarquista.
Este texto también ha sido publicado en el periódico "Contramarcha" del sindicato Solidaridad Obrera (www.solidaridadobrera.org)

domingo 28 de septiembre de 2008

En la escuela con NONO


Marieta tiene un amigo, Nono, que vive en el portal de enfrente del suyo y que va su misma clase en el colegio. La madre de Nono y la suya, cuando les llevan al cole siempre hablan de lo mismo. A ella no le gusta, pues casi se gritan, aunque después, al despedirse, se dan dos besos y se turnan para comprar el pan. En casa, Marieta vuelve a escuchar a sus padres y su tía hablar de eso, algo sobre un señor que quiere obligar a todos los niños y las niñas que van a la escuela a pensar como él. Por ello esta mañana, durante el recreo, cuando le ha preguntado a su amigo si en su casa ocurre igual y este le ha contestado que sí, han decidido inventarse otra escuela, y corrieron a contárselo a su maestra y a los otros niños de la clase. Podéis imaginar las risas que han provocado sus palabras, pero os aseguro que pronto todos sus compañeros y su maestra escucharon atentamente cual era su plan. “Es muy sencillo –dijeron Marieta y Nono- en nuestra escuela se haría todo lo contrario de lo que hacemos en esta.” Después de un par de segundos de silencio, las carcajadas de sus compañeras y compañeros atronaron el aula. Sólo la maestra seguía callada. De hecho, su sencillo plan le recordaba lo que ella venía diciendo en el claustro desde hace algún tiempo cuando escuchaba a otros profesores discutir sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía: “Yo sumaría las horas de esas clases y las de Religión y dejaría que los alumnos convivieran de manera autónoma.”

miércoles 24 de septiembre de 2008

EL CHE ALPINISTA

ASCENSIÓN al POPOCAPTÉPETL (5.450 m), 12/10/1955

Notas previas:
1) Este texto está tejido con libertad a partir de retazos del artículo “Testimonio, Ernesto, Médico en México”, de Marta Rojas (Periódico Granma, 14/6/1989) y unas notas tomadas de la excelente biografía del Che realizada por Jorge G. Castañeda.
2) Hernán Cortés, para forjar su conquista de México, también ordenó una ascensión a este volcán, crisol de mitos y leyendas del pueblo azteca.

El día ha amanecido algo nublado, pero no sopla el viento, lo que me tranquiliza para iniciar la ascensión del Popo, que es como llamamos en México al Popocatépetl, este volcán de 5.450 metros, en la Sierra Nevada de Puebla, apenas a 69 kilómetros de México D.F.
En el Popo suele haber un clima muy curioso y variable. Si sopla el viento, se te congelan hasta los huesos. Y si no sopla, como hoy, pasaremos mucho calor, a pesar de que estemos sobre la nieve y a esa altitud.
La semana pasada conocí al doctor Guevara, al “Che”. Nos presentó mi amigo y colega, el doctor Mitrani, que me pidió, como un favor personal, que organizara una expedición para que intentara hollar la cumbre del Popo. Mi amigo me halaga cuando habla de mí como uno de los alpinistas más destacados de México.
La ascensión hasta el inmenso cráter del Popo es extremadamente difícil, y si no se tiene experiencia, aún es más peligrosa. Es importante llevar la ropa y el equipo adecuados, diríamos que imprescindibles, y revisarlos bien antes de partir. El doctor Guevara no había llevado nada, y yo le conseguí todo lo necesario pidiéndoselo a otros compañeros de la Universidad.
Cuando hablé con él por primera vez le vi muy entusiasmado, muy interesado en cubrir esa meta en su vida. Llegar hasta el cráter del Popo se había convertido, según me contó, en un reto ineludible en su vida, después de haberlo intentado en anteriores ocasiones, fracasadas sobre todo por su problemas de asma. Además, la montaña formaba parte fundamental de su preparación física como guerrillero ante la singladura que tomaría pronto tu vida.
Más que sus ataques de asma, me preocupaba saber si tenía la fuerza física necesaria o el entrenamiento adecuado, pues la fuerza de voluntad, aun siendo básica, no puede compensar del todo la debilidad de estos.
La subida a este inmenso cráter, de casi 620 metros de ancho, es de aproximadamente 12 kilómetros, a partir del punto que los alpinistas solemos tomar como base del ascenso.
Así, pues, decididos, alegres y agradecidos con este cielo, al amanecer del 12 de octubre de 1956, la expedición, compuesta por una veintena de montañeros, comenzamos a marchar hacia la cumbre de esta “montaña humeante”, como también llamamos al Popo. Puedo asegurar, al contrario de lo que dicen los hermanos Castro, que el doctor Guevara, el Che, llegó a la cima y colocó una bandera que llevaba dentro de la mochila.
Ese fue mi único contacto directo con el Che y que reproduzco aquí tomado literal de mi diario, pero me dio mucho gusto haberlo tenido conmigo en ese momento de la ascensión exitosa. Ese será siempre un pasaje inolvidable en mi experiencia alpinista de toda la vida y, por supuesto, en cada día que desde entonces he vuelto a subir al Popo.
Creo que el doctor Guevara o el Che, como queramos recordarle, llevaba la montaña muy dentro de sí. Por eso, también, me hizo mucha ilusión el acto de recuerdo que sus compañeros bolivianos le hicieron ayer, el día 9 de octubre de 1968, al año de su muerte, y casi la misma fecha en que trece años atrás compartimos la ascensión al volcán Popocatépetl.
Doctor Léon Bessudo, en la ciudad de Puebla, 10 de octubre de 1968.

martes 19 de agosto de 2008

EL BIBLIOCAUSTO NAZI


75º ANIVERSARIO DE LA QUEMA DE LIBROS EN BERLÍN

Las fronteras literarias –dice Juan Goytisolo- no se corresponden con las geográficas. Y añade: “No creo en las literaturas nacionales ni en la concepción del escritor como un bien nacional, y esa es la peor desgracia que le puede ocurrir a uno”. Este artículo (también publicado en el periódico "Contramarcha" del sindicato Solidaridad Obrera) es un extracto muy breve y libre del minucioso y sobrecogedor libro “Historia universal de la destrucción de libros”, escrito por Fernando Báez.

El fuego destructor
Emplear el fuego para destruir posibilita reducir el espíritu de una obra a materia. Si se quema el papel, la racionalidad contenida se convierte en cenizas. Además, existe un detalle visual en esta forma de destrucción: el color negro de lo quemado, lo claro se torna oscuro. Y, sin embargo, como escribiera R. W. Emerson en 1841: “…cada libro quemado ilumina el mundo…”
Es un error frecuente atribuir las destrucciones de libros a hombres ignorantes, inconscientes de su odio. Cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión o justificación de mitos apocalípticos, religiosos, nacionales, raciales, etc. Se podría afirmar que el 60% de los libros que se han destruido a lo largo de la historia ha sido por causas voluntarias.
En la historia universal de la destrucción de libros, desde las tablillas sumerias (hace más de 50 siglos) hasta la Biblioteca Nacional de Bagdad (2003), son muy numerosos los actos de bibliocausto (librigidio, purgas, etc.). En España podríamos citar varios, muy dramáticos y violentos, durante los califatos árabes, en la Reconquista, en la conquista de América, el índice destructor del Santo Oficio, durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, etc.
Quemar libros, quemar hombres
El Holocausto fue el nombre que se dio a la aniquilación sistemática de millones de judíos por los nazis durante la II Guerra Mundial. Este genocidio fue precedido por el Bibliocausto, en el que millones de libros fueron destruidos también por el régimen nazi. En 1821, el poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) nos dejó esta profecía: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres.” Esta frase, colocada hoy sobre la Bebelplazt de Berlín, forma parte de los recuerdos a las hogueras de libros que inspiraron los hornos crematorios de seres humanos.
Los nazis en el poder
La barbarie comenzó el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue designado canciller alemán. Este antiguo cabo del ejército, pintor frustrado, gestor del fracasado golpe de Estado de 1923 (condenado a cinco años de cárcel, sólo pasó unos meses, pues se benefició de una amnistía general en 1924, y después reconstruyó el partido nazi), inmediatamente concibió una estrategia de intimidación contra los jueces, los sindicatos y el resto de los partidos políticos (recordemos que el 27 de febrero de 1933 los nazis organizaron el incendio del edificio del propio parlamento alemán en Berlín, el Reichstag, actualmente llamado Bundestag).
Cinco días después del nombramiento, el gobierno nazi promulgó la Ley para la Protección del Pueblo Alemán, por la que se restringía la libertad de prensa y se define la confiscación de cualquier material considerado peligroso. Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y destruidas sus bibliotecas. El día 28 de febrero, humeando el Reichstag, se reforma dicha ley para limitar más las libertades de reunión, prensa y opinión.
Hermann Göring, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels componían el principal grupo de fanáticos que sustentaban a Hitler. Goebbels, filólogo, lector apasionado de los clásicos griegos y admirador de Nietzsche, fue designado al frente del nuevo Ministerio del Reich para la Ilustración del Pueblo y para la Propaganda. El 7 de abril entró en vigor la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que le otorgaba un control absoluto sobre la educación. Al día siguiente, las organizaciones estudiantiles nazis recibieron un memorándum firmado por Goebbels, en el que se proponía la destrucción de aquellas obras consideradas peligrosas para el nuevo ideario alemán. De todas maneras, ya se habían quemado libros en la plaza de Schiller de Kaisersaluten (26 de marzo) y en Wuppertal, Barusenwerth y Rathausvorplazt el primer día de abril.
El bibliocausto nazi
El 5 de mayo empezó todo. Los estudiantes de la universidad de Colonia quemaron todos los libros de autores judíos que había en su biblioteca. Mientras tanto, Goebbels estaba organizando lo que pensaba denominar “un gran acto de desagravio a la cultura alemana”.
El 10 de mayo miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes se agolparon en la Biblioteca de la Universidad de Berlín (actualmente, Universidad Humboldt) y comenzaron a recoger todos los libros considerados prohibidos, que junto a los tomados en las vísperas de otros centros y algunas bibliotecas de judíos capturados, fueron amontonados en el centro de la Opernplazt (plaza de la Ópera, actualmente Bebelplazt).
Más de 25.000 libros rodeados por una multitud de estudiantes que cantaban un himno aterrador. La hoguera ya estaba encendida. Joseph Goebbels levantó la voz y después de saludar con un estruendoso “Heil!”, explicó los motivos de la quema: “…ustedes están haciendo lo correcto cuando ustedes, a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado. /// El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones…”
Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban a la hoguera los libros de H. Mann, E. Glaeser, E. Kaestner, F.W. Foerster, E. Ludwing, la escuela de Freud, E. M Remarque, T. Wolf, G. Bernhard, A. Kerr, B. Brech, E. Zola, E. Hemingway; R. Musil, Jack London, S. Zweig, H. G. Wells, G. Grosz, M. Brod, A. Döblin, S. Kracauer, U. Sinclair, B. Traven, F. Kafka, A. Einstein, Carl Ossietzky, K. Tucholsky,…
La operación, mantenida en secreto hasta ese instante, se reveló pronto en su verdadera dimensión, pues ese mismo día se quemaron libros y documentos en numerosas ciudades alemanas: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt, Göttingen, Greifswald, Hannover, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nüremberg, Rostock, Works y Würzburg. Esa noche Hitler estaba cenando con algunos amigos e hizo este extraño comentario sobre Goebbels: “Cree en lo que hace”.
Y Goebbels insistió en continuar con la quema de libros prohibidos. No hubo un rincón de Alemania donde los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras. Seguro de los efectos, pidió a los jóvenes que no se detuvieran. Como así también hicieron las huestes nazis cuando el ejército alemán ocupó Polonia, Checoslovaquia, Francia y otras naciones europeas. Sobre todo en Polonia, donde fueron destruidos unos 15 millones de libros, y en Checoslovaquia, más de 2 millones.
Goebbels se suicidó el 1 de mayo de 1945, después de acordar con su esposa para que envenenara a sus hijas. Su diario, de más de 75.000 páginas, es un alegato a favor de Hitler y de justificación del Holocausto y el Bibliocausto. Unas semanas más tarde, la 101ª División del ejército de EE.UU. halló, en una mina de sal cerca de Berchtesgaden (ciudad al sureste de Alemania), 3.000 de los más de 16.000 libros que componían la biblioteca personal de Hitler. Los que no fueron robados ni destruidos, casi 1.200, se encuentran en la Biblioteca del Congreso de EE.UU.

Fernando Báez (San Félix, Ciudad Guayana, Venezuela, 1947) es un bibliotecólogo, consultor de la Unesco, poeta, ensayista y novelista, reconocido mundialmente por sus trabajos sobre la destrucción de libros, y recientemente por su investigación sobre los destrozos que la invasión de Irak de 2003 han causado en las obras artísticas de ese país. Acaba de ser nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Venezuela. Otras de sus obras que destacamos aquí, son: Historia de la antigua biblioteca de Alejandría, La destrucción cultural de Iraq (por este libro el gobierno USA le ha declarado “persona non grata”) o la novela El traductor de Cambridge (2005).

miércoles 28 de mayo de 2008

POR QUÉ SUBIR MONTAÑAS (extracto de un texto de Eliseo Reclus, 1869)

Este texto del viajero, geógrafo, montañero y anarquista ELISEO RECLUS (1830-1905), escrito hace 140 años. ¿O fue ayer? Sí, es oportuna esa pregunta; más allá de algunos detalles propios de la redacción de la época. Yo respondo con un sí rotundo, esperanzado porque su optimismo y sensibilidad prendan en estos tiempos tan competitivos, de medalleros y recuento de medallitas… Quien al ascender una montaña rechace la solidaridad que esta nos anima y pide en cada paso, en cada aliento, se encontrará tan aislado y solo como en su ciudad o su lugar de trabajo.


¿No nos ofrecen las montañas en un espacio pequeño un resumen de todas las bellezas de la Tierra? Los climas y las zonas de vegetación se escalonan en sus pendientes: en ellas se puede abrazar en una sola mirada los cultivos, los bosques, las praderas, los hielos, las nieves, y cada tarde la luz agonizante del sol da a las cimas un aspecto maravilloso de transparencia…
En nuestros días ya no se adora a las montañas, pero al menos aquellos que las conocen las aman con un amor profundo. Escalar las altas cimas ha llegado a ser actualmente una verdadera pasión.
Los clubes alpinos, sociedades de montañeros, compuestas en parte por los sabios más enérgicos y más inteligentes de Europa occidental, se han impuesto la tarea de vencer paso a paso cada cima antes reputada como inaccesible, de traer desde ellas alguna piedra como signo de triunfo y de dejar allí un termómetro u otro instrumento científico, con el fin de facilitar las investigaciones de los escaladores audaces que llegarán después de ellos.
Las compilaciones que contienen los diarios de viaje de los miembros de las diversas sociedades son incontestablemente obras donde se encuentran las más apreciables reseñas sobre las rocas y los hielos de las altas montañas de Europa y los más bellos relatos de ascensiones. En el futuro, cuando los Alpes y las demás cordilleras accesibles del mundo sean perfectamente conocidas, las memorias de los clubes alpinos serán la Iliada de los que recorren las montañas.
¿De dónde procede esa alegría profunda que se experimenta al escalar las altas cimas?
En principio de una gran voluptuosidad física al respirar un aire fresco y vivo que no está viciado por las emanaciones impuras de los llanos. Allí uno se siente renovado al gustar esa atmósfera de vida; a medida que uno se eleva, el aire se vuelve más ligero; se aspira con más largos períodos para llenar los pulmones, el pecho se hincha, los músculos se estiran, la alegría entra en el alma.
El caminante que sube a una montaña se vuelve dueño de sí mismo y responsable de su propia vida: no está sometido a los caprichos de los elementos como el navegante aventurero sobre los mares; menos aún como el viajero transportado en ferrocarril, simple carga humana facturada, etiquetada, controlada y expedida a hora fija bajo la vigilancia de un empleado uniformado.
Al tocar el suelo, el caminante retoma el uso de sus miembros y de su libertad. Su ojo le sirve para evitar las piedras del sendero, para medir la profundidad de los precipicios, para descubrir los entrantes y salientes que facilitan la escalada de las paredes. La fuerza y la elasticidad de los músculos le permiten franquear abismos, sostenerse en pendientes abruptas, izarse escalón a escalón en un corredor.
En mil ocasiones durante la ascensión de una montaña escarpada comprende que correría un gran peligro si perdiera el equilibrio o si dejara repentinamente velar su mirada por el vértigo o si sus miembros se negaran a servirle.
Es precisamente esta consciencia del peligro, junto a la felicidad de saberse ágil y dispuesto, lo que duplica en el espíritu del montañero el sentimiento de seguridad.
¡Con qué alegría recuerda más tarde el menor accidente de la ascensión, las piedras que se soltaban de la ladera y caían al torrente con un ruido sordo, la raíz de la que se colgó para escalar un muro de roca, el hilo de agua de nieve en el que apagó la sed, la primera grieta del glaciar a la que se asomó y que se atrevió a franquear, la larga pendiente que ha ascendido tan penosamente hundiéndose hasta media pierna en la nieve, y al fin la cresta terminal desde donde ha visto desplegarse hasta las brumas del horizonte el inmenso panorama de montañas, valles y llanos!
Cuando vuelve a mirar desde lejos la cumbre conquistada al precio de tantos esfuerzos, descubre o adivina con verdadero arrebato el camino tomado antes, desde los valles de la base a las blancas nieves de la cima.
La montaña entonces parece mirarte. Te sonríe de lejos. Es para ti para quien hace brillar sus nieves y se ilumina con el último rayo de la tarde.
La experiencia de subir una montaña podemos disfrutarla cualquiera de nosotros. Sólo es necesario ponerse a andar, encaminarse hacia su cumbre mientras amanece. Midiéndola con los pies y siempre respetándola. Por supuesto, cuando la montaña responda que no nos deja subir.
En la escuela se tendría que enseñar a responder la pregunta “¿Por qué subir montañas?”, pues, como decía Eliseo: “La verdadera escuela debe ser la naturaleza libre, con sus hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas, pero también sus obstáculos para vencerlos.” ¡Salud!

LAS ÚLTIMAS CINCO MIL MILLAS DEL CAPITAN NEMO (microrrelato)


Señor director y estimados lectores del Petit Journal, les escribo en nombre de mi abuela y de mi madre, con el único fin de aclarar a todo el mundo las verdaderas circunstancias que motivaron el extraordinario viaje que mi tío, el capitán Nemo, inició el día de Navidad de 1865 y las dudas sobre su desaparición a principios de este año en las profundidades del mar de Noruega.
Una tarde, mientras paseaba por el parque Monceau de París, se le acercó una gitana que le auguró cómo iba a morir. Mi tío amaba el mar como si fuera un ser vivo y aquellas palabras le dejaron muy preocupado. Al regresar a casa nos contó lo sucedido y se encerró en su despacho durante el resto de la tarde. Cuando salió, de nuevo era el marino sereno que conocíamos y me pareció que sonreía al decirnos: “Queridas, voy a realizar un viaje bajo las aguas del océano, veinticinco mil millas navegando entre sus corrientes, y sobrevivir con todo lo que él me provea”.
A pesar de como el Sr. Verne ha titulado su biografía de mi tío, estamos convencidas de que siempre pretendió recorrer esas cinco mil millas más para afrontar su destino, adentrándose en el más profundo y temible conflicto de mareas, ese inmenso torbellino que engulle todos los barcos y al que los marinos del Norte llaman “Maelstrom”.
Por ello, a mí no me sorprendió el grito apasionado que el profesor Aronnax le oyó en el Nautilus: “¡Qué nos sepulte el océano!”.
Anne R. Nemo, en París, a 2 de diciembre de 1870

Los SENOS de JUNO (microrrelato)


Acabo de cumplir cuarenta y tres años, he vencido al león de Nemea, el animal al que ningún arma podía herir, a la Hidra de las nueve cabezas, al toro que Poseidón envió a aterrorizar la isla de Creta, al terrible Cerbero, el perro de los infiernos, y he cumplido otros ocho trabajos heroicos y brutales como penitencia por haber asesinado a mi esposa e hijos, y, sin embargo, cada atardecer la primera mirada que le echo a mi vida es para la tarde de aquel ya lejano día de marzo, cuando mi tío Mercurio me colocó en el regazo de Juno, que reposaba sobre un cirro. Me agarré con ansia a sus pechos para saciarme con su leche y ser inmortal, pero ella se despertó sobresaltada y se alejó de mí para siempre. Desde entonces, cada noche, tendido bajo el cielo de mi rencoroso padre Júpiter, evoco los bellos, cálidos y exuberantes senos de mi tía mientras intento contar las estrellas que vagan desparramadas por la Vía Láctea.

EL SILENCIADOR (microrrelato)



16.00 horas. Dejar a mi madre en el balancín, colocarle los auriculares nuevos y encender el televisor para que vea la telenovela mexicana, o colombiana, venezolana o… Me importa un bledo de dónde sea, todas son igual de estúpidas. Inspirar, espirar. Diez veces. Después estirarme, como si pretendiera tocar el techo con la coronilla. Inspirar, espirar, otras diez veces, ahora más despacio. Ponerme la cazadora azul y comprobar que mi colt, “el silenciador”, como he decidido llamarlo, se encuentra en el bolsillo derecho.
16.15 horas. Llamar a la puerta del piso de Mr. M. Apenas asome su cara descerrajarle dos balas en la frente. Seguro que caerá como un costal de patatas, pero su cabeza debe quedar junto al pedal de su carísimo piano Yamaha. Cerrar la puerta despacio, guardar el silenciador en la cazadora y dirigirme al 2º C. Mientras me salude con su mano minúscula y huesuda, le dispararé a quemarropa sobre el corazón. Ms. F., la aclamada danzarina, quedará tendida en el hall, boquiabierta y despatarrada.
16.25 horas. Regresar a casa a la espera de Mr. R., el vecino de enfrente, que llegará puntual, a las 17.00 horas. Me acercaré por detrás cuando esté abriendo la puerta. Una bala de 9 mm. entrará por su cuello, ascenderá en una trayectoria de veinticinco grados y abandonará su cabeza por el ojo izquierdo. Mr. R. no me verá pero sí me oirá decirle: “¡A cantarle a San Pedro!”
17.05 horas. De nuevo en casa. Voy a dormir la siesta por primera vez desde hace 338 días. Mi plan se ha cumplido minuto a minuto. Vecino a vecino.

HACIA RUTAS SALVAJES


“Quería movimiento, no una existencia sosegada. Quería emoción y peligro, así como la oportunidad de sacrificarme por amor. Me sentía henchido de tanta energía que no podía canalizarla a través de la vida tranquila que llevábamos.”
León Tolstoi, Felicidad familiar
“Todo había cambiado de repente: el tono, el clima moral. No sabías qué pensar, a quién escuchar. Era como si durante toda tu vida te hubieran llevado de la mano como a un niño pequeño y, de pronto, te encontraras solo y tuvieras que aprender a andar. Ya no quedaba nadie, ni la familia ni las personas cuya opinión merecía tu respeto. Sentías la necesidad de entregarte a una meta última con todas tus fuerzas, sin reservas, como no habías hecho nunca en los apacibles viejos tiempos, en la antigua vida que ahora estaba abolida y había desaparecido para siempre.”
Boris Pasternak, Doctor Zivago
“Sin embargo, hasta que ponemos a prueba lo incontrolable que llevamos dentro y dejamos que la prudencia establezca los límites, sabemos poco acerca de lo que nos impulsa a atravesar glaciares y torrentes y subir a peligrosas alturas.”
John Muir, The Mountains of California



En el verano de 1990, tras graduarse en la Universidad Emory de Atlanta (EE.UU.), Christopher Johnson McCandless, un joven de 22 años, desapareció... Cambió de nombre (Alex Supertramp), donó a una organización humanitaria los 24.000 dólares que guardaba en su cuenta corriente, dejó de tratarse con su familia... e intentó inventarse una nueva vida vagando por América del Norte. Trazó una ruta en su futuro, a la búsqueda de experiencias nuevas y transcendentes. Su familia no volvió a saber de él hasta que su cadáver fue encontrado en una zona inhóspita de Alaska en el verano del año 1992.


HACIA RUTAS SALVAJES (Into the wild) es el resultado de la investigación que realizó Jon Krakauer, ampliación del reportaje que escribió para la revista “Outside” en 1993, unos meses después de conocerse la muerte de Chris McCandless. Este artículo suscitó mucha polémica y el envío de centenares de cartas dirigidas a Krakauer. Este debate le animó a indagar más sobre la vida del joven McCandless, que concluyó en este apasionante y conmovedor libro, que ha servido de base a Sean Penn para dirigir una película, actualmente casi retirada de la cartelera cinematográfica española (la portada de esta edición del libro se corresponde con una escena de dicho film).
Jon Krakauer (1954, EE.UU.) es periodista, escritor y montañero experimentado (Alaska, Cerro Torre, Everest, etc.). En 1996 participó en una expedición al Everest, en la que murieron varios de sus miembros y se produjo una gran discusión en torno a la organización y las causas de los accidentes. Varios artículos suyo avivaron ese debate y fueron censurados por otros miembros de la expedición. Recomendamos la lectura de su libro “Mal de altura”.
En su libro “Hacia rutas salvajes” establece un vínculo intenso con el lector desde sus primeras líneas. Otro aliciente lo encontramos en las citas que encabezan cada capítulo. Muchas de ellas tomadas de las notas del propio Chris, de sus cartas o de las reflexiones que inició a raíz de la lectura de las obras de Tolstoi, Pasternak, London, Thoreau, entre otros. En esas citas hallaremos un nuevo impulso para leer esos libros o retornar a ellos. Las dos citas que encabezan este artículo son un ejemplo.
Jon Krakauer también se auto-observa, a él y sus experiencias alpinistas en solitario, cuando tenía la misma edad de McCandless. Los dos capítulos sobre el casquete glaciar de Stikine (Alaska) son tan apasionantes y conmovedores como el resto del libro.
Hay otro aspecto de este libro que queremos destacar. Nos referimos a su interés por mostrar la perspectiva de “los seres queridos”, de la pérdida y el dolor que estos sienten. Sirva de muestra el siguiente párrafo, en el epílogo, compuesto a partir de las reflexiones que Billie, la madre de Chris, le hace a Krakauer junto al autobús donde murió:
“Es reconfortante saber que Chris estuvo aquí –explica Billie-, saber que pasaba el tiempo junto a este río, que permaneció en este calvero. En todos los sitios que hemos visitado en los últimos tres años siempre nos preguntábamos si Chris habría estado allí. Era terrible no saber nada, nada en absoluto. (...///...) No pasa un solo día sin que recuerde el momento en que se fue. Es una herida que siempre está ahí...”
A propósito de la edición
Ediciones B, en su colección Zeta Bolsillo, ha reeditado este año el libro de Jon Krakauer. Lo puedes encontrar en la librería de un gran centro comercial (parece como si hubiera acaparado la edición española) al precio máximo de 10 euros.

sábado 8 de marzo de 2008

UNA CANCHA DE FÚTBOL EN LA SABANA (microrrelato)

En el Serengeti, durante las vísperas de la estación seca de 1888, los elefantes retaron al resto de los animales salvajes a un partido de fútbol. La idea fue de Pupah, un viejo elefante que había residido en Londres. Hartos de ser aplastados por esos gigantes de pies sordos, un grupo de metazoos pardos aceptaron su desafío. Enseguida los elefantes se adelantaron en el marcador. Desde la grada oeste los ñúes y las cebras relinchaban los nombres de los delanteros paquidermos. Enfrente, los gusanos, las libélulas, los escarabajos y otros insectos intentaban animar al portero y la zaga de su equipo. Tumbadas en una colina cercana, las hienas reían sin parar ante el escaparate de comida instalado en la llanura. Quedaban sólo quince minutos y los elefantes ganaban por veinte a cero, cuando por el equipo de los artrópodos salieron al campo un ciempiés y un milpiés. Y todo cambió. En cinco minutos el ciempiés marcó cuatro goles y dos el milpiés. Con el balón siempre pegado a sus botas, de cien o mil maneras diferentes driblaban a los contrarios, que caían enredados con sus propias trompas. Los elefantes recurrieron al juego sucio y violento, y dos de ellos fueron expulsados por zancadillearles las patas que no llevaban el balón. Cada ataque de los diminutos concluía en un gol sin opciones de contraataque para sus gigantescos rivales.
Los gusanos ganaron veintidós a veinte. Al terminar el partido, Pupah les preguntó: ¿Por qué nos sacasteis antes a ese par de portentos? ¡Se estaban atando las botas! -le contestó su entrenador, un orgulloso sipuncúlido. Pero el elefante no le oyó, aturdido por el griterío procedente de la grada de los bichos: ¡Qué par de piernas, qué par de piernas, qué par de piernas, qué par de…!

lunes 3 de marzo de 2008

¿QUÉ ES UN SINDICATO DE TRABAJADORES?


El sindicato es el instrumento básico de los trabajadores para mejorar y defender sus condiciones de vida y de trabajo. Para los obreros, la conciencia de clase es la comprensión de que, pese a unas diferencias individuales, profesionales, locales, nacionales, y pese a ciertas apariencias, tienen intereses comunes y, por tanto, aspiraciones comunes. Los sindicatos obreros tienen la obligación de ser, ante todo, organismos de acción, y sin centrarla a sus miembros o afiliados, ya que lo esencial de las organizaciones de trabajadores, a diferencia de otras, es su papel en la unión y la organización de los trabajadores como clase.
El movimiento sindical, en todos sus grados, debe administrar y decidir su acción con absoluta independencia respecto a los patronos, a los partidos políticos u otras agrupaciones exteriores. Las cuestiones políticas, en su más amplia significación, han tenido para el movimiento sindical desde sus orígenes una vital importancia.
SIN ESTADO Y SIN PATRÓN
El sindicalismo debe permanecer fuera de la palestra política y fijarse exclusivamente como meta la defensa de los intereses de todos los trabajadores como clase, así como la mejora de sus condiciones de vida. El sindicato no puede dejarse encerrar en el marco de la empresa, ya que no puede contentarse con una visión parcial de los problemas que se plantean al conjunto de los asalariados. Debe ejercer una doble presión sobre los patronos y sobre el poder político. La función del sindicalismo consiste en desarrollar la personalidad del ser humano suprimiendo todas las alienaciones, vengan de donde vengan.
LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA
La negociación colectiva tiene dos aspectos principales: es un método de fijación de precios del trabajo, y es un método de introducción de los derechos civiles en la industria, es decir, de exigir que la gestión esté regida por normas y no por decisiones arbitrarias. Los sindicatos obreros están enfrentados a la pérdida de empleo como resultado de la competencia de las empresas no sindicalizadas y de los nuevos productos de otros sectores. Las primas por la producción, el trabajo a destajo, etc. Son mecanismos por los cuales los trabajadores son «obligados» de forma automática a recortar sus propios tiempos de producción.
INTERNACIONALISMO OBRERO
La búsqueda del beneficio empresarial implica aumentar la explotación de su personal. Cuando los obreros de un país industrial desarrollado consiguen imponer mejores condiciones de trabajo, la respuesta de los industriales es frecuentemente la de construir fábricas en aquellos lugares en los que los trabajadores no han conseguido condiciones similares (deslocalización). Así seguirá produciéndose la explotación de los países pobres, mientras el sindicalismo y el movimiento obrero no consiga imponer medidas en el terreno internacional. Existe el convencimiento madurado en todo el movimiento sindical de que no puede permanecer ajeno a los problemas que afecten al mundo del trabajo. Porque la finalidad del trabajo no es producir riquezas para los hombres sino fabricar beneficio.
DÍA A DÍA, TODOS LOS DÍAS
Las reivindicaciones sindicales tienen que expresar la posición sindical frente a todos los problemas que se refieren a los trabajadores en y fuera de la empresa. A la organización sindical procede adoptar una actitud más pedagógica: desarrollar la calidad de la información de base, informar a los trabajadores de las luchas en curso, provocar que colectivamente los trabajadores debatan, formular proposiciones susceptibles de ser discutidas. Esta actitud es difícil pero responsable y hará converger las luchas hacia la transformación de la sociedad.
EL UNICO CAMINO, LA LUCHA ORGANIZADA
EL ANARCOSINDICALISMO
El anarcosindicalismo amasa en su seno todas y cada una de las medidas expuestas. Basando su acción en el compromiso y la participación de todos los trabajadores, combatiendo todas las injusticias y desigualdades del sistema y por lo tanto al propio capitalismo. Sus valores principales son la solidaridad, el apoyo mutuo, la acción directa y el federalismo.
Extracto de un artículo del periódico Contramarcha nº 21 del sindicato SOLIDARIDAD OBRERA. Te animo a conocer y consultar su web: http://www.solidaridadobrera.org/

PEÑA UBIÑA, crónica de una ascensión


Comienza el día
Suena el despertador. Son las 7,45 horas, estoy en San Emiliano (León) y hoy toca subir a Peña Ubiña. Lo primero que hay que hacer, como siempre, es mirar por la ventana y comprobar como «el hombre del tiempo» nunca acierta... Está lloviendo y el cielo completamente cubierto; aunque la niebla cubre los altos, lo que me deja ver está bastante nevado. Me arrepiento de haber dejado mis botas de plástico en Madrid. En fin, tendremos que esperar el desarrollo de la mañana, pues todo es cambiante. Hoy es el cumpleaños de Jose. Nunca le he visto tan motivado por hacer una subida. Me imagino que se junta todo, su cumpleaños, el primer fin de semana de Geographica, un buen grupo y Peña Ubiña. Un cóctel que le hace tener un optimismo desbordante y una fe que movería cualquier montaña.
Sigue lloviendo. El desayuno lo definiría como cálido, por el ambiente del grupo y por el contraste con el exterior. Hay quien comenta que “con la que cae a lo mejor hay alguna otra opción”, pero lo cierto es que a ninguno se le pasa por la cabeza otra cosa que no sea subir a la Peña.
Cae agua nieve. Cargamos el autobús con las mochilas y con nuestras expectativas en el aire. Cuatro o cinco muchachos, vestidos con ropa de montaña, nos miran un poco incrédulos. Tal vez se preguntan: ¿estos a dónde van?
La ascensión
Llegamos a Torrebarrio y hacemos nuestros preparativos. La niebla nos permite ver el espolón oeste de la Peña y el Collado del Ronzón, al que tenemos que ascender para coger la canal sur, que nos llevará a la cumbre. A partir de 1.400 metros todo está nevado. Atravesamos el pueblo hacia la parte alta, donde se encuentra la Iglesia, y empezamos a subir la loma por un pequeño sendero, evitando la pista embarrada. Las primeras ráfagas de viento nos alcanzan. Agua y viento... Dos compañeros de viaje desagradables. El agua cambiará a nieve cuando subamos la cota; el viento me temo que se quedará con nosotros e influirá en nuestra ascensión.
Nos paramos detrás de unas peñas, a los 1.550 metros, para reagrupar y coger el sendero marcado con hitos que lleva al collado. A partir de aquí la nieve empieza a ser más abundante. El grupo, visto desde atrás, parece una serpiente, zigzagueando con cada curva del sendero y, como telón de fondo, la piedra y la nieve de la Peña, mezclados entre sí.
Todos parecen ensimismados en sus pensamientos. Serán de toda índole, imagino: ¿Adónde vamos con el tiempo que hace?, «Estoy calado», ¿Vamos a subir a la Peña? Y hasta habrá quien se esté dejando llevar por el momento único que le toca vivir. Yo también tengo mis propios pensamientos: las condiciones no son buenas, pero todavía no ha llegado el momento de tomar la decisión de lo que hay que hacer, ese momento será cuando lleguemos a la canal y se tomará sobre la base del tiempo en ese preciso instante y a nuestras condiciones personales.
El agua nos ha abandonado. Ahora es la nieve la que nos golpea, ayudada por el viento. Hacemos una nueva parada al abrigo de una pequeña vaguada donde no sopla el viento. También es el punto idóneo para desencadenar una pequeña batalla de nieve, que a algunos, como siempre, nos vuelve a hacer como niños, para recrear esos momentos mágicos en los que sólo existe la alegría y la despreocupación de todo lo que nos rodea.
La canal sur
Avanzamos y nos situamos enfrente de la canal. Se la ve limpia y clara, cubierta de bastante nieve. Jose no nos da opción de elegir: se va directo a por ella, su optimismo y su fe valen para todos nosotros. Su elección creo que es la correcta, pues no nieva en exceso y en la canal no sopla el viento. Y hemos subido aquí precisamente para hacer esto y llegar hasta donde podamos.
Pero muchos compañeros no se esperaban estas condiciones y el material que llevan no es el más favorable para la ocasión. El agua, el viento y la nieve nos han metido la humedad en el cuerpo y se está haciendo notar. Tenemos la primera baja en el grupo. Un compañero no cree estar en condiciones de hacer la subida y se vuelve al pueblo, junto a una mujer que se había sumado a nuestra aventura, a quien incluso se brinda a llevarla a San Emiliano.
Me pregunto: con el día que hace, ¿cuál es la probabilidad de que una mujer sola fuera a hacer una excursión por los alrededores de Peña Ubiña y al final se agregara a nosotros? No tengo la respuesta, pero hace tiempo que sé que las casualidades no existen.
La subida por la canal es lenta y trabajosa, la nieve aquí ya es considerable. La niebla nos envuelve y empiezan a ponerse de manifiesto el estado y las fuerzas personales, como muestran los huecos que se abren entre el grupo. Al subir una montaña cada uno debe amoldarse a su propio ritmo para poder alcanzar su meta.
Llegamos a la arista
Estamos en la arista, la niebla no nos impide ver el principio de los cortados que caen a la vertiente Noroeste. Nuestra aventura empieza a cobrar interés. Alguien se acerca demasiado a los cortados y les prevengo a todos que se alejen de ellos.
En ese momento me viene a la cabeza un comentario anterior, algo así como «lo mortal me pone...». No creo que nadie haga nada para morir. En mi opinión, lo que creo que «le pone» es justamente lo contrario: «la vida», estar allí ante lo conocido o lo desconocido, pero siempre dando la medida de nosotros mismos, en ese momento que hemos creado. Definiéndonos ante las situaciones buenas o malas, para bien o para mal.
¿Continuar la ascensión?
Nos hallamos ante la segunda decisión del día. Las condiciones en la arista son muy distintas a las de la canal. El viento nos vuelve a recordar que era nuestro compañero de viaje en esta ascensión. El frío, al haber ganado altura, se ha hecho más patente. Seguramente, hay compañeros que piensa haber dado ya la medida de sí mismos en las actuales circunstancias. Es el momento para averiguar quien quería seguir y quien daba por finalizada parte de la aventura. El resultado me sorprende: nueve personas deciden regresar y veintiuna continuar. Veintiuna... Muchas personas para una larga arista en condiciones desfavorables, pero la decisión está tomada.
Jose se dispone a alcanzar el motivo de nuestro viaje y yo vuelvo sobre nuestras huellas, algunas ya borradas por el viento y la nieve. Inicio la bajada con la intención de abrir una nueva huella haciendo diagonales, pues la huella abierta de subida es muy vertical, está muy pisada y alguno puede resbalar. Mientras, con cada pisada, pienso en Jose, sé que tengo que volver a subir con él. Una vez bajemos la canal, el camino al pueblo es fácil y Alejandro lo conoce. En el pueblo yo no haría nada y Jose puede estar en una arista, ¡Dios sabe en qué condiciones, con veintiuna personas! Estoy seguro de que no le vendría nada mal mi ayuda. Porque por encima de todo somos un grupo y nos une un lazo invisible, tanto al más débil como al más fuerte, al más hábil como al más torpe y lo que le ocurre a uno repercute sobre los demás. Sigue habiendo veintiuna personas arriba y el lazo no se puede romper. Además, no me engaño, si ellos hacen la Peña, yo también quiero hacerla.
Mantener el lazo
Dejo a mis nueve compañeros de bajada al principio de la canal y retomo de subida la huella ya conocida. Vuelvo a estar en la arista, pero no oigo nada. Asciendo un poco y grito llamando a Jose. Una voz me contesta a lo lejos. Sigo subiendo, vuelvo a llamar y nuevamente una voz, esta vez la oigo más nítida: es Jose. Veo al grupo en un paso, les pregunto si han hecho cumbre. La respuesta es negativa. Se acercan hasta mí, puedo ver sus pelos blancos, sus prendas heladas y pienso que estos chicos han pasado bastante frío. Ellos se alegran de verme: soy su pasaporte de bajada. Conduzco a varios por la arista hasta el comienzo de la canal, les indico que vayan bajando y vuelvo para hablar con Jose, que sigue ayudando a cuatro o cinco personas en el paso complicado.
Él se hace cargo de esos cinco y yo bajo con los demás por la canal. Les pido que me cuenten qué ha pasado en la arista. Han estado parados mucho tiempo en los pasos, esperando la lenta progresión del grupo. Llegado el momento, Jose se acercó a ver cómo estaba el tramo final. Lo encontró muy complicado y decidió volver. Una decisión que más de uno recibió con alegría, puesto que el frío ya era insoportable.
Poco a poco volvemos a estar al principio de la canal e iniciamos la bajada al pueblo. Imagino que pensando únicamente en ponernos ropa seca y tomar algo caliente. Estoy en el sendero que conduce a la Iglesia, vuelvo mi mirada a la Peña buscando a Jose en su bajada. A lo lejos veo unos puntos moviéndose sobre la nieve. Continúo mi marcha.
El bar es asaltado por los miembros del grupo. Comen, se calientan y secan sus prendas en los radiadores. Todos comentan, todos hablan de la experiencia. El ambiente vuelve a ser cálido. Pasado un rato, salgo del bar, pues Jose tiene que estar a punto de llegar. Doblo una esquina y al fondo de la calle camina Jose con el resto del grupo. Él lleva un extremo del lazo y yo tengo el otro. Mientras se acerca, pienso qué expertos montañeros hubieran llegado hasta donde nosotros y habrían hecho cumbre. También estoy seguro que algunos montañeros expertos no habrían llegado hasta donde nosotros y otros ni siquiera lo hubieran intentado.
Me pregunto por qué el grupo nos había seguido hasta el punto donde había llegado cada uno. Tal vez no fuera el hecho de querer conquistar una montaña, sino conquistar nuestro propio espíritu, nuestra propia mejora personal para poder forjar un destino mejor. No hemos hecho historia, pero sí hemos escrito un par de líneas en nuestra propia historia, la de nuestra vida. Una historia compartida con buena gente, con amigos, que al final de cuentas es lo único que realmente importa. Jose está a mi lado, el lazo está cerrado.
Jesús Sobrino Sojo, XI-2003 (artículo cedido para su publicación)
Club Deportivo GEOGRAPHICA, auténtica escuela de geógrafos-viajeros, en la que aprendes a conocer el mundo midiéndolo con los pies. www.geographica.es

PASEAR (según H. D. Thoreau)


(Breve extracto libre del libro de Henry David Thoreau)
Quisiera hablar a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo agreste, en contraposición a la libertad y la cultura meramente civiles, considerar al ser humano como un habitante, o una parte de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Quisiera hacer una declaración extremista, porque ya hay suficientes defensores de la civilización.
En el transcurso de mi vida he conocido sólo a una o dos personas que comprendieran el arte de Caminar, o sea, de dar paseos, que tuvieran, por así decirlo, el don de “sauntering”, palabra que deriva de “los holgazanes que vagabundeaban por el país en la Edad Media y pedían limosna con el pretexto de dirigirse à la Sainte-Terre (a Tierra Santa)”. Algunos, sin embargo, creen que la palabra deriva de los “sans terre”, o sea, sin tierra ni hogar, lo que significaría sin hogar fijo pero “como en casa” en todas partes. Puesto que este es el secreto de un buen paseo, puede que quien se queda sentado en una casa todo el tiempo sea el vagabundo más grande que exista; pero el paseante, en el buen sentido, no es más vagabundo que el río serpeante que busca con afán el camino más corto al mar. Yo prefiero la segunda etimología, que quizá también sea la más probable.
Es verdad, no somos más que timoratos cruzados; hoy en día ni los caminantes acometemos empresas tenaces e interminables. Nuestras expediciones son sólo vueltas, y regresamos al anochecer al viejo calor de la lumbre del que hemos partido. La mitad de la caminata consiste en volver sobre nuestros pasos. Tal vez deberíamos lanzarnos al más corto de los paseos con espíritu de imperecedera aventura, con idea de no regresar jamás.
Si estás preparado para dejar a tu padre y madre, hermano y hermana, mujer, hijos y amigos, y no volver a verlos... Si has pagado tus deudas, hecho tu testamento y dejado tus cosas en orden... Si eres un hombre libre, entonces estás listo para echar a andar.
No hay dinero que pueda comprar el imperativo tiempo libre. Hay que nacer en la familia de los Caminantes. Es cierto que algunos de mis conciudadanos recuerdan y me han descrito alguno de sus paseos que hicieron hace diez años, en los que tuvieron la suerte de perderse en el bosque durante media hora; pero sé muy bien que desde entonces se han limitado al camino público. Sin duda, se sintieron elevados durante un instante como por la reminiscencia de una forma anterior de existencia, en la que incluso eran habitantes de los bosques y proscritos.
Si no pasara al menos cuatro horas al día –y por lo general suelen ser más- errando por los bosques, las montañas y los campos, absolutamente libre de todo compromiso mundano, creo que no podría conservar la salud ni el ánimo. A veces, cuando me acuerdo de tantos mecánicos y comerciantes que están en sus tiendas no sólo toda la mañana sino también toda la tarde, sentados con las piernas cruzadas, como si éstas estuvieran hechas para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que tiene mérito que no se hayan suicidado hace mucho tiempo.
Sin duda, el temperamento y sobre todo la edad tienen mucho que ver. A medida que el hombre se hace mayor, aumenta su capacidad para estar quieto y dedicarse a actividades bajo techo. Al acercarse al crepúsculo de su vida, sus hábitos se hacen cada vez más vespertinos, hasta que al fin sólo sale poco antes de la puesta del sol para andar media hora, que es todo lo que necesita.
Pero la caminata de la que yo hablo no tiene nada que ver con hacer ejercicio, como suele decirse, sino que es la empresa y la aventura del día en sí. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de los manantiales de la vida. Pensad en un hombre que levanta mancuernas para mantenerse sano, mientras en las lejanas praderas surgen a borbotones los manantiales sin que él vaya a buscarlos. Es más, hay que caminar como un camello, que según dicen, es el único animal que rumia mientras camina. Una vez, un viajero le pidió a la criada de Wordsworth (Willian Wordsworth, poeta romántico inglés, 1770-1850) que le enseñara el estudio de su amo, y ésta le respondió: “Aquí está su biblioteca, pero su estudio es al aire libre”. Cuando andamos, nos dirigimos con naturalidad hacia los campos y los bosques. ¿Qué sería de nosotros si camináramos sólo por un jardín o una alameda? Naturalmente que es inútil dirigir nuestros pasos hacia el bosque si no nos llevan allí. Cuando veo que he caminado mecánicamente mil quinientos metros por un bosque, sin estar allí en espíritu, me alarmo.
Durante el paseo de la tarde quisiera olvidar todas las ocupaciones matinales y las obligaciones para con la sociedad. Pero a veces no me resulta fácil quitarme de encima la aldea. Durante mis paseos, me gustaría volver a mis sentidos. ¿Para qué estoy en el bosque, si no pienso en cosas que no tiene nada que ver con él? Hoy en día, casi todo el llamado progreso humano, como la construcción de casas y la tala de bosques y de todos los grandes árboles, sencillamente deforma el paisaje y lo hace cada vez más dócil y ordinario. ¡Un pueblo que se precie comenzaría por quemar sus cercas y respetar el bosque! He visto cercas semiconsumidas por el fuego, los límites de la propiedad perdidos en medio de la pradera, y a algún avaro de este mundo con un agrimensor buscando el linde.
Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, la industria y la agricultura, y hasta la política –lo más alarmante de todo- ocupan tan poco espacio en el paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y aún más estrecho ese camino distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa polvo en los ojos y os llevará directamente.
La villa es el lugar al que llevan los caminos, una especie de expansión de la carretera, como el lago de un río. La palabra “villa”, junto con “ví”, o las más antiguas “ved” y “vella”, derivan de “veho”, transportar, porque la villa es el lugar al que se llevan y del que salen las cosas. Se decía que los que se ganaban la vida transportando se dedicaban a “vellaturam facere”. De donde también procede la palabra latina “vilis”, y otras, como “vil” y “villano”. Lo que indica la suerte de degeneración a la que son proclives los habitantes de las villas. Están agotados de viajar, aunque ellos mismos no viajen, por el ajetreo de los que pasan sin cesar por allí.
¿Por qué a veces es tan difícil decidir adónde ir? Creo que hay un sutil magnetismo en la naturaleza que, si cedemos a él inconscientemente, nos lleva a donde corresponde.

CARTA A LA MUERTE DE MI PADRE

CARTA a la MUERTE DE MI PADRE
Sacha Kropotkin, Londres, 27 abril de 1921


El día 8 de febrero de 1921, PEDRO KROPOTKIN murió en Dimitrov. Kropotkin seguramente fuera más un teórico que un luchador de calle, pero sin duda acometió con acierto el objetivo de dotar al anarquismo de una base teórica y una herramienta de análisis de la realidad social.

“Nací, con ciertas dificultades, el 15 de agosto de 1887. Mi padre decidió que me llamara Alejandra, Sacha, en recuerdo de su hermano, que había muerto trágicamente, lo cierto es que se suicidó, el día 6 de agosto del año anterior. Sé que mi nacimiento le causó mucha alegría y eliminó la melancolía en que le había sumido la muerte de su hermano. Estaba encantado conmigo, y llegó a decir que había oído vibrar nuevas fibras en su corazón. Siempre se comportó como un padre entusiasta e indulgente.
Mis padres se conocieron en Ginebra durante el verano de 1878. Este acontecimiento personal lo omitió mi padre en sus Memorias. Mi madre, Sofía Ananiev, entonces era muy joven, 14 años menor que él, y había llegado a Suiza entre un grupo de emigrantes rusos.
Mi padre se sintió inmediatamente atraído por ella. Así le escribió a su amigo Paul Robin: “Conocí en Ginebra a una joven rusa, tranquila, amable, muy dulce, con una de esas maravillosas personalidades que, tras una juventud austera, se perfeccionan aún más en la edad adulta.”
Sofía, mi madre, en realidad es ucraniana. Nació en Kiev en 1856. Es de ascendencia judía, si bien sus rasgos muestran un considerable porcentaje de sangre eslava. Su familia era rica. Ella tenía cinco años cuando se trasladaron a Tomsk, una ciudad siberiana, a 500 Km de la frontera con Mongolia, donde su padre pasó a explotar una mina de oro. A la edad de 17 años se rebeló contra la dura condición a que estaban sometidos los mineros. Se negó a vivir del dinero familiar, ganado con el trabajo de aquellos, y abandonó su casa para ganarse la vida por sí misma. Tras unos años de trabajo duro y privaciones, le falló la salud, y sus amigos la enviaron a Suiza. Poco después conocería a mi padre y se casarían.
Esta experiencia común en Siberia debió aumentar su intimidad como pareja. Se casaron el 8 de octubre de 1878. Durante varios meses y años vivieron lo que mi padre llamaba “una vida gitana”, debido a que su trabajo le retenía en Ginebra, mientras mi madre cursaba estudios de biología en Berna, pues la universidad ginebrina no aceptaba a quienes carecieran del título de bachiller.
A pesar de su carácter reservado, era evidente que mi padre estaba muy enamorado de mi madre. No pocas veces me dio la impresión de que la evolución sexual de mi padre fue lenta, y que a pesar de tener 36 años cuando se conocieron, aún era algo “inocente” en ese aspecto. Si bien, apenas me contó sobre sus relaciones hasta su matrimonio. Un dudoso incidente que le atribuyen con una mujer llamada Anna Kulichov. Y en el diario que escribió cuando tenía 51 años, se refiere a Lidia, una muchacha que pareció sentir alguna simpatía por él, que ya tenía 30 años. Debió causarle una honda impresión, pues cinco meses después, en el mes de diciembre, la recordaba así: “Lidia tiene una encantadora y alegre voz. Me emociono al recordar su sonrisa y cuando fruncía deliciosamente sus cejas. Pero soy consciente del rechazo que le inspiro. En general, yo diría que no estoy hecho para las mujeres, ni ellas para mí...”
Lidia se desvaneció de su memoria y sólo mi madre, seis años más tarde, llegó a ocupar ese lugar en sus sentimientos.
Sofía, mi madre, es atractiva, con un rostro inteligente y melancólico. De frente amplia, ojos grandes y poco rasgados. Sus pómulos son altos y tiene los labios grandes. Aunque su capacidad intelectual es menor que la de mi padre, a quien tanto admiró, admira, es aguda y tiene una gran fuerza de voluntad. Algunos que les han conocido, estiman que mi madre mostraba cierto “orgullo de rango” por haberse casado con “el príncipe”. Me resisto a polemizar sobre esas acusaciones de pretenciosa, y quiero recordarles que sin su constante lealtad, amor y cuidados, mi padre no habría vivido tanto como vivió ni habría completado una labor tan importante.
Mi padre, Pedro Alejandro Kropotkin, había nacido en un viejo barrio aristocrático de Moscú, hijo de la capa más alta de la aristocracia rusa. Para describirle físicamente quiero copiar estas palabras de su amigo, el científico James Mayor, tal y como le vio en Londres el día 27 de noviembre de 1886, en el ecuador de su vida, mientras pronunciaba su célebre conferencia: “El socialismo, su creciente fuerza y su objetivo final”. Era bajo, no mediría más allá de cinco pies y medio, de constitución frágil, con pies insólitamente pequeños, ancho de hombros y estrecho de cintura. Tenía el cuello corto y una gran cabeza, con una gran barba de color castaño, que pocas veces se peinaba y que nunca perdía su aire de distinción. La parte superior de su cabeza estaba desprovista de pelo, pero por los lados y por la parte de atrás había una copiosa mata de pelo castaño oscuro. Sus ojos chispeaban inteligentemente, y cuando se iluminaban parecían incandescentes. En sus maneras había cierto aire cortesano, pero con sus amigos, su afectuosa solicitud nacía de un corazón sincero y cordial.


SI TE INTERESA EL TEXTO COMPLETO: PÍDEMELO. ¡Gracias!
(También lo puedes leer en la web del sindicato Solidaridad Obrera: http://www.solidaridadobrera.org/, sección publicaciones/Contramarcha)


Bibliografía utilizada:
G. Woodcock e I. Avakumovic, EL PRÍNCIPE ANARQUISTA. F. Mintz, LA MORAL ANARQUISTA. E. Reclus, CORRESPONDENCIA. De ellos hemos tomado los pedazos que componen esta carta que nunca se escribió, y que presentamos como nuestro sentido recuerdo del “príncipe anarquista”.

domingo 2 de marzo de 2008

SEXUALIDAD EN EL CONFESIONARIO

Breve extracto libre del texto homónimo de Stephen Haliczer, editado por Siglo XXI y que os recomiendo. Hallizer es un profesor de Historia (Universidad de Illinois Norte, EE.UU.), conocido especialista en historia de la España Moderna, como se puede comprobar en otros dos ensayos: Los Comuneros de Castilla e Inquisición y Sociedad en el Reino de Valencia. Este ensayo contribuye a situar en su contexto histórico las dificultades que la Iglesia Católica tiene aún hoy (incluso más que nunca) con el celibato y los abusos sexuales de sus ministros. El autor se basa en la investigación de los propios archivos de la Iglesia (sobre todo, de la Inquisición) y de las obras de teólogos y moralistas. Por ello, Sexualidad en el Confesionario también es una aportación fundamental a la historia de la religión (como ideología de la represión de cuerpos y almas), de la sexualidad (como "incontenible" por cualquier voto) y de la mujer (como víctima de la violencia sexual).
En el Concilio de 1215 se estableció que los católicos "debían confesar sus pecados anualmente ante un sacerdote legalmente cualificado". Pero muy pocos lo hacían. ¿Por qué? Destacan dos razones. Una de ellas era la ignorancia de este precepto, como de otros principios de la Fe de esta secta cristiana, como quedó brutalmente constatado en los tribunales de la Inquisición.
Pero la razón más importante para no confesarse es la desconfianza en los confesores, especialmente en asuntos sexuales. Los "feligreses" eran (son) conscientes de que "muchos de los sacerdotes, si no la mayoría, vivían en pecado, violando cotidianamente la regla del celibato". Como siempre, la literatura, las canciones y el refranero reproducen popularmente esta transgresión del voto sacerdotal.
Durante el Concilio de Trento (1545-1563) se diseñó "la maquinaria represiva que la jerarquía eclesiástica estaba deseando poner en funcionamiento". El sacramento de la confesión (auricular) fue rigurosamente establecido, hasta lograr gran popularidad, especialmente entre las mujeres.
Para reforzar la figura del sacerdote confesor como "cura de almas" el Santo Oficio se propuso examinar concienzudamente su moral, sobre todo en lo que se refiere al pecado de la solicitación sexual en el confesionario. Este "espacio privado", gracias a la confesión, el silencio, el secreto y el contacto corporal del "consuelo" y la escucha "auricular", permitía al cura sobrellevar su celibato con la seducción del/de la penitente. Estos guías espirituales encontraban más libertad en los monasterios y en los conventos (único hombre de confianza para todas las monjas y novicias).
El pecado de la solicitación sexual es el más extendido en el Clero, a pesar de los juicios y castigos. La edición de Manuales de Confesores y Penitentes incluso contribuyó a incrementarlo, ya que las detalladas descripciones de los "pecados" aumentaban la ansiedad y desasosiego de los curas: la imaginación era una fuerza descontrolada y descontrolable para cualquier castigo.

ASAMBLEA versus REFERÉNDUM

A todos, más de una vez nos han dicho y nos volverán a decir, que el referéndum es la mejor forma de expresión de la voluntad: “Se vota con las manos (votos) y no con los pies o la boca (la voz)”. ¿Se trata de un consejo, u orden, para ser “civilizados”? No. Con ello se pretende que nadie se mueva, que nadie hable, que nadie haga algo por sí mismo distinto a votar en una urna. Quedarse inmóviles y mudos para que otros negocien y sean los únicos con voz. Una persona, un voto, pero sólo el voto. Para dominar, el dictador (el directivo, el ejecupijo sindical, etc.) solo tiene que negar la palabra o montarse un referéndum a su medida.
En la ASAMBLEA:
Se da la cara. Muchas veces, la gran censura a los sindicatos traidores y esquiroles es, precisamente, no dar la cara. Claro que si tuvieran dignidad para hacerlo no serían traidores ni esquilores. Hay sindicatos que si acuden a la Asamblea es para callar, no tomar posición, por más que los trabajadores se la requieran. Otros piden la palabra para retar chulescamente a los trabajadores.
Se adquieren compromisos ante todos: fuerza el compromiso, tambalea el doble lenguaje. La palabra, en una asamblea, “no es para que se la lleve el viento”. Por ello, algunos acuden a la asamblea por compromiso, pero llegado el momento de asumir compromisos, desaparecen y reniegan de la asamblea general. Se aumenta la confianza, fortalece. Frena el egoísmo individual que tiende a desmovilizar y romper solidaridades.
Se aprende a tomar decisiones junto a otros compañeros y así, también, conocer los efectos de las decisiones “individuales”, que nunca están aisladas de los demás: nadie es una isla y esta es una gran trampa que esconde el referéndum.
Y cuando se vota en un referéndum: ¿qué se vota? ¿qué alternativas se permiten? Si no hay alternativa, no hay democracia. En el contexto laboral, el referéndum se impone tras una medida dictatorial de la empresa, consentida por esquiroles y los sindicatos empresariales, que rápidamente se encargaban de definir a posteriori la “pregunta democrática”. El referéndum fomenta el individualismo y rompe la solidaridad.
La Asamblea delega. Es cierto, pero no se delegan personas ni derechos, sino que se trata de una delegación de decisiones (incluso desconvocar una huelga, para controlar a algún despabilado), de posiciones, de puntos de vista adoptados por la asamblea. Es una delegación imperativa. Y este acto fundamental no lo entienden quienes avalan el referéndum frente a la asamblea y, además, niegan a esta. Una asamblea tiene capacidad para revocar decisiones y representantes, otra característica esencial y que también la aleja de la democracia representativa que nos han impuesto.

EL MAR DE LOS MARTES POR LA TARDE (microrrelato)

Ayer detuvimos al general Aldoux y pronto será juzgado por el intento de genocidio de nuestro pueblo. Ayudado por un grupo de psicólogos, biólogos y químicos a los que solía llamar “los caballeros de mi mesa redonda”, el General había escudriñado en nosotros para convertirnos en una sociedad segura y corajuda.
Ha triunfado la Revolución y hoy comenzamos a construir el nuevo mundo que él nos había negado. En asamblea hemos trazado el sendero que seguiremos para recuperar nuestra libertad. Siete comisiones se encargarán de gestionar los siete miedos capitales: “El miedo a la noche y a la oscuridad”, “El miedo a que me caiga el cielo sobre la cabeza y se abra la tierra bajo mis pies”, “El miedo a las serpientes y las arañas marinas y de tierra”, “El miedo a las mujeres”, “El miedo a que me roben el coche” y “El miedo a engordar y que se me caiga el pelo”. A mí, por haber nacido en una isla, me consideran el más capacitado para ser el delegado de la “Comisión del miedo a morir ahogado en el mar”.
- Bien, por hoy ya hemos terminado. Le espero el próximo martes a las siete y media de la tarde.
- ¡Gracias! ¡Hasta la semana que viene!
¿Por qué le habré dado las gracias? Después de veinticinco sesiones y dos mil quinientos euros gastados todavía no sé de qué me sirve acudir a la consulta de este psicoanalista judío argentino y leer cada semana un microrrelato de su libro “Los miedos de la mayoría”. O tal vez sí. La sonrisa de su secretaria me habla de un mar donde no temería ahogarme.

miércoles 27 de febrero de 2008

MI PACTO CON NOÉ (microrrelato)


Debí percatarme de que tramaban algo cuando Noé y sus hijos me pidieron permiso para construir una embarcación con la que salir a pescar en alta mar. Era la primera vez que alguien de esa aldea de desharrapados hablaba conmigo, y con cierto desdén les dije que podían cortar algunos cipreses. Hombres y mujeres trabajaron de sol a sol y en siete días terminaron una enorme barca.
La noche anterior a su marcha, me engañaron por segunda vez. Hicieron una fiesta como una ofrenda hacía mí. Me sentí orgulloso y agradecido, alejé las nubes tormentosas de la temporada. Mientras me adulaban, sus hijos arrearon el ganado hasta la barcaza, apenas una veintena de cabras, media docena de vacas lecheras, cuatro asnos, tres parejas de conejos, cinco gallinas y un gallo, además de varios gatos y perros pastores. Antes del amanecer se hicieron a la mar suave que yo mismo les había preparado.
Ciego de ira, durante cuarenta días y cuarenta noches descargué una tormenta sobre todos los mares. Allá donde se encontraran, quería hundir su embarcación y que se ahogaran. Sin embargo, con mi rabia inundé todas las tierras y aniquilé a todos los seres que en ellas vivían. Excepto a Noé y el resto de los fugados, que sobrevivieron dentro de su arca de madera de gofer, encallada en la ladera noreste del monte Ararat. Acordamos que yo debía reconstruir la Tierra y dejarles intentar edificar un mundo nuevo que dicen llevar en sus corazones. En mi testamento podría escribir lo que quisiera. Como sello de nuestro pacto pretendían que colgara una estrella negra entre el Sol y la Luna. Me negué y conciliamos que cada vez que lloviera pintaría entre las nubes un arco iris.

martes 19 de febrero de 2008

NUNCA CAMINAMOS SOLOS (microrrelato)

“Cuando ya los pies no quieren llevarle a uno –se dice entre los montañeros- se anda con la cabeza”

Sabes muy bien lo que te espera, así que camina erguido, desplazando los pies como si pretendieras acariciar el suelo y ¡sonríe! Esto me lo dijiste hace tres horas para animarme, cuando salí de la tienda de campaña para atarme bien las botas. Ahora, mientras descanso en este collado al pie del glaciar, a casi ochocientos metros del campamento II, frente a la última puerta de esta montaña me adviertes que no debo creer haber llegado a la cima aunque ya la vea y que... ¡Calla!, lo sé. Bien, bien, tranquilízate, no vamos a discutir aquí. ¡Por supuesto que no! -te contesto. Bebo otro trago de agua y como un puñado de almendras. A continuación, doy un pisotón fuerte sobre la nieve para comprobar su estado y la atadura de mis crampones, me ajusto la mochila, froto el piolet para derretir la escarcha que le ha cubierto y lo agarro con fuerza por la cabeza. Vamos, hay que reanudar la marcha y no conviene distanciarse más de ese grupo de alemanes que, como una hilera de decididas luciérnagas, acaba de pasar. Pero, no, no puedo seguirles y te pido que me ayudes a subir. Primero me retas con cien pasos, y yo pierdo la cuenta y tengo que dar otros diez. Después me desafías con cincuenta. Aunque me cuesta mantener el tipo ante tus provocaciones, conseguimos trazar un sendero de zetas de veinticinco pasos de lado y casi sin darme cuenta he llegado a la cumbre. Sonrío y una decena de lágrimas, más poderosas que el sol que se adueña de la montaña, derriten la nieve prendida de nuestras pestañas.

viernes 18 de enero de 2008

EL PRESIDIO y EL TEMPLO conversan...


La plebe me odia –dice el presidio bostezando-; pero merezco la consideración y el respeto que me otorgan las personas distinguidas, de cuyos intereses soy escudo...
Hay una pausa. A través de las rejas se escuchan chirridos de cadenas, rumores de quejas, chasquidos de látigo, broncas voces de mando en medio de un jadeo de bestias acosadas, todos los ruidos horribles que forman la horrible música del presidio.
Grande es tu misión, amigo presidio –dice el templo-, e inclino reverente mis torres ante ti. Yo también me siento satisfecho de ser el escudo de las personas distinguidas, porque si tú encadenas el cuerpo del criminal, yo quiebro voluntades... Y si tú levantas un muro de piedra entre la mano del pobre y los tesoros del rico, yo invento las llamas del infierno para ponerlas entre la codicia del miserable y el oro burgués.
Hay una pausa. Por las ventanas y por las puertas, entre los aromas de incienso y las transpiraciones fétidas del ganado aglomerado, salen al espacio azul rumores de sollozos, de súplicas, formados por todas las debilidades, por todas las renuncias, la abyecta música de los sumisos y de los vencidos.
Mientras me mantengo en pie, el señor duerme tranquilo –dice el presidio.
-Mientras haya rodillas que toquen mis baldosas, se mantendrán en pie el poderío del señor –dice el templo.
Hay una pausa. El presidio y el templo parecen meditar, satisfecho, el primero, de encadenar los cuerpos; contento, el segundo, de encadenar las conciencias; orgullosos, ambos, de sus méritos.
¡Esperad, edificios sombríos, cuevas del dolor, que en el gran calendario del sufrimiento humano ... el ganado se endereza para convertirse en hombres, y pronto el sol dejará de tostar los lomos del rebaño para iluminar las frentes de los hombres libres... ¡Esperad! Permaneceréis en pie el tiempo que dure yo en este rincón.


COBRANDO MÉRITOS
Ricardo Flores Magón
(1873-1922)

A PROPÓSITO DE LA PATRIA


¿La PATRIA...? Hace falta hoy una lectura anarquista de la cuestión tan manoseada, con la que no para de enfrentarse a los pueblos, manipulando sus conciencias e intereses de clase. Hagámoslo con las palabras, ya centenarias, de Anselmo Lorenzo (1841-1914).

... Respecto de la península que habitamos se constata que es una idea muy elástica: según las vicisitudes históricas, se estira o se encoge, al compás de las peripecias que ocurren a sus dominadores. En ocasiones, la «patria» era tan pequeña que cabía en una cueva de las montañas de Asturias, necesitando la historia, para explicar el hecho, inventar «el milagro de Covadonga»; en cambio, ha habido otras en que el sol no se ponía en los dominios de un hombre llamado Felipe II, y entonces fue necesario glorificar las usurpaciones capitaneadas, entre otros, por Pizarro y Hernán Cortés.
... Según en que épocas, todos los que hoy se llaman españoles eran mutuamente compatriotas o extranjeros, porque aquí las patrias han cambiado de un modo asombroso. De tal manera que si en un mapa de España hubieran de trazarse todas las fronteras que han existido, parecería un pliego de patrón de modas en que para aprovechar el papel se trazan todas las piezas de un vestido complicado, formando tal enredo de líneas que apenas entendería una modista.
... Respecto de la religión, aquí se ha adorado todo, siendo paganos, mahometanos, cristianos, católicos...
Comprendamos y aprendamos: entre todos hemos de dejar rezagados a esos políticos de cualquier lugar del mundo, empeñados en echar vino nuevo en odres viejos, pues no queda más recurso que derribar las cuatro paredes que sirven de frontera a las naciones, despabilarse y caminar.

GEOGRAFÍA y SINDICALISMO



Un célebre libro árabe de GEOGRAFÍA se titula: “Descanso del que está poseído por el deseo de contemplar horizontes”.
¿Por qué viajar? Por un amanecer desde la cima de una montaña. Por preguntarse por el horizonte que se contempla… Quizá por un sueño o una historia que nos contaron de otras gentes. Tal vez a la busca de un pájaro o de su canto. ¿Siguiendo un viento?
O –recordando a Álvaro Cunqueiro- porque aquello que más nos interesa sea la cantidad de imprevisión, fantasía, asombro y variedad que compone la Naturaleza. ¿Por guardar ese secreto? ¿Por compartirlo?
La geografía, decía el geógrafo, anarquista y viajero Eliseo Reclus, es la historia en el espacio, del mismo modo que la HISTORIA es la geografía en el tiempo.
Quizá un sindicato debería servir para que los trabajadores tomen conciencia del espacio y el tiempo que comparten y que la historia la hacemos entre todos. Y un “sindicalista”, un geógrafo poseído del deseo de contemplar horizontes… Como mejor se aprende geografía es viajando. Geografía es una idea puesta en acción. Como hacer sindicalismo…

SI UNA NOCHE DE INVIERNO UN VIAJERO…
La geografía es el conjunto de noticias que traería un viajero que
recorriese el mundo y nos mostrara, especialmente a los niños, las tierras y las gentes que hay más allá del horizonte…
La diferencia más notable que hay entre las gentes podríamos decir que es su color. Y a esos colores se les podría relacionar con razas, que hasta no hace mucho vivían en regiones del mundo diferentes…
Supongamos –como primer ejercicio de imaginación y reflexión- que hemos nacido en otro lugar, somos de otra raza, vivimos en otra parte del mundo. O preguntémonos: ¿dónde nos gustaría haber nacido?
SI UNA TARDE DE VERANO PREGUNTAMOS…
De pronto preguntamos a cualquiera qué es la geografía y a casi todos les parecería una guía interminable de nombres sobre el clima, el comercio, los productos, las manufacturas… Como si se tratara del catálogo de una gran despensa destinada a llenar el inmenso estómago del mundo…
Para muchas personas la GEOGRAFÍA no es más que una parte del programa de enseñanza de las escuelas y las universidades, que podría resumirse en una descripción del mundo para completar la denominada “cultura general”… Cuáles son las regiones de tal país, los macizos montañosos de, la altitud del monte M, la densidad de población de B, el clima C,…
La geografía es una CIENCIA que estudia todos los aspectos de las características físicas de la Tierra y sus habitantes. Es el estudio de casi todo lo que hay en la Tierra: la distribución de sus habitantes, animales y plantas, las características de la tierra, el mar, y el aire, las condiciones climáticas, etc.
La diferencia fundamental entre la geografía y otras ciencias es que examina sus temas de estudio desde la perspectiva del lugar donde están y de la forma en que se relacionan con cuanto les rodea.

¿Y PARA QUÉ SIRVE LA GEOGRAFÍA…?
La historia de los ciegos que palpan un elefante y responden qué es aquello que están tocando… Hasta que uno no responde, sino pregunta: ¿y para qué sirve?
La geografía sirve especialmente para hacer la guerra. No sólo para dirigir las operaciones militares, también para organizar el territorio en previsión de la batalla y para controlar mejor a las personas sobre las cuales ejerce su autoridad el aparato estatal. La geografía sirve también a funciones ideológicas y políticas de gran amplitud, dirigidas a la conciencia nacional. Funciones que podríamos encuadrar bajo el término de geopolítica.
EL GEÓGRAFO y su papel científico y político
LAS ORGANIZACIONES OBRERAS
LA TOMA DE CONCIENCIA COLECTIVA
(sobre el espacio)
El geógrafo debería preguntarse para qué puede servir y en qué contexto político se inscribe la investigación que realiza o que se le encarga. Debería, incluso, rechazarla (o no entregar los resultados) en los casos en que las informaciones que proporciona sirvan para expoliar o aplastar una población. Saber pensar el espacio para saber organizarse en él, para saber “combatir” en él… En este proceso el geógrafo es un protagonista.
Si se quiere ayudar a las personas a salir de la desorientación espacial que viven, hay que ayudarles a entender que, cuando están en un lugar, no están en una sola casilla… Ese lugar que ocupan depende de otros y sus relaciones, como un rompecabezas: estamos “a la vez” en tal barrio, de tal municipio, de tal provincia, de tal área de influencia, de tal región, con tal clima, etc.
A favor de unas acciones militantes más eficaces, los ciudadanos más politizados, más militantes, deben efectuar un análisis espacial a diferentes escalas para ayudar a la toma de conciencia colectiva de los problemas.
En la guerrilla, una de las fuerzas de los campesinos es la de “conocer” muy tácticamente el espacio en que combaten. Sin embargo, limitados a su zona, a sí mismos, su capacidad puede desmoronarse. La guerrilla evoluciona y aumenta su capacidad de lucha cuando aparece un estado mayor capaz de leer los mapas y organizar el espacio con otra perspectiva… En una movilización social (manifestaciones, huelgas, guerrilla urbana o guerra callejera) también es necesario saber leer un mapa y controlar el espacio.
Los sindicatos juegan un papel muy importante en la formación social, pero vienen descuidando el enfoque que ofrece la geografía.
Como ciudadanos, es sorprendente comprobar hasta qué punto los habitantes de una ciudad (incluso los mejor formados) son incapaces de prever las molestas consecuencias que provocará tal plan de urbanismo o remodelación urbana. La gente no se da cuenta de cómo se le ha engañado hasta el final de las obras, cuando los cambios son irreversibles. Los gobernantes y los promotores son muy conscientes de esto desde el principio.
En Madrid, por ejemplo, tenemos la experiencia de las obras de la M-30, donde muchas organizaciones y militantes expertos se han implicado desde un principio, con seriedad, pero con los resultados de cambio ya conocidos y que bien podemos poner como ejemplo para el debate posterior…
SI TE INTERESA EL TEXTO COMPLETO, pídemelo. ¡Gracias!

Bibliografía utilizada: Yves Lacoste, La geografía: un arma para la guerra; H. Capel y otros, Geografía para todos; V. M. Hillyer, Una geografía del mundo para los niños; Eliseo Reclus, El Hombre y la Tierra y Geografía Universal.

10 MILÍMETROS (microrrelato)


- Ese hombre -Sr. Aguirre- era Carlos Soto Roblellano. Nació en Oviedo en 1882, emigró a México en 1920 y nunca regresó...
- ¿Cómo lo ha descubierto, Sr. Llanera?- me interrumpe altanero.
- Mi oficio consiste en ver, oír... y callar todo lo que me impida ver y oír más. Mi respuesta fue abrupta, pero me importaba un bledo que le molestara.
El día que entró en mi despacho se presentó como directivo de metro, plantó sobre mi mesa una foto del día de su inauguración y me dijo: - “Averigüe quién era este hombre y le pagaré 3.000 euros.”
Apenas se marchó, llamé a Teresa. Su comida, su charla y otras cualidades suyas son lo que alguien como yo necesita siempre. El beso en el quicio de su puerta me lo confirmó.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, le enseñé la foto.
- Mira -me dijo- si te imagino con traje, eres él.
- ¡Cómo te quiero! Le di un beso y salí hacia la casa de mis padres. En metro. Sí, ya sé que no es típico de un detective, pero tampoco Marlowe iría en coche por este Madrid.
Mi madre estaba fijándose en el rey, cuando la abuela le arrebató la foto y gritó: ¡El tío Carlos!
Nos contó que Ashers & Morris, socios de la empresa de tranvías de Madrid, le contrataron para sabotear el metro. Provocó varias huelgas y manipuló los planos hasta rebajar el ancho de vía en aquellos misteriosos 10 milímetros. En 1920 desapareció. ¡Un bala perdida! –sentenció la abuela. No, un espía –afirmé.
De esto hace dos semanas. Ahora estoy otra vez ante ese directivo, que juguetea con sus tirantes y me ofrece unos bombones que habrá rateado a su secretaria. Este tipo no se merece saber más del tío de mi abuela María. Tomo el dinero y me marcho.
Hace un rato que anocheció. Me apetece un irlandés. Llamo a Teresa y nos citamos en el Jazz Bar. Llega, una vez más, tarde.
- ¿Sabes por qué me gusta quedar aquí contigo?, le pregunto con una sonrisa.
- Sí, cariño, pero dímelo otra vez -me contesta mientras acaricia mi nuca.
- Que llegues tarde, porque durante ese tiempo sólo pienso en ti.

Este relato breve está basado en tres hechos reales: 1) en la foto de la inauguración (Cuatro Caminos, 1917) hay una persona “desconocida”; 2) el ancho de vía fue 10 mm inferior al previsto en los planos; 3) la competencia entre empresas (tranvías y metro) y gobiernos (ayuntamiento y gobierno central) fue muy dura, con fuertes discusiones, enfrentamientos personales, peleas en la calle, denuncias, detenciones, huelgas, etc.

LUCÍA (microrrelato)

Ella estaba tendida en la vía y yo entraba en la estación conduciendo el tren 2. La había visto muchas mañanas, siempre sentada al final del andén II de Ópera, pero reconozco que apenas me había fijado en ella
Me dijo que le gustaba viajar a esa hora tan temprana, sobre todo en domingo, porque entonces era más hermoso, olía distinto, y hasta le sonaba a jazz. Le gustaba imaginar que a esa hora, sólo unos minutos después de las seis, todo estaba todavía en su sitio y cobraba vida con el paso de mi tren.
Para ella el primer viaje era diferente a los otros viajes. Se encontraba a algunos viajeros que esperaban el tren para regresar a su casa, cansados, casi dormidos, todavía dando vueltas alrededor de los castillos de arena que dejaron sobre la barra de algún bar, junto a compañeros desconocidos con los que todas las noches intentaban abrirle una ventana a la vida. Me contó que cambiaba varias veces de asiento sólo para mirar sus caras, entretenida en la adivinanza de sus sueños, de sus brindis y del dolor de sus resacas.
Por eso, en el metro nunca se había sentido sola, hasta ayer, cuando no apareció el señor de la maleta de color amarillo que le ayudaba a sonreír por primera vez cada mañana. Bueno, a ella, a mí y a todos los que le veíamos, aunque ayer no le echásemos de menos.
Con un beso me hizo prometerla que le ayudaría a pasar el pequeño rato que le quedaba por aquí. Se lo prometí, señor juez. La sujetamos como buenamente pudimos entre varios viajeros y yo, y la sentamos en un asiento del primer coche.
Al llegar a la estación de Goya, todavía tuvo fuerzas para pedirnos que mirásemos al hombre del abrigo verde que, como todas las mañanas, estaría tumbado en el último banco del andén, intentando dormir los únicos minutos tranquilos del día.
Se llamaba Lucía, y le aseguro que tenía una sonrisa como alas de aire.

LA CAZA: un disparo al corazón del medio ambiente


Basta con enumerar las prácticas que la acompañan para darnos cuenta de sus terribles impactos sobre el medio ambiente y de su innecesaria e injustificable existencia en los tiempos que vivimos.
Vallados cinegéticos que limitan el movimiento de los seres vivos. Cierre de caminos y de cauces públicos. Control de depredadores, poniendo al borde de la extinción a múltiples especies. Utilización de métodos no selectivos de caza, como los cepos y los lazos. Introducción de especies exóticas. Empleo de venenos. Uso de perdigones contaminantes. Recurso de modalidades de caza, como la cetrería o la caza en emigración prenupcial. Podríamos seguir...
Reflexionemos sobre otros datos.
La práctica de la caza comenzó a generalizarse en el siglo XVI: desde entonces al menos 271 especies de vertebrados han desaparecido.
El 98% del territorio del Estado español está supeditado a la actividad de cinegética; el colectivo de cazadores no alcanza el 5% de la población española. Los cotos privados hace quince años sumaban el 71% de al superficie del Estado. Además, otro 27% corresponde a diferentes zonas de caza de titular pública.
Ahora, cada año se matan más de 70 millones de animales, entre abatidos legalmente, como matados por métodos no selectivos, envenenamientos (sobre todo con los perdigones de plomo), la caza furtiva y las colisiones (estrangulamientos, etc.) contra los vallados cinegéticos.
La caza tiene efectos directos sobre la fauna, el paisaje, las personas, las aguas, los suelos, la cadena trófica. En definitiva: una actividad ética y ecológicamente contraria a la conservación de la Naturaleza, ante la que es imprescindible y urgente establecer algunas medidas que permitan salvaguardar la flora y la fauna.
Entre ellas, la prohibición total de: la cetrería, empleo de métodos no selectivos de caza, nuevos vallados cinegéticos, uso de perdigones de plomo, caza en las zonas húmedas protegidas y en los terrenos libres, la «media veda» y la «contrapasa». Además: obligatoriedad de un examen del cazador, regular las órdenes de veda y exigir la recogida de los cartuchos.
Por supuesto, estas medidas deberían ir unidas a la elaboración de planes técnicos de caza y un sistema de sanciones eficaz.
(Extracto libre del artículo de José Luis Álvarez Linage, en DEPORTE y NATURALEZA, Ed. Talasa)

Un METRO de CIEN CULTURAS diferentes...


En las últimas décadas hemos visto una revitalización mundial del nacionalismo, enarbolándose distintas banderas por determinadas identidades «nacionales», de territorios más o menos extensos, con metas exclusivas o unitarias. A la par, una realidad de futuro: se forman, a gran velocidad y sin pausa, sociedades que son cada día, cada minuto, más multiculturales.
El internacionalismo obrero no se manifiesta a pesar de que la ruptura de las fronteras y de los mástiles de las banderas marquen, hoy como ayer, los senderos hacia la emancipación de la clase trabajadora de cualquier lugar y tiempo.
Los movimientos migratorios de estas últimas décadas (y las futuras) colocan en los mismos lugares a personas desconocidas entre sí, muy diferentes culturalmente. Es lógico, por tanto, el conflicto, que se agudiza por motivos económicos, políticos, ideológicos y religiosos. Pero ese movimiento internacional y acelerado es imparable.
Vivimos en un mundo complejo, que pocas veces alcanzamos a comprender siquiera un poco: no hagamos más complicado vivir en él... Lo primero, pues, debe ser reconocer que ese conflicto es un rasgo de las sociedades multiculturales de las que formamos parte. Pero la existencia de un conflicto social no implica que sea algo negativo en sí mismo. Si reconocemos que el conflicto ha de existir, no se trata de eliminarlo u ocultarlo, sino de resolverlo, de ver caminos que andar juntos, entre todos: fomentar la convivencia, trabajar por la confianza, eliminar el prejuicio y la discriminación.
El metro es un espacio social extraordinario. Un metro de cien culturas diferentes, que viajan diariamente por toda la red. Juntos, más de un millón de viajeros de un centenar de países distintos, y un color de piel común: todos somos trabajadores. Muchas estaciones y líneas, determinados horarios y días de la semana o periodos del año, son buena prueba de este hecho social.
Convencido de que sentir, pensar y actuar con la perspectiva de que todos estamos implicados porque todos somos trabajadores, y de que este puede ser el único camino que ayude a entender y extender el respeto y la convivencia entre todos. La realidad cotidiana y la utopía que nos anima a vivir han de ser obra nuestra como trabajadores. O no será.
Convivir siempre requiere un paso previo: conocernos. Y para conocer «al otro», es preciso ver: si nos miramos como trabajadores, casi seguro que abandonaremos muchos estereotipos y prejuicios, así como la discriminación que conllevan. Por supuesto que convivir no es sencillo, pero los seres humanos lo hacemos todos los días y con una multitud de personas que nos rodea, que influye en nuestra vida, como nosotros en la suya.

«Los pueblos se mezclan con los pueblos, como los arroyos con los arroyos y los ríos con los ríos: tarde o temprano no formarán más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas de una misma cuenca acaban por confundirse en un mismo río. La época en que todas esas corrientes humanas se junten no ha llegado todavía... pero se aproximan más y más. Los pueblos que se han hecho inteligentes aprenderán seguramente a asociarse libremente.» Élisée Réclus: El arroyo, 1869.

jueves 17 de enero de 2008

La primera escalada del CERVINO


14 de julio de 1865
La expedición de Edward Whymper

Esta gesta del alpinismo concluyó de manera trágica: en el descenso cuatro de los siete miembros del grupo se precipitaron al glaciar que tenían más de mil metros por debajo de sus pies; el cuerpo de uno de ellos nunca fue recuperado. Puedes leer aquí un extracto libre del tramo finad de la ascensión, tomado del relato del propio Whymper, según la 1ª edición en español (Ed. Juventud, 1947). El libro, reeditado, se puede conseguir con facilidad y a un precio económico. La sobriedad de la redacción no reducirá la pasión que experimentaréis. ¡Salud y montaña!

Introducción
El Cervino (en alemán, Matterhorn), es una montaña de los Alpes situada en el extremo suroccidental de Suiza, muy próximo a la frontera con la región italiana de Valle de Aosta. Alcanza 4.478 m de altitud. Es un ejemplo de montaña de tipo piramidal, en el que las cuencas de formación glaciar han erosionado la roca por tres o cuatro lados del macizo, dejando sólo un núcleo en forma de pirámide en el centro.
En 1860 llega a los Alpes un jovencísimo Edward Whymper, que acababa de cumplir 20 años. La causa primera de su viaje es un encargo como ilustrado, dadas su cualidades como dibujante (el libro de la ascensión cuenta con bastantes de sus buenas ilustraciones sobre ella). Viaja durante un año por diversas zonas alpinas y la montaña le enamorará para siempre: “Existían en los Alpes –escribe Whymper- dos cumbres que, por permanecer vírgenes aún, habían excitado mi admiración. La del Cervino estaba rodeada de una tradición de inaccesibilidad y apenas había sufrido ningún asalto.”
Así, pues, en 1861 intenta escalar el monte Cervino. Fracasa. Le siguen, no obstante, varios intentos más en cuanto tiene la ocasión de organizar un grupo mínimo que le acompañe. No se sentía derrotado; al contrario, cada vuelta atrás le impulsaba a otro intento. Como él incluye en su relato, también a nosotros nos parecen oportunos estos versos: “Una lección has de aprender / probar, probar, probar de nuevo. / Si no consiguieres vencer, / probar, probar, probar de nuevo…”
La marcha iniciada en Zermatt (Suiza), “a las cinco y media de una despejada mañana, limpia en absoluto de nubes”, del 13 de julio de 1865, concluyó como la primera escalada al monte Cervino. El grupo de partida lo formaban: Michael Croz, Lord Francis Douglas, el reverendo Charles Hudson, Hadow, los Taugwalder (Peter, el padre, y sus dos hijos), y Whymper. Los cuatro primeros morirían poco después de comenzar el descenso desde la cumbre, tras el impulso del resbalón del joven Hadow (19 años) que sus fuertes y expertos compañeros de cordada no pudieron frenar.
Hubo mucha polémica sobre el accidente y sus causas, que algunos atribuyeron a un error muy grave de Peter el viejo. Edward Whymper, que nunca apoyó semejante acusación, se apartó de los Alpes tras la muerte de sus compañeros. Años después se encaminó a la cordillera de los Andes, donde ascendió los volcanes Cotopaxi (5.940 m.) y Chimborazo (6.310 m.). También realizó expediciones por Groenlandia y las Montañas Rocosas (sin ascensiones). Es autor de uno de los textos más documentados sobre llamado “mal de montaña” (o “mal de altura”) y aportó muchos datos para el diseño de las tiendas de campaña apropiadas en la alta montaña.
Edward Whymper, un gran alpinista, murió como había vivido, como un hombre solitario. El día 13 de septiembre de 1911, en Chamonix (Francia), sufrió un síncope. Rechazó todo auxilio que la ciencia médica le pudiera ofrecer y murió, solo, tres días después.
LA ESCALADA DEL CERVINO
“Nos reunimos fuera de la tienda antes de que apuntara el alba del 14 y partimos (el grupo lo formaban: en cuanto hubo claridad bastante para permitirnos andar. Peter el joven nos acompañó como guía y su hermano regresó a Zermatt. Nos habíamos propuesto dejar atrás a los dos jóvenes, pero luego, viendo que había dificultad en dividir los alimentos, optamos por el nuevo método. Seguimos la ruta tomada por Croz y Peter hijo ayer, y en pocos minutos doblamos el largo saliente que interceptaba la visión de la falta oriental a los que quedamos en la tienda. Ahora se nos revelaba toda la enorme ladera, elevándose cosa de 900 metros en forma de una enorme escalinata natural. Los parajes eran unas veces fáciles y otras no tanto, pero ni una vez nos atajó un impedimento serio. Durante la mayor parte del camino fue superfluo el uso de la cuerda. En unas ocasiones conducía Hudson y otras yo.
A las 6.20 horas llegamos a una altura de 3.900 m. y descansamos media hora. Continuamos el ascenso sin interrupción hasta las 9.55 horas y entonces nos detuvimos cincuenta minutos a una altura de 4.267 m. Dos veces probamos a seguir el crestón del lomo nordeste de la montaña y marchamos algún trecho por él, sin ventaja alguna, porque usualmente era empinadísimo y carcomido y más difícil de trepar que la falda del monte. No obstante, procurábamos no apartarnos de él, temerosos de que pudiera casualmente caer sobre nosotros alguna piedra.
Llegamos al pie del paraje que desde Zermatt parece perpendicular y aun en ángulo obtuso, y no pudimos seguir ascendiendo por la falda oriental. Durante un breve trecho seguimos sobre la nieve la arista que desciende hacia esa población, y luego, de común acuerdo, doblamos a la derecha o lado septentrional. Primero introdujimos un cambio: delante iba Croz y luego yo; Hudson, tercero; Hadow y Peter el viejo, los últimos. La tarea, en efecto, se tornaba difícil y requería precaución. En algunos sitios escaseaban los asideros y convenía que fueran al frente quienes menos propensión tuvieran a resbalar.
En general, la ladera describía un ángulo menor de 40 grados y la nieve se había acumulado en los intersticios de la roca, llenándolos y dejando sólo ocasionales fragmentos sobresalientes. En ocasiones cubría el suelo una delgada película de hielo producida por el enfriamiento de la nieve. Aquella parte era, pues, menos empinada que todo el resto de la ladera este y constituía una zona por donde cualquier buen montañero podía moverse con seguridad.
A continuación llegamos a una parte difícil, si bien no de gran extensión, que debió ocuparnos una hora y media. Caminamos por ella, al principio casi en línea horizontal, durante 120 metros; luego ascendimos directamente hacia la cumbre unos 20 metros, y después volvimos hacia la arista que baja a Zermatt. El rodear un recodo bastante enojoso nos llevó una vez más a la nieve. La última duda se desvaneció. ¡Monte Cervino era nuestro! Sólo nos faltaba subir otros 60 metros de nieve fácil.
Ahora era menester acordarse de los siete italianos que salieron de Breuil (nota: Breuil es una localidad del norte de Italia, en el valle de Aosta, por lo que la ruta de ascensión tomada por ese grupo era diferente) dos días antes de nuestra partida de Zermatt. Nos sentíamos torturados por la ansiedad de que llegasen a la cumbre antes que nosotros. Sin cesar habíamos hablado de ellos y habían surgido muchas falsas alarmas a la voz de “¡Hombres en la cima!”. Cuanto más subíamos, más intensa era nuestra excitación. ¡Si fuéramos batidos en el último instante!
La pendiente se suavizó. Croz y yo, adelantándonos, corrimos paralelamente hasta sofocarnos. A la 1,40 de la tarde el mundo estaba a nuestros pies y Monte Cervino había sido vencido. ¡Hurra! No se veía en la cumbre una sola pisada. Sin embargo, aún no existía plena certeza de que no hubiéramos sido adelantados. La cima estaba formada de una cresta larga y casi lisa, de una extensión próxima a los 100 metros, situándose en los extremos los dos puntos más altos, y los italianos podían hallarse al lado contrario. Corrí hacia la punta meridional, escudriñando con afán la nieve a izquierda y derecha. ¡Hurra otra vez! La nieve no había sido hollada por nadie.
Pero, ¿dónde estarían los italianos? Me incliné sobre la vertiente, entre esperanzado y dudoso, y los vi enseguida, cual meros puntos sobre la arista del monte, a una inmensa distancia. ¡Croz! –clamé- Hemos de hacernos oír. ¡Es menester que nos oigan!
Y, con todo, yo lamenté que el conductor de aquel grupo no estuviese con nosotros en tal momento, porque nuestros gritos significaban privarle de la ilusión de su vida. De cuantos intentaron el ascenso de Monte Cervino, él era el más merecedor de llegar a su cúspide, pues fue el primero en dudar de la inaccesibilidad del monte y el único que persistió creyendo que el ascenso se cumpliría. Durante algún tiempo la partida fue suya y la jugó como quiso, pero hizo un falso movimiento y perdió. (Nota: Whymper se refiere a Jean Antoine Carrel, excelente alpinista al que había conocido durante sus intentos de ascensión fallidos.)
Colocamos la bandera. Era bastante mezquina y además no había viento que la hiciese ondear, pero, no obstante, fue vista en todo el contorno. La vieron en Zermatt, en el Rifle, en Valtournanche… Y en Breuil, donde pensaron que había sido puesta por Carrel; se apresuraron a festejarlo, y a la mañana siguiente su desencanto fue muy grande.
Nosotros volvimos al lado meridional de la cumbre para erigir un cairn (hito, montón de piedras). El día era uno de esos muy despejados y tranquilos que preceden al mal tiempo. Montañas a 50 y 100 millas parecían cercanas y se recortaban nítidamente, mostrándose con detalle. Todo se nos revelaba; ni uno solo de los principales picos alpinos se escondía. A tres mil metros bajo nosotros se veían los verdes campos de Zermatt, salpicados de casas de las que brotaban perezosos humos azules. Había bosques negros, sombríos; bulliciosas cataratas y tranquilos lagos; tierras fértiles y silvestres yermos… Allí había, ante nuestros ojos, todas las combinaciones que el mundo puede ofrecer y todos los contrastes que el corazón puede desear.
Permanecimos en la cumbre una pletórica hora de gloriosa vida. Pero el tiempo pasaba de prisa y teníamos que prepararnos para descender…”

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