martes 19 de febrero de 2008

NUNCA CAMINAMOS SOLOS (microrrelato)

“Cuando ya los pies no quieren llevarle a uno –se dice entre los montañeros- se anda con la cabeza”

Sabes muy bien lo que te espera, así que camina erguido, desplazando los pies como si pretendieras acariciar el suelo y ¡sonríe! Esto me lo dijiste hace tres horas para animarme, cuando salí de la tienda de campaña para atarme bien las botas. Ahora, mientras descanso en este collado al pie del glaciar, a casi ochocientos metros del campamento II, frente a la última puerta de esta montaña me adviertes que no debo creer haber llegado a la cima aunque ya la vea y que... ¡Calla!, lo sé. Bien, bien, tranquilízate, no vamos a discutir aquí. ¡Por supuesto que no! -te contesto. Bebo otro trago de agua y como un puñado de almendras. A continuación, doy un pisotón fuerte sobre la nieve para comprobar su estado y la atadura de mis crampones, me ajusto la mochila, froto el piolet para derretir la escarcha que le ha cubierto y lo agarro con fuerza por la cabeza. Vamos, hay que reanudar la marcha y no conviene distanciarse más de ese grupo de alemanes que, como una hilera de decididas luciérnagas, acaba de pasar. Pero, no, no puedo seguirles y te pido que me ayudes a subir. Primero me retas con cien pasos, y yo pierdo la cuenta y tengo que dar otros diez. Después me desafías con cincuenta. Aunque me cuesta mantener el tipo ante tus provocaciones, conseguimos trazar un sendero de zetas de veinticinco pasos de lado y casi sin darme cuenta he llegado a la cumbre. Sonrío y una decena de lágrimas, más poderosas que el sol que se adueña de la montaña, derriten la nieve prendida de nuestras pestañas.

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