lunes 3 de marzo de 2008

CARTA A LA MUERTE DE MI PADRE

CARTA a la MUERTE DE MI PADRE
Sacha Kropotkin, Londres, 27 abril de 1921


El día 8 de febrero de 1921, PEDRO KROPOTKIN murió en Dimitrov. Kropotkin seguramente fuera más un teórico que un luchador de calle, pero sin duda acometió con acierto el objetivo de dotar al anarquismo de una base teórica y una herramienta de análisis de la realidad social.

“Nací, con ciertas dificultades, el 15 de agosto de 1887. Mi padre decidió que me llamara Alejandra, Sacha, en recuerdo de su hermano, que había muerto trágicamente, lo cierto es que se suicidó, el día 6 de agosto del año anterior. Sé que mi nacimiento le causó mucha alegría y eliminó la melancolía en que le había sumido la muerte de su hermano. Estaba encantado conmigo, y llegó a decir que había oído vibrar nuevas fibras en su corazón. Siempre se comportó como un padre entusiasta e indulgente.
Mis padres se conocieron en Ginebra durante el verano de 1878. Este acontecimiento personal lo omitió mi padre en sus Memorias. Mi madre, Sofía Ananiev, entonces era muy joven, 14 años menor que él, y había llegado a Suiza entre un grupo de emigrantes rusos.
Mi padre se sintió inmediatamente atraído por ella. Así le escribió a su amigo Paul Robin: “Conocí en Ginebra a una joven rusa, tranquila, amable, muy dulce, con una de esas maravillosas personalidades que, tras una juventud austera, se perfeccionan aún más en la edad adulta.”
Sofía, mi madre, en realidad es ucraniana. Nació en Kiev en 1856. Es de ascendencia judía, si bien sus rasgos muestran un considerable porcentaje de sangre eslava. Su familia era rica. Ella tenía cinco años cuando se trasladaron a Tomsk, una ciudad siberiana, a 500 Km de la frontera con Mongolia, donde su padre pasó a explotar una mina de oro. A la edad de 17 años se rebeló contra la dura condición a que estaban sometidos los mineros. Se negó a vivir del dinero familiar, ganado con el trabajo de aquellos, y abandonó su casa para ganarse la vida por sí misma. Tras unos años de trabajo duro y privaciones, le falló la salud, y sus amigos la enviaron a Suiza. Poco después conocería a mi padre y se casarían.
Esta experiencia común en Siberia debió aumentar su intimidad como pareja. Se casaron el 8 de octubre de 1878. Durante varios meses y años vivieron lo que mi padre llamaba “una vida gitana”, debido a que su trabajo le retenía en Ginebra, mientras mi madre cursaba estudios de biología en Berna, pues la universidad ginebrina no aceptaba a quienes carecieran del título de bachiller.
A pesar de su carácter reservado, era evidente que mi padre estaba muy enamorado de mi madre. No pocas veces me dio la impresión de que la evolución sexual de mi padre fue lenta, y que a pesar de tener 36 años cuando se conocieron, aún era algo “inocente” en ese aspecto. Si bien, apenas me contó sobre sus relaciones hasta su matrimonio. Un dudoso incidente que le atribuyen con una mujer llamada Anna Kulichov. Y en el diario que escribió cuando tenía 51 años, se refiere a Lidia, una muchacha que pareció sentir alguna simpatía por él, que ya tenía 30 años. Debió causarle una honda impresión, pues cinco meses después, en el mes de diciembre, la recordaba así: “Lidia tiene una encantadora y alegre voz. Me emociono al recordar su sonrisa y cuando fruncía deliciosamente sus cejas. Pero soy consciente del rechazo que le inspiro. En general, yo diría que no estoy hecho para las mujeres, ni ellas para mí...”
Lidia se desvaneció de su memoria y sólo mi madre, seis años más tarde, llegó a ocupar ese lugar en sus sentimientos.
Sofía, mi madre, es atractiva, con un rostro inteligente y melancólico. De frente amplia, ojos grandes y poco rasgados. Sus pómulos son altos y tiene los labios grandes. Aunque su capacidad intelectual es menor que la de mi padre, a quien tanto admiró, admira, es aguda y tiene una gran fuerza de voluntad. Algunos que les han conocido, estiman que mi madre mostraba cierto “orgullo de rango” por haberse casado con “el príncipe”. Me resisto a polemizar sobre esas acusaciones de pretenciosa, y quiero recordarles que sin su constante lealtad, amor y cuidados, mi padre no habría vivido tanto como vivió ni habría completado una labor tan importante.
Mi padre, Pedro Alejandro Kropotkin, había nacido en un viejo barrio aristocrático de Moscú, hijo de la capa más alta de la aristocracia rusa. Para describirle físicamente quiero copiar estas palabras de su amigo, el científico James Mayor, tal y como le vio en Londres el día 27 de noviembre de 1886, en el ecuador de su vida, mientras pronunciaba su célebre conferencia: “El socialismo, su creciente fuerza y su objetivo final”. Era bajo, no mediría más allá de cinco pies y medio, de constitución frágil, con pies insólitamente pequeños, ancho de hombros y estrecho de cintura. Tenía el cuello corto y una gran cabeza, con una gran barba de color castaño, que pocas veces se peinaba y que nunca perdía su aire de distinción. La parte superior de su cabeza estaba desprovista de pelo, pero por los lados y por la parte de atrás había una copiosa mata de pelo castaño oscuro. Sus ojos chispeaban inteligentemente, y cuando se iluminaban parecían incandescentes. En sus maneras había cierto aire cortesano, pero con sus amigos, su afectuosa solicitud nacía de un corazón sincero y cordial.


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Bibliografía utilizada:
G. Woodcock e I. Avakumovic, EL PRÍNCIPE ANARQUISTA. F. Mintz, LA MORAL ANARQUISTA. E. Reclus, CORRESPONDENCIA. De ellos hemos tomado los pedazos que componen esta carta que nunca se escribió, y que presentamos como nuestro sentido recuerdo del “príncipe anarquista”.

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