lunes 3 de marzo de 2008

PEÑA UBIÑA, crónica de una ascensión


Comienza el día
Suena el despertador. Son las 7,45 horas, estoy en San Emiliano (León) y hoy toca subir a Peña Ubiña. Lo primero que hay que hacer, como siempre, es mirar por la ventana y comprobar como «el hombre del tiempo» nunca acierta... Está lloviendo y el cielo completamente cubierto; aunque la niebla cubre los altos, lo que me deja ver está bastante nevado. Me arrepiento de haber dejado mis botas de plástico en Madrid. En fin, tendremos que esperar el desarrollo de la mañana, pues todo es cambiante. Hoy es el cumpleaños de Jose. Nunca le he visto tan motivado por hacer una subida. Me imagino que se junta todo, su cumpleaños, el primer fin de semana de Geographica, un buen grupo y Peña Ubiña. Un cóctel que le hace tener un optimismo desbordante y una fe que movería cualquier montaña.
Sigue lloviendo. El desayuno lo definiría como cálido, por el ambiente del grupo y por el contraste con el exterior. Hay quien comenta que “con la que cae a lo mejor hay alguna otra opción”, pero lo cierto es que a ninguno se le pasa por la cabeza otra cosa que no sea subir a la Peña.
Cae agua nieve. Cargamos el autobús con las mochilas y con nuestras expectativas en el aire. Cuatro o cinco muchachos, vestidos con ropa de montaña, nos miran un poco incrédulos. Tal vez se preguntan: ¿estos a dónde van?
La ascensión
Llegamos a Torrebarrio y hacemos nuestros preparativos. La niebla nos permite ver el espolón oeste de la Peña y el Collado del Ronzón, al que tenemos que ascender para coger la canal sur, que nos llevará a la cumbre. A partir de 1.400 metros todo está nevado. Atravesamos el pueblo hacia la parte alta, donde se encuentra la Iglesia, y empezamos a subir la loma por un pequeño sendero, evitando la pista embarrada. Las primeras ráfagas de viento nos alcanzan. Agua y viento... Dos compañeros de viaje desagradables. El agua cambiará a nieve cuando subamos la cota; el viento me temo que se quedará con nosotros e influirá en nuestra ascensión.
Nos paramos detrás de unas peñas, a los 1.550 metros, para reagrupar y coger el sendero marcado con hitos que lleva al collado. A partir de aquí la nieve empieza a ser más abundante. El grupo, visto desde atrás, parece una serpiente, zigzagueando con cada curva del sendero y, como telón de fondo, la piedra y la nieve de la Peña, mezclados entre sí.
Todos parecen ensimismados en sus pensamientos. Serán de toda índole, imagino: ¿Adónde vamos con el tiempo que hace?, «Estoy calado», ¿Vamos a subir a la Peña? Y hasta habrá quien se esté dejando llevar por el momento único que le toca vivir. Yo también tengo mis propios pensamientos: las condiciones no son buenas, pero todavía no ha llegado el momento de tomar la decisión de lo que hay que hacer, ese momento será cuando lleguemos a la canal y se tomará sobre la base del tiempo en ese preciso instante y a nuestras condiciones personales.
El agua nos ha abandonado. Ahora es la nieve la que nos golpea, ayudada por el viento. Hacemos una nueva parada al abrigo de una pequeña vaguada donde no sopla el viento. También es el punto idóneo para desencadenar una pequeña batalla de nieve, que a algunos, como siempre, nos vuelve a hacer como niños, para recrear esos momentos mágicos en los que sólo existe la alegría y la despreocupación de todo lo que nos rodea.
La canal sur
Avanzamos y nos situamos enfrente de la canal. Se la ve limpia y clara, cubierta de bastante nieve. Jose no nos da opción de elegir: se va directo a por ella, su optimismo y su fe valen para todos nosotros. Su elección creo que es la correcta, pues no nieva en exceso y en la canal no sopla el viento. Y hemos subido aquí precisamente para hacer esto y llegar hasta donde podamos.
Pero muchos compañeros no se esperaban estas condiciones y el material que llevan no es el más favorable para la ocasión. El agua, el viento y la nieve nos han metido la humedad en el cuerpo y se está haciendo notar. Tenemos la primera baja en el grupo. Un compañero no cree estar en condiciones de hacer la subida y se vuelve al pueblo, junto a una mujer que se había sumado a nuestra aventura, a quien incluso se brinda a llevarla a San Emiliano.
Me pregunto: con el día que hace, ¿cuál es la probabilidad de que una mujer sola fuera a hacer una excursión por los alrededores de Peña Ubiña y al final se agregara a nosotros? No tengo la respuesta, pero hace tiempo que sé que las casualidades no existen.
La subida por la canal es lenta y trabajosa, la nieve aquí ya es considerable. La niebla nos envuelve y empiezan a ponerse de manifiesto el estado y las fuerzas personales, como muestran los huecos que se abren entre el grupo. Al subir una montaña cada uno debe amoldarse a su propio ritmo para poder alcanzar su meta.
Llegamos a la arista
Estamos en la arista, la niebla no nos impide ver el principio de los cortados que caen a la vertiente Noroeste. Nuestra aventura empieza a cobrar interés. Alguien se acerca demasiado a los cortados y les prevengo a todos que se alejen de ellos.
En ese momento me viene a la cabeza un comentario anterior, algo así como «lo mortal me pone...». No creo que nadie haga nada para morir. En mi opinión, lo que creo que «le pone» es justamente lo contrario: «la vida», estar allí ante lo conocido o lo desconocido, pero siempre dando la medida de nosotros mismos, en ese momento que hemos creado. Definiéndonos ante las situaciones buenas o malas, para bien o para mal.
¿Continuar la ascensión?
Nos hallamos ante la segunda decisión del día. Las condiciones en la arista son muy distintas a las de la canal. El viento nos vuelve a recordar que era nuestro compañero de viaje en esta ascensión. El frío, al haber ganado altura, se ha hecho más patente. Seguramente, hay compañeros que piensa haber dado ya la medida de sí mismos en las actuales circunstancias. Es el momento para averiguar quien quería seguir y quien daba por finalizada parte de la aventura. El resultado me sorprende: nueve personas deciden regresar y veintiuna continuar. Veintiuna... Muchas personas para una larga arista en condiciones desfavorables, pero la decisión está tomada.
Jose se dispone a alcanzar el motivo de nuestro viaje y yo vuelvo sobre nuestras huellas, algunas ya borradas por el viento y la nieve. Inicio la bajada con la intención de abrir una nueva huella haciendo diagonales, pues la huella abierta de subida es muy vertical, está muy pisada y alguno puede resbalar. Mientras, con cada pisada, pienso en Jose, sé que tengo que volver a subir con él. Una vez bajemos la canal, el camino al pueblo es fácil y Alejandro lo conoce. En el pueblo yo no haría nada y Jose puede estar en una arista, ¡Dios sabe en qué condiciones, con veintiuna personas! Estoy seguro de que no le vendría nada mal mi ayuda. Porque por encima de todo somos un grupo y nos une un lazo invisible, tanto al más débil como al más fuerte, al más hábil como al más torpe y lo que le ocurre a uno repercute sobre los demás. Sigue habiendo veintiuna personas arriba y el lazo no se puede romper. Además, no me engaño, si ellos hacen la Peña, yo también quiero hacerla.
Mantener el lazo
Dejo a mis nueve compañeros de bajada al principio de la canal y retomo de subida la huella ya conocida. Vuelvo a estar en la arista, pero no oigo nada. Asciendo un poco y grito llamando a Jose. Una voz me contesta a lo lejos. Sigo subiendo, vuelvo a llamar y nuevamente una voz, esta vez la oigo más nítida: es Jose. Veo al grupo en un paso, les pregunto si han hecho cumbre. La respuesta es negativa. Se acercan hasta mí, puedo ver sus pelos blancos, sus prendas heladas y pienso que estos chicos han pasado bastante frío. Ellos se alegran de verme: soy su pasaporte de bajada. Conduzco a varios por la arista hasta el comienzo de la canal, les indico que vayan bajando y vuelvo para hablar con Jose, que sigue ayudando a cuatro o cinco personas en el paso complicado.
Él se hace cargo de esos cinco y yo bajo con los demás por la canal. Les pido que me cuenten qué ha pasado en la arista. Han estado parados mucho tiempo en los pasos, esperando la lenta progresión del grupo. Llegado el momento, Jose se acercó a ver cómo estaba el tramo final. Lo encontró muy complicado y decidió volver. Una decisión que más de uno recibió con alegría, puesto que el frío ya era insoportable.
Poco a poco volvemos a estar al principio de la canal e iniciamos la bajada al pueblo. Imagino que pensando únicamente en ponernos ropa seca y tomar algo caliente. Estoy en el sendero que conduce a la Iglesia, vuelvo mi mirada a la Peña buscando a Jose en su bajada. A lo lejos veo unos puntos moviéndose sobre la nieve. Continúo mi marcha.
El bar es asaltado por los miembros del grupo. Comen, se calientan y secan sus prendas en los radiadores. Todos comentan, todos hablan de la experiencia. El ambiente vuelve a ser cálido. Pasado un rato, salgo del bar, pues Jose tiene que estar a punto de llegar. Doblo una esquina y al fondo de la calle camina Jose con el resto del grupo. Él lleva un extremo del lazo y yo tengo el otro. Mientras se acerca, pienso qué expertos montañeros hubieran llegado hasta donde nosotros y habrían hecho cumbre. También estoy seguro que algunos montañeros expertos no habrían llegado hasta donde nosotros y otros ni siquiera lo hubieran intentado.
Me pregunto por qué el grupo nos había seguido hasta el punto donde había llegado cada uno. Tal vez no fuera el hecho de querer conquistar una montaña, sino conquistar nuestro propio espíritu, nuestra propia mejora personal para poder forjar un destino mejor. No hemos hecho historia, pero sí hemos escrito un par de líneas en nuestra propia historia, la de nuestra vida. Una historia compartida con buena gente, con amigos, que al final de cuentas es lo único que realmente importa. Jose está a mi lado, el lazo está cerrado.
Jesús Sobrino Sojo, XI-2003 (artículo cedido para su publicación)
Club Deportivo GEOGRAPHICA, auténtica escuela de geógrafos-viajeros, en la que aprendes a conocer el mundo midiéndolo con los pies. www.geographica.es

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