
De acuerdo con algunas crónicas, esta tarde, dos mil seiscientos años antes de hoy, Tales de Mileto, uno de los Siete Sabios de Grecia, que ya había asegurado que “Todo está hecho de agua”, observaba al despertar de su siesta, tendido en las planicies de Lidia, en la provincia de Magnesia, cómo una roca llamada “magnetita” ejercía una visible fuerza sobre los metales. También se percató que al frotar un trozo de ámbar, esa prehistórica resina fósil que los griegos llamaban “elektron”, desarrollaba una extraña capacidad para atraer unos trocitos de paja y cáscaras de grano que se habían caído de los bolsillos de su túnica.
Esta tarde, quinientos diez años antes de hoy y dos mil años después de aquella siesta de Tales de Mileto, William Gilbert, médico de la reina Isabel I, anotaba en su diario una observación que había realizado en la antesala de la habitación real: si se frotaba un cristal con un retazo de seda, aquél se “amberizaba”. Apuntó con mayúsculas, como nadie había nombrado hasta aquella tarde, que el cristal se había “electrificado”. William, curioso y ocioso, probó con otros materiales y obtuvo los mismos resultados. No entendía qué les sucedía, y conjeturó con la existencia de algún tipo de humor acuoso que, al calentarse por el frotamiento, producía a su vez un pegajoso y vaporoso efluvio de carga.
Esta tarde, doscientos setenta y seis años antes de hoy, Charles-François de Cisternay du Fay, sentado en un banco del Jardín de las Plantas de París, del que era superintendente, descubrió que el ámbar, aquella resina de hace millones de años con la que Tales de Mileto jugaba otra tarde, tumbado en las llanuras de Lidia dos mil trescientos veinticuatro años antes, repelía aquellos objetos que eran atraídos por el material que antes hubiera sido frotado por él. Sentado a la sombra de un álamo, du Fay quedó convencido de que la electricidad tenía dos caras: una “resinosa” o atrayente, y otra “vítrea” o repelente. Vio sus caras y comprendió que “detrás de las cosas tenía que haber algo profundamente escondido”.
Esta tarde, sesenta y dos años antes de hoy, Albert Einstein estaba escribiendo su autobiografía y recordaba el día en que su padre le enseñó por primera vez una brújula. Tenía diez años recién cumplidos, la tomó entre sus manos y la giró a un lado y a otro, maravillado por que la aguja insistía en apuntar hacia el norte. Esta tarde, dos mil quinientos treinta y ocho años atrás se despertaba Tales de su siesta, y Einstein la recuerda como una puerta abierta a su imaginación científica, preguntándose qué sería aquello que está profundamente escondido detrás de las cosas.
Esta tarde yo he comprendido que detrás de nosotros hay algo profundamente escondido, que nos “amberiza”: nos hace amigos.
Esta tarde, quinientos diez años antes de hoy y dos mil años después de aquella siesta de Tales de Mileto, William Gilbert, médico de la reina Isabel I, anotaba en su diario una observación que había realizado en la antesala de la habitación real: si se frotaba un cristal con un retazo de seda, aquél se “amberizaba”. Apuntó con mayúsculas, como nadie había nombrado hasta aquella tarde, que el cristal se había “electrificado”. William, curioso y ocioso, probó con otros materiales y obtuvo los mismos resultados. No entendía qué les sucedía, y conjeturó con la existencia de algún tipo de humor acuoso que, al calentarse por el frotamiento, producía a su vez un pegajoso y vaporoso efluvio de carga.
Esta tarde, doscientos setenta y seis años antes de hoy, Charles-François de Cisternay du Fay, sentado en un banco del Jardín de las Plantas de París, del que era superintendente, descubrió que el ámbar, aquella resina de hace millones de años con la que Tales de Mileto jugaba otra tarde, tumbado en las llanuras de Lidia dos mil trescientos veinticuatro años antes, repelía aquellos objetos que eran atraídos por el material que antes hubiera sido frotado por él. Sentado a la sombra de un álamo, du Fay quedó convencido de que la electricidad tenía dos caras: una “resinosa” o atrayente, y otra “vítrea” o repelente. Vio sus caras y comprendió que “detrás de las cosas tenía que haber algo profundamente escondido”.
Esta tarde, sesenta y dos años antes de hoy, Albert Einstein estaba escribiendo su autobiografía y recordaba el día en que su padre le enseñó por primera vez una brújula. Tenía diez años recién cumplidos, la tomó entre sus manos y la giró a un lado y a otro, maravillado por que la aguja insistía en apuntar hacia el norte. Esta tarde, dos mil quinientos treinta y ocho años atrás se despertaba Tales de su siesta, y Einstein la recuerda como una puerta abierta a su imaginación científica, preguntándose qué sería aquello que está profundamente escondido detrás de las cosas.
Esta tarde yo he comprendido que detrás de nosotros hay algo profundamente escondido, que nos “amberiza”: nos hace amigos.