
Adaptación libre del texto de Alberto Manguel: Nuevo elogio de la locura (Ed. Lumen, 2006), y que os recomiendo disfrutar.
Un famoso programa de libros para niños de la BBC siempre empezaba con el animador preguntando: “¿Estáis bien sentados? Entonces comencemos.” Para leer hay que saber sentarse...
El lector ideal no reconstruye una historia: la recrea. El lector ideal no sigue una historia: toma parte de ella. El lector ideal es, también, el traductor.
Es capaz de disecar el texto, quitar la piel. Cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena, y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es, pues, un taxidermista. El lector ideal es –para un libro- la promesa de resurrección.
El lector ideal debe aprender a escuchar. “Uno debe ser inventor para leer bien”, dijo Ralp Waldo Emerson (1803-1882, poeta estadounidense). El lector ideal no presupone las palabras del escritor: remueve el texto. Robinson Crusoe no es un lector ideal: lee la Biblia para hallar respuestas.
Un lector ideal lee para encontrar preguntas. Al lector ideal le gusta usar el diccionario. Escribir en los márgenes del libro es señal de un lector ideal.
El lector ideal es acumulativo: cada vez que lee un libro, agrega una nueva capa de recuerdos. El lector ideal es asociativo: lee como si todos los libros fueran obra de un mismo autor. El lector ideal es politeísta y no tiene nacionalidad precisa.
El lector ideal lee toda la literatura como si fuera anónima.
Al cerrar el libro, el lector ideal siente que si no lo hubiera leído el mundo sería más pobre. El lector ideal no sabe que es el lector ideal hasta que ha llegado al final del libro.
El lector ideal desea llegar al final del libro y a la vez saber que el libro jamás terminara.
Un famoso programa de libros para niños de la BBC siempre empezaba con el animador preguntando: “¿Estáis bien sentados? Entonces comencemos.” Para leer hay que saber sentarse...
El lector ideal no reconstruye una historia: la recrea. El lector ideal no sigue una historia: toma parte de ella. El lector ideal es, también, el traductor.
Es capaz de disecar el texto, quitar la piel. Cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena, y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es, pues, un taxidermista. El lector ideal es –para un libro- la promesa de resurrección.
El lector ideal debe aprender a escuchar. “Uno debe ser inventor para leer bien”, dijo Ralp Waldo Emerson (1803-1882, poeta estadounidense). El lector ideal no presupone las palabras del escritor: remueve el texto. Robinson Crusoe no es un lector ideal: lee la Biblia para hallar respuestas.
Un lector ideal lee para encontrar preguntas. Al lector ideal le gusta usar el diccionario. Escribir en los márgenes del libro es señal de un lector ideal.
El lector ideal es acumulativo: cada vez que lee un libro, agrega una nueva capa de recuerdos. El lector ideal es asociativo: lee como si todos los libros fueran obra de un mismo autor. El lector ideal es politeísta y no tiene nacionalidad precisa.
El lector ideal lee toda la literatura como si fuera anónima.
Al cerrar el libro, el lector ideal siente que si no lo hubiera leído el mundo sería más pobre. El lector ideal no sabe que es el lector ideal hasta que ha llegado al final del libro.
El lector ideal desea llegar al final del libro y a la vez saber que el libro jamás terminara.