sábado 6 de junio de 2009

A ORILLAS del LAGO PHOKSUNDO



Extracto libre del texto de Christoph Ransmayr (Austria, 1950), subtitulado “Retrato de un hombre feliz”, en el que relata la llegada hasta el lago Phoksundo, junto al alpinista Reinhold Messner, en febrero de 1993, el día de Año Nuevo de los tibetanos. El relato está publicado en el libro Montañas desde el espacio (Ed. Blume, 2006), que os animo a disfrutar sin prisas para los ojos…



“En un gélido día de febrero de 1993, el día del Año Nuevo de los tibetanos, perdí la noción del tiempo a orillas del lago Phoksundo. La nevisca que nos había acompañado durante días por fin había cesado y el viento había cambiado de dirección sin apenas debilitarse cuando llegué a orillas de este lago situado a casi 4.000 metros por encima del nivel del mar, en el Himalaya occidental, siguiendo el rastro de un amigo desaparecido.
Habíamos estado caminando por la tierra de nadie entre Tibet y Nepal en busca de monasterios y ermitas de la religión prebudista bon y hacía días que sólo encontrábamos refugio de la nieve en las cabañas y cuevas del reino tribal de Dolpo. De los valles circundantes nos llegaba el incesante rugir de los aludes. A un día de marcha, en algún lugar entre las nubes de nieve, tenía que estar el lago Phoksundo y, en su orilla, una aldea y un monasterio: ¿permanecería abandonado en esa época del año, como la mayoría de los núcleos habitados situados a tanta altitud? A mediodía pudimos vislumbrar un glaciar iluminado por el sol que emergía entre las nubes como un iceberg entre el cielo y la tierra. Abandonamos el campamento y emprendimos la marcha.
Cuando uno lo deja todo en pos de una meta o de los desconocido, no abandona sólo personas y lugares, sino que al mismo tiempo emprende una ruta, en ocasiones igual de arriesgada, por el mundo más íntimo de sus pensamientos y reencuentra allí todo lo que acaba de dejar: recuerdos de personas y lugares y la nostalgia de lo que fue y será. Todo camino que se precie conduce a la lejanía y a la profundidad, a los confines del mundo y al corazón… ¿Verdad que cuando estamos de viaje a veces lo desconocido, aquel lugar en el que nunca antes habíamos estado, nos resulta de algún modo familiar? Nos acercamos a lo desconocido y empezamos a reconocer ciertas cosas, incluso rostros…
La capa de nieve que cubría el camino que llevaba al lago Phoksundo era tan gruesa que nos hundíamos hasta por encima de las rodillas y, a veces, hasta la cintura. Siempre que no surja algún obstáculo que requiera un esfuerzo conjunto o que no sea preciso asegurar las cuerdas mutuamente, cada uno avanza, pisa o asciende de acuerdo con sus fuerzas y por eso a menudo se encuentra solo. Mi amigo se perdió de vista al cabo de una hora; de vez en cuando podía verle como una figurita que se alejaba y desaparecía entre las nubes. Cuando me detenía para tomar aire, veía el rastro sinuoso que habíamos dejado en la nieve perdiéndose a lo lejos.
Fue durante estas pausas para respirar cuando divisé entre las nubes al hombre que nos seguía. No seguía nuestra senda, sino que ascendía en línea recta. Le reconocí por su abrigo de pieles y su bufanda roja con la que se había envuelto su larga cabellera, a modo de turbante: era nuestro anfitrión de la noche anterior en el campamento. Me hizo señas con la mano, gritó un saludo, se acercó un poco, pero se detuvo a cierta distancia y no volvió a reemprender la marcha hasta que yo no me puse a andar. Nos seguía, mas era evidente que prefería ir solo. ¿Pretendía mostrarnos el camino? ¿Quería advertirnos de algo? Cuando me paraba para esperarle, él también se quedaba quieto y me saludaba con la mano. No entendía cuáles eran sus intenciones.
El rastro de mi amigo conducía a los pies de una pared de roca de la que pendían los carámbanos de hielo de una cascada congelada y subía cada vez más en escarpada pendiente. Finalmente, me encontré a la entrada de un valle plano poblado de pinos llorones, encajonado entre dos crestas como muros de contención. Me paré a recobrar el aliento debajo de uno de estos árboles, vencido por la carga de nieve que tenía que soportar. Por fin mi acompañante se reunió conmigo en la nieve, tomó un puñado de frutos secos y un pedazo de cecina, se rió, volvió a insistir en que bebiera y él se limitó a dar un trago del té de mantequilla de yac que llevaba en mi cantimplora de metal, pero no probó ni un sorbo del aguardiente de arroz que nos había dado en el campamento. Cuando volví a emprender la marcha, él se distanció de nuevo. Así cada uno quedó sumido en sus pensamientos.
Al cabo de unas horas, al fondo del valle apareció el lago Phoksundo, quieto y alentador, pero todavía lejano. Era un espejo verde negruzco que reflejaba las nubes y los escarpados riscos recortados sobre un cielo ya vespertino. En su orilla sólo había unas cuantas casas de color rojo sangre, tejados de pagodas adornados con banderolas de oración y otras banderas aun más ligeras y bonitas. ¡Humo! ¡La aldea y el monasterio estaban habitados!
La orilla del lago se hallaba cubierta de nieve, y en las ensenadas flotaban trozos de hielo, pero después de marchar durante tanto tiempo por el paisaje invernal de alta montaña, uno ve más de lo que en realidad hay… Transforma los matorrales secos y congelados en rosales, y se alegra de haber encontrado refugio, aunque esté ennegrecido por el hollín. Y se disfruta con la compañía de otros seres humanos, con una fogata y estar resguardado toda la noche.
Tardé cerca de una hora más en llegar a la orilla. Las primeras casas que encontré eran las casas de los muertos, relicarios o chorten, que contenían las cenizas de santos y monjes incinerados, el polvo de las migraciones de las almas. De los tejados cónicos de estas construcciones de piedra pendían largas guirnaldas de banderolas clavadas en el hielo como las cuerdas de una tienda de campaña. Centenares de banderolas con oraciones y el nombre del objetivo y final del mundo ondeando al viento.
Y entonces vi las columnas de humo sobre los tejados planos de la aldea: ¡era nieve! Nieve finísima que se arremolinaba sobre los tejados como si fuera humo. Las casas estaban frías y cerradas. No había nadie. No había refugio. La aldea estaba abandonada.
¿A qué lago había llegado? Perdí la noción del tiempo en la mitad de la nada, me sentí perdido entre los senderos y caminos que conducen a lagos mencionados por cartógrafos y poetas, e inmerso en el pasado y el futuro al mismo tiempo. Mi acompañante misterioso tuvo que venir a buscarme y estirarme de la manga para que me diera cuenta de que estaba en el lago Phoksundo. Sonrió y me señaló un “chorten” sobre una colina pelada. Allí encontré a mi amigo midiendo y dibujando la casa de los muertos. Se sintió aliviado al verme. Una hora más y hubiera salido en mi busca.
Los tres nos sentamos alrededor de un fuego en una estancia donde resonaban nuestras voces y había un molinillo de oración destinado a girar por toda la eternidad en manos de peregrinos y monjes. Un diccionario manoseado y las pocas palabras de tibetano que mi amigo entendía nos ayudaron a comprender por qué nuestro anfitrión nos había seguido por la nieve hasta tan alto: ¡la botella! Quería que se la devolviéramos: era el único recipiente que tenía. Nosotros teníamos que bebernos el licor de arroz, era su regalo. Él sólo tomaría un trago, pero tenía que llevarse a casa la botella. Nos había seguido hasta el lago Phoksundo por una botella vacía.
Cuando por fin entendimos lo que el hombre quería de nosotros, vaciamos la botella de unos pocos tragos y se la devolvimos. Queríamos darle algo más que un trozo de vidrio, un regalo, y empezamos a revolver en nuestras mochilas y dimos con un paraguas, uno de esos paraguas de nylon chinos que suelen llevar los excursionistas.
En muy contadas ocasiones he visto una expresión de tanta sorpresa, incredulidad y felicidad en el rostro de una persona. Aceptó el paraguas radiante de alegría e hizo una reverencia. El hombre no quiso esperar más, a pesar de que ya sólo se vislumbraba un reflejo rojizo del sol por encima de las crestas de las montañas. Quería volver a su casa; salió al exterior, abrió el paraguas y lo sostuvo sobre su cabeza con el brazo extendido y con aire triunfante. El hombre se fue saltando, casi bailando, con la botella vacía en una mano y el paraguas en la otra.
Y como si ese paraguas, extraño refugio y pequeñísimo tejado de un hombre en su camino, quisiera reivindicar su función en ese preciso instante, se puso a nevar de nuevo, a pesar de que por el sur comenzaban a divisarse las estrellas…”.

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