martes 7 de julio de 2009

PINOCHO, delegado sindical...


Carlos Collodi (1826-1890) escribió LAS AVENTURAS DE PINOCHO entre los años 1880 y 1883. Podemos tomar este relato como el de un aprendizaje para ser ciudadano, pues nos cuenta una cuestión fundamental y de cualquier tiempo y lugar: alguien que quiere integrarse en la sociedad normal (con todos), al mismo tiempo que trata de descubrir quién es en realidad.
Mientras recorre ese sendero, Pinocho hace demandas a la sociedad, a la par que es consciente de su deber de correspondencia con ella. ¿Cómo se ofrece a Gepetto para pagarle? Yendo a la escuela, precisamente el lugar donde cada uno empieza a formarse para demostrar que es responsable “socialmente”. Y en ese centro de entrenamiento social, el primer paso para convertirse en un ciudadano es aprender a leer.
¿Qué significa “aprender a leer”? Este aprendizaje, como todo aprendizaje, sigue un proceso encadenado, secuencial, de etapas: aprender el código (las letras y las reglas básicas), aprender las combinaciones posibles (permitidas) de ese código (sintaxis) y, en su tercera fase, aprender el uso social de ese código y su sintaxis, es decir, qué podemos construir (e imaginar) con esa herramienta, para nosotros y para el mundo en el que vivimos.
Esta última fase es, en rigor, la lectura. Sin embargo, a lo largo de la historia, los gobiernos y las personas e instituciones poderosas nunca se han mostrado entusiastas de que la gente lea (traspase el nivel 2º del aprendizaje de la lectura). Llegar al nivel 3º es “peligroso” para el orden social. Pinocho tampoco lo logrará.
En las sociedades que se definen como democráticas, se garantizan (por definición legal) la satisfacción de las necesidades básicas (alimento, alojamiento, asistencia sanitaria…) y la educación (obligatoria y elemental). Y, a la vez, se ofrecen distracciones, en forma de tentaciones y entretenimientos que apenas requieran pensar y esforzarse, hasta concluir que todo puede (debe) obtenerse con el menor esfuerzo posible. La dificultad adquiere un sentido negativo, de reproche; y los libros son una excelente expresión de ese carácter negativo.
Pinocho pronto comprende como los libros no sirven para alimentar un estómago con hambre. Y cuando sus compañeros de la escuela le arrojan los libros a la cabeza, alguno cae en el mar, donde los peces rechazan comerse el papel diciendo: “Esto no es para nosotros; estamos acostumbrados a comer mucho mejor.”
En la escuela, Pinocho comprueba como la sociedad no estimula el esfuerzo como elemento del aprendizaje. Así, cuando presta atención al maestro, sus compañeros se ríen de él y le dicen: “¡Hablas como un libro…!” Quizá hoy le dirían: “¡Empollón…!” En esos momentos de censura pública es cuando Pinocho estaba a punto de dar el salto al nivel 3º del aprendizaje de la lectura: la sociedad (en la forma del resto de los niños de la escuela) le margina y hasta le toma como un traidor. Tal es el efecto que produce el control social: que los controlados (los oprimidos) ataquen a quien intenta zafarse del control (liberarse).
Ni siquiera los personajes “sociales” que aparecen (el grillo, el Hada Azul, el atún) ayudan a Pinocho a reflexionar sobre lo que es y lo que quiere ser. Se comportan como maestros “moldeadores”, que dan forma a cada alumno según el patrón social establecido. La escuela que no ayuda (o coarta) a saltar al nivel 3º de lectura lo que consigue es enseñar a leer propaganda. Sin cuestionarla, que es peligroso…
En la escuela, la de Pinocho y la nuestra, quizá fuera el mejor lugar donde se expresaría el ANARQUISMO. “El Topos de una Utopía”.
En nuestra sociedad se elogia la alfabetización y los libros, a la vez que el presupuesto asignado a la educación es el primero en reducirse y uno de los campos de batalla ideológica (poder): diatribas entre quienes no están interesados en “formar” personas sino títeres letrados, útiles (herramientas de un solo uso) según los patrones que prevalecen en cada momento productivo (poder económico).
Nosotros, como Pinocho, no somos ayudados para aprender a enfrentarnos a nuestros temores, dudas, puntos débiles, para cuestionarnos y cuestionar la sociedad, y tal vez cambiarla. Casi todo lo que nos rodea no anima a pensar, sino a contentarnos o resignarnos. Blanco o negro, bueno o malo, ellos o nosotros, son divisiones que no ponen en cuestión la sociedad, pues borran todo el espacio entre el blanco y el negro, entre lo bueno y lo malo, entre ellos y nosotros. Un pensamiento libre, anarquista, permitiría llenar esos huecos.
“Sé sensato y bueno, y serás feliz”, le dice el Hada Azul a Pinocho. ¿No es esto lo que nos dicen continuamente desde la escuela, el gobierno, el patrón, los medios de comunicación, el sindicato, el compañero de trabajo…?
Pinocho, de continuar Carlo Collodi su historia, habría llegado a ser un adulto. Un adulto sensato y bueno, seguramente. Y, tal vez, trabajara fuera nuestro compañero de trabajo. Podría militar en un sindicato y ser un delegado sindical respetado en su labor de representación y defensa de sus compañeros de trabajo y de todos los trabajadores. Sin embargo, no podría, no sabría, no podría pensarlo siquiera, ayudarlos a tomar conciencia de sus condiciones de vida, incapaz de imaginar posible otra sociedad.
EL DELEGADO SINDICAL PINOCHO enseñaría a leer a sus compañeros, pero no a comprender lo que leen. El delegado sindical Pinocho, tan ocupado por el día a día, por el pan de cada día, sería sensato y preferiría siempre un acuerdo a una imposición, el “diálogo” a la huelga, el referéndum a la asamblea. Lo contrario quizá también le expondría a la crítica de los trabajadores, pues sí es consciente de que forma parte de la maquinaria que mueve la estructura de nuestra sociedad.

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